El gobierno ha vuelto a demostrar que comunicar no es su fuerte. Durante más de un mes corrió el rumor de que se tomarían terrenos del Jardín Botánico para ampliar una avenida capitalina. Dos ministros afirmaron que sí, y un tercer ministerio incluso detalló que Medio Ambiente estaba evaluando el impacto ambiental. Entonces… ¿por qué estudiar un impacto si no se iba a hacer nada?
Al final, fue el presidente quien aclaró —tarde— que no se tocaría el Jardín, sino que se ampliaría. ¿Y mientras tanto? Se sembró la incertidumbre, se dejó que el miedo se esparciera y se debilitó la confianza ciudadana en una gestión que dice ser transparente, pero actúa con opacidad.
Muchos de los problemas del gobierno actual no son las decisiones en sí, sino la forma en que las comunica —o deja de comunicarlas—. En tiempos donde la gente exige claridad, jugar al silencio o al “mejor pedir perdón que permiso” no solo desgasta políticamente: también erosiona la legitimidad.
Y si vamos al fondo del tema: ninguna ampliación vial resolverá los tapones si no se corrige el verdadero problema de fondo, que es un urbanismo caótico y la ausencia de un sistema de transporte colectivo digno. Más carriles no significan menos tapones. Solo más vehículos, más cemento y menos ciudad para las personas.
El Jardín Botánico, uno de los más importantes del Caribe por su biodiversidad y extensión, no puede ser víctima de una visión urbana que sigue privilegiando al carro sobre la vida. Santo Domingo necesita más zonas verdes, menos ruido, menos contaminación. Espacios para vivir, caminar, convivir.
El modelo de ciudad que debemos aspirar no es el de Henry Ford y su “un hombre, un carro”, sino el de aquellas capitales que ya entendieron que el desarrollo no está en multiplicar carriles, sino en recuperar el espacio público para la gente.
Decenas de años de gobiernos incapaces de organizar un transporte colectivo funcional nos trajeron hasta aquí. Pero lo inadmisible es que se sigan repitiendo los mismos errores: desinformar, improvisar, y empujar a la ciudadanía a la sospecha. La comunicación es parte del gobierno. Y cuando falla, la gobernabilidad se resiente.



