@abrilpenaabreu
El obispo de Higüey, monseñor Jesús Castro Marte, abrió esta semana una conversación incómoda pero necesaria al cuestionar el uso excesivo de la inteligencia artificial en la educación y defender el regreso de herramientas tradicionales como la pizarra, la caligrafía y las calculadoras manuales, con un argumento central que merece más profundidad que la caricatura fácil de un religioso nostálgico queriendo devolvernos al pasado, sobre todo porque Castro Marte no habla desde la ignorancia tecnológica sino desde una formación en tecnología educativa que vuelve su advertencia más interesante y menos descartable.
Porque quizás el problema no es la inteligencia artificial, quizás el problema es cuándo, cómo y para qué la estamos usando.
La inteligencia artificial llegó para quedarse y negarlo sería tan absurdo como haber intentado detener el internet o los teléfonos inteligentes, el mundo laboral del presente y del futuro exigirá personas capaces de usarla con inteligencia, y desde médicos hasta periodistas, ingenieros, abogados y docentes terminarán integrándola a sus procesos, eso no está en discusión. Lo que sí está en discusión es otra cosa: una cosa es usar una herramienta, y otra muy distinta es permitir que la herramienta piense por ti antes de que aprendas a pensar.
Hay capacidades cognitivas que se forman precisamente en la incomodidad, memorizar tablas de multiplicar desarrolla agilidad mental, resolver operaciones sin depender de una calculadora fortalece la lógica matemática, escribir a mano ayuda a la retención y al procesamiento cognitivo, aprender fórmulas aunque parezcan tediosas enseña disciplina mental y razonamiento, y no todo aprendizaje útil es divertido ni todo lo importante debe simplificarse, que es quizás uno de los errores más silenciosos de nuestra época, confundir facilidad con aprendizaje real.
Hoy tenemos estudiantes que pueden pedirle a una IA que les haga un ensayo completo, resuelva un problema matemático o resuma un libro sin leerlo, y el resultado es paradójico, parecen más productivos pero muchas veces entienden menos, tenemos acceso a más información que nunca pero no necesariamente a más pensamiento crítico, y la pregunta que nadie quiere hacerse con la honestidad que merece es esta: ¿estamos formando jóvenes más preparados o simplemente más dependientes de asistentes digitales que harán el trabajo mientras el cerebro descansa?
Ahora bien, tampoco se trata de convertir este debate en una guerra romántica entre tizas y tecnología, porque pretender que los estudiantes no aprendan inteligencia artificial sería condenarlos a competir en desventaja frente a un mundo donde esta tecnología será parte del mercado laboral, la investigación, la medicina y prácticamente todas las profesiones. El verdadero desafío no es prohibirla sino enseñar primero a pensar y después a automatizar, porque un niño primero debería aprender a escribir antes de depender de autocorrectores, a investigar antes de pedir resúmenes instantáneos, a razonar antes de delegar el razonamiento, porque quien no sabe pensar sin tecnología difícilmente sabrá usarla con criterio.
Y aquí hay una advertencia mayor para países como República Dominicana, donde el sistema educativo arrastra debilidades históricas, baja comprensión lectora y problemas de calidad estructurales que ninguna aplicación resuelve, porque la inteligencia artificial mal utilizada en ese contexto podría agrandar todavía más las brechas, un estudiante disciplinado con bases sólidas la usará para aprender más, otro sin esas bases la usará para aparentar que aprendió, y esas son dos cosas muy distintas que producen dos tipos de egresados muy distintos que luego compiten en el mismo mercado laboral.
Quizás el obispo tenga razón en algo fundamental: no debemos criar generaciones incapaces de hacer sin máquinas lo que las máquinas pueden hacer, porque el día que falle el internet, desaparezca el sistema o la herramienta cambie, lo único que quedará será el cerebro que formamos.
Y ese cerebro, todavía, sigue necesitando algo muy viejo, muy poco moderno y profundamente humano: esfuerzo.



