Por Abril Peña
La mayoría de los dominicanos desconoce por qué Haití se encuentra en la situación en que está. Lo que se dice suele estar distorsionado por prejuicios, rumores o frases sin contexto. Algunos incluso afirman que “se lo ganaron”, sin entender que los orígenes del drama haitiano no están en su cultura, ni siquiera exclusivamente en su clase política, sino en una decisión brutal que marcó su destino cuando apenas tenía 25 años de haber nacido como nación.
Lo que pocos saben —o prefieren no saber— es que Haití no solo tuvo que luchar por su independencia, sino que también tuvo que pagar por ella. Literalmente. En 1825, Francia convirtió su libertad en deuda. Una deuda impuesta con barcos de guerra, con cañones apuntando a la recién nacida república. Fue una forma elegante de castigo. Y también un mensaje: ninguna nación negra tendría derecho a triunfar. Ninguna república de esclavos liberados serviría como ejemplo.
En abril 17 de 2025 se cumplieron 200 años de un evento que definió el rumbo de Haití y, por extensión, influyó en la dinámica del Caribe, incluido nuestro país, bajo el reinado de Carlos X, se emitió una ordenanza que reconoció la independencia de Haití, pero a un costo devastador: una indemnización de 150 millones de francos oro, este hecho, único en la historia mundial, convirtió a Haití en el único país obligado a pagar por su libertad, una carga que lo sumió en una espiral de pobreza y subdesarrollo cuyas consecuencias persisten hasta hoy.
La ordenanza de abril: diplomacia con pólvora

El 17 de abril de 1825, el rey Carlos X de Francia firmó una ordenanza real que ofrecía a Haití lo que el mundo le había negado durante 21 años: el reconocimiento formal de su independencia. Pero no fue un gesto de buena voluntad. Francia exigía a cambio el pago de 150 millones de francos oro como compensación por las “pérdidas” sufridas por los colonos franceses tras la Revolución Haitiana. Es decir, tierras… y personas. Esclavos que ya no eran esclavos. Producción que ya no sería enviada a París.
Para forzar la aceptación, Francia envió 14 buques de guerra con más de 500 cañones al puerto de Puerto Príncipe.

Haití, que apenas podía sostener su administración y no tenía ejército regular capaz de enfrentar semejante amenaza, aceptó. La firma oficial del acuerdo se produjo el 11 de julio, pero el mundo recuerda el 17 de abril como el día en que se decretó la humillación: cuando se convirtió en ley internacional la idea de que una nación negra debía pagar por haber vencido.

Pero el vejamen no se quedó allí, había que poner un clavo más al ataúd, lo que se conocería luego como la doble deuda: una trampa financiera perfectamente diseñada. Haití no tenía forma de reunir semejante cantidad de dinero, así que hizo lo que muchos países hacen aún hoy: recurrió a los bancos. Pero no a cualquier banco. Francia en su “generosidad” ofreció su propio sistema financiero, Haití contrajo un préstamo con el Crédit Industriel et Commercial (CIC), entidad que luego sería parte de los fondos que levantaron la Torre Eiffel, vaya chiste un símbolo de la libertad pagado con la sangre y sudor de esclavos libertos.

Esa fue la segunda herida. A la primera deuda (la indemnización), se sumó una segunda: los intereses de los préstamos tomados para pagarla. Una deuda para pagar otra deuda. Una trampa legal disfrazada de civilización.
Entre comisiones, refinanciamientos, intereses y nuevos préstamos, Haití siguió pagando hasta 1947, desde un punto de vista histórico: los otros días, más de 120 años pagando por haber ganado una guerra. Para sostener esos pagos, su población fue exprimida con impuestos. La inversión social desapareció. El progreso se suspendió. Mientras Europa se industrializaba, Haití apenas podía alimentar a su gente. El pago fue más que dinero.
Las consecuencias: pobreza estructural, aislamiento y fuga de futuro
El impacto fue devastador. Según investigaciones publicadas por The New York Times, Haití perdió entre 21,000 y 115,000 millones de dólares en desarrollo acumulado por culpa de esa deuda. Ese dinero nunca se invirtió en escuelas, hospitales o infraestructura. No se formaron técnicos. No se construyeron caminos. El país quedó atrapado en un ciclo de dependencia del que aún no ha salido.
Pero la herida no fue solo económica. Fue política y simbólica. Haití quedó aislado del sistema internacional. Las grandes potencias lo miraban con sospecha. Su revolución había sido un mal ejemplo para las colonias esclavistas. Por eso lo rodearon de silencio, de miedo, de abandono.
Hoy, más de 2.8 millones de niños haitianos enfrentan inseguridad alimentaria. En Puerto Príncipe, las pandillas controlan el 85% del territorio urbano. Haití, que en el siglo XVIII fue la joya colonial del Caribe, es hoy la nación más empobrecida del hemisferio occidental. No por incapacidad, sino por castigo.

Pero se preguntarán… ¿qué tiene que ver con nosotros?
Mucho. Porque la historia haitiana y la dominicana están entrelazadas. Y no solo por la geografía. Entre 1822 y 1844, toda la isla estuvo bajo control de Haití, en parte como intento de consolidar su independencia frente a las amenazas europeas, pero también como forma de garantizar los recursos necesarios para pagar la deuda.

Ese período marcó a la República Dominicana. Generó resentimientos, alimentó mitos, y aún hoy influye entre las dos naciones. Una herida que aún no termina de sanar.
Hoy, la inestabilidad haitiana nos afecta directamente: migración, seguridad fronteriza, presión sobre servicios públicos, tensiones sociales. El colapso de Haití no nos es ajeno. Nos atraviesa.

Macron, la deuda y la verdad incómoda
El 17 de abril de 2025, en el bicentenario de la ordenanza, el presidente Emmanuel Macron reconoció que la deuda impuesta fue una “injusticia histórica”. Anunció la creación de una comisión conjunta de historiadores franceses y haitianos. Pero no habló de reparaciones. Ni de devolución. Solo de estudio. Muy bueno que es así, como si con disculpas vacías se cubriesen siglos de desvergüenza, de abuso, de oprobio.

Activistas, líderes internacionales y hasta deportistas como Naomi Osaka han exigido que Francia devuelva lo que cobró. Algunos piden los 560 millones de dólares ajustados. Otros, un gesto político contundente. Porque reconocer no basta. La memoria sin acción no repara.
Macron no está solo. La ONU, varios intelectuales del Caribe y hasta organismos financieros han pedido que se revise el legado de esa deuda. Y no como símbolo, sino como parte de una conversación seria sobre justicia postcolonial.
La historia de Haití no es un capítulo cerrado. Es un espejo. Una advertencia. Una deuda aún viva. No basta con saber que existió. Hay que entenderla.
Porque una república que nació libre no debió pagar por su libertad. Porque si hoy Haití está de rodillas, no fue por su piel, ni por su cultura, ni por su religión: fue porque el mundo no soportó ver a una nación negra triunfar. Y se aseguró de destruirla con leyes, con intereses, con indiferencia.
Comprenderlo no solo nos hace más justos. Nos hace más lúcidos. Y, sobre todo, nos ayuda a mirar hacia el otro lado de esta isla con los ojos abiertos.
Conocer esta historia y asumirla desde la comunidad internacional no es un gesto simbólico, es una responsabilidad histórica. Es también el único camino para desmontar el sueño de que la solución al colapso haitiano debe recaer exclusivamente en la República Dominicana. Porque nosotros no creamos ese problema, ni lo alentamos, ni lo perpetuamos. Pretender que un país con sus propios desafíos cargue con lo que otras potencias provocaron es tan injusto como la deuda misma.



