Editorial

La crisis del banano no es culpa de Ecuador: es culpa de nosotros

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@abrilPenaabreu

La industria bananera dominicana se desangra en silencio. Lo que fue una vez una de nuestras mayores banderas de orgullo exportador —el banano orgánico— hoy está en ruinas. En solo tres años, el país perdió más del 40 % de sus exportaciones, desplomándose de US$363 millones en 2021 a poco más de US$200 millones en 2024. Y mientras miles de familias en Valverde, Montecristi, Azua y otras zonas rurales ven desaparecer su sustento, la explicación oficial se limita a culpar a Ecuador.

Sí, Ecuador es el mayor exportador de banano del mundo. Sí, tiene precios más bajos y escala de producción. Pero reducir la debacle de nuestro sector a la competencia extranjera es una forma cómoda —y peligrosa— de evadir responsabilidades.

La verdad incómoda es que la República Dominicana lleva años debilitando internamente su propia industria. Plagas como la sigatoka negra han reducido la calidad de la fruta. Los cargamentos rechazados por la Unión Europea, solo en 2023, acumularon reclamaciones por más de US$7 millones. A esto se suman fenómenos climáticos extremos, infraestructura obsoleta, costos de producción en alza y una crisis crónica de mano de obra que no se resuelve con parches migratorios.

Los datos lo confirman: en 2021 exportábamos 450 contenedores semanales; hoy, apenas 190. Más de 500 productores han abandonado el sector. Más de 30 mil empleos están en juego. Y lo más grave: seguimos sin una estrategia nacional para enfrentar la caída.

El gobierno ha hecho anuncios: RD$70 millones en fertilizantes, RD$54 millones en pesticidas. Pero no hay un plan integral. No hay un sistema de financiamiento accesible. No hay políticas claras para modernizar las plantaciones ni para enfrentar el mercado global con inteligencia. Tampoco se ha rescatado el proyecto de La Cruz de Manzanillo, que alguna vez prometía revolucionar la agroexportación en el noroeste. Y mientras tanto, otros países como Costa Rica y Panamá nos rebasan.

Esto no es solo una crisis económica. Es una crisis de visión. Una crisis de prioridades. Porque mientras se habla de diversificación, seguridad alimentaria y desarrollo rural, se permite que una de nuestras principales industrias agropecuarias colapse sin defensa.

La solución no vendrá de un solo decreto ni de culpables externos. Hace falta una política pública sostenida, con seis pilares clave: inversión en infraestructura, control fitosanitario, financiamiento justo, solución a la crisis laboral, diversificación de mercados y un plan nacional que una al Estado, los productores y el sector privado.

El banano dominicano todavía tiene valor. Tiene historia. Tiene identidad. Pero si seguimos culpando a los demás, sin mirar nuestras propias fallas, lo perderemos. Y con él, miles de empleos, millones en divisas y una parte vital de nuestra soberanía productiva.

Es momento de dejar de mirar hacia afuera y comenzar a actuar hacia adentro. Antes de que sea demasiado tarde.