Opinión

¿Influencers o entretenedores?

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Por Andrés Vander Horst Álvarez

Hay un error que se está volviendo costumbre en la política latinoamericana: confundir seguidores con votos, y celebridad digital con liderazgo. Es un error caro, y lo seguiremos pagando.

Mucho antes de que existieran TikTok e Instagram, los verdaderos influencers de la República Dominicana caminaban por los mismos barrios donde ejercían su influencia. Eran presidentes de juntas de vecinos, dirigentes deportivos, comerciantes respetados, sacerdotes, médicos rurales, maestros. Gente que no se hizo conocida por una pantalla, sino por años de convivencia con su comunidad. Los políticos tradicionales los buscaban porque entendían algo que hoy se olvida con peligrosa rapidez: la influencia real no se mide en ruido, sino en confianza acumulada.

Y esos líderes tenían algo que en la era digital prácticamente desapareció: costo reputacional.

Si un dirigente barrial traicionaba a sus vecinos o defendía lo indefendible, lo pagaba caro. Tenía que seguir cruzándose con ellos en el colmado, en el play de softball, en misa. Mentir, allí, tenía consecuencias. Hoy un influencer miente a las nueve de la mañana, se contradice a las tres de la tarde, y a las seis de la tarde está vendiendo suplementos vitamínicos. Nadie pasa factura. El algoritmo absuelve.

Esa impunidad reputacional es la materia prima sobre la cual la política moderna ha decidido apostar. Y lo hace de la manera más torpe imaginable.

En toda la región se repite la misma escena: dirigentes políticos persiguiendo youtubers, streamers y figuras virales bajo la creencia infantil de que los seguidores digitales se transfieren, mecánicamente, en legitimidad. Como si tres millones de views pudieran depositarse en una urna.

No funciona así, y la evidencia es abrumadora. Argentina, Brasil, Colombia, México y la propia República Dominicana han visto candidatos con respaldo masivo de celebridades digitales terminar humillados el día de la elección. El votante consume el contenido en el celular durante el desayuno y luego vota por otra cosa, o no vota. La audiencia no se transfiere: se consume y se descarta.

Hace pocos días volví a ver Don’t Look Up, protagonizada por Leonardo DiCaprio y Meryl Streep. La película retrata cómo incluso una amenaza existencial termina convertida en trending topic, desplazada por el entretenimiento y la urgencia permanente de generar clics. La caricatura de Hollywood se ha quedado corta frente al espectáculo latinoamericano.

Porque el algoritmo no premia al más preparado ni al más coherente. Premia al que captura tres segundos de atención. Y de ahí nace la gran trampa de nuestra época: creer que audiencia es sinónimo de autoridad. No lo es. Nunca lo fue. Confundirlas es renunciar a la política como ejercicio serio. Cuando la política deja de formar criterio y empieza a mendigar atención, ya no es política: es marketing mal hecho y ahí es donde la democracia entra en zona de riesgo.