@abrilpenaabreu
Cuando un mensaje necesita demasiadas explicaciones después de los hechos, probablemente no estuvo suficientemente claro desde el principio. Hace apenas unas semanas, República Dominicana realizó un Simulacro Nacional de Evacuación por Terremoto. La iniciativa fue correcta y necesaria. Entonces advertimos también que un ejercicio de esa naturaleza no podía convertirse en una actividad aislada: debía repetirse hasta conseguir que la población interiorizara cómo reaccionar ante un evento sísmico.
El simulacro dejó además una novedad que llamó particularmente la atención: miles de teléfonos celulares recibieron una alerta. No todos. Hubo quejas y fallas, pero la señal que recibió buena parte de la ciudadanía parecía inequívoca: el país avanzaba hacia un sistema capaz de advertir directamente a la población ante una emergencia.
Este domingo la naturaleza decidió hacer su propio simulacro.
Un sismo de magnitud preliminar 5.6 sacudió buena parte del territorio nacional. La gente salió de edificios, viviendas y establecimientos comerciales y, pasado el susto inicial, apareció una pregunta prácticamente inevitable: ¿Y la alerta?
Las redes sociales se llenaron de ciudadanos preguntándose lo mismo. La alerta que semanas antes había irrumpido en miles de teléfonos durante un ejercicio programado no apareció ahora ante un fenómeno real. Después llegaron las explicaciones.
El Centro de Operaciones de Emergencias aclaró que el sistema Cell Broadcast todavía se encuentra en proceso de implementación, que no opera al cien por ciento con todas las prestadoras y que la emisión de una alerta depende de criterios y protocolos previamente establecidos.
Indotel, por su parte, ha dejado claro cuál ha sido su responsabilidad: aportó los recursos destinados a la adquisición, instalación y puesta en funcionamiento de la infraestructura tecnológica. La operación del sistema corresponde al 9-1-1 y la activación de las alertas por emergencias y desastres recae en el COE.
Todo eso puede ser técnicamente correcto. Pero precisamente ahí comienza el problema. Porque la discusión no puede limitarse ahora a determinar cuál institución tenía que apretar el botón. Hay una pregunta anterior: ¿entendió la ciudadanía, después de aquel simulacro, que el sistema todavía no estaba plenamente operativo?
A juzgar por la reacción colectiva de este domingo, evidentemente una parte importante no lo entendió así.
Y cuando una política pública relacionada con la seguridad de millones de personas necesita ser explicada después de una emergencia, hay que revisar no solamente la tecnología, sino también la comunicación.
El país entendió que tenía una herramienta que podía alertarlo. Este domingo descubrió que esa herramienta todavía estaba en construcción.
Ahí estuvo el fallo. No necesariamente en que un sistema en fase de implementación no funcionara como uno terminado, sino en haber permitido que se instalara una expectativa superior a la capacidad que realmente estaba disponible. Afortunadamente, este sismo no tuvo consecuencias mayores. Por eso debemos verlo como lo que terminó siendo: el simulacro más importante no fue el que organizamos, sino el que no estaba programado.
Y ese dejó varias lecciones. Seguimos necesitando educar a la población sobre cómo reaccionar. Necesitamos repetir los simulacros. Necesitamos completar cuanto antes el Sistema Nacional de Alertas. Necesitamos definir claramente quién activa qué, bajo cuáles circunstancias y con qué alcance. Y, sobre todo, necesitamos decirle a la ciudadanía exactamente con qué cuenta y con qué todavía no cuenta.
Porque República Dominicana está expuesta a terremotos, huracanes, inundaciones, deslizamientos, maremotos y otros fenómenos naturales. En prevención de desastres, una expectativa equivocada también constituye una vulnerabilidad. No podemos esperar al próximo temblor para descubrir qué falta. Mucho menos podemos seguir confiando exclusivamente en la providencia divina.
Porque mientras terminamos de instalar plataformas, integrar telefónicas, afinar protocolos y explicar responsabilidades, la naturaleza no espera. Y si este susto no sirve para acelerar lo pendiente, entonces solo nos quedará seguir haciendo lo de siempre: rezar para que llegue allá y aquí no pegue.



