Por Abril Peña
En la historia dominicana, pocos nombres despiertan tanto respeto como el de Gregorio Luperón. Hijo de un humilde carpintero y de una mujer negra libre, Luperón nació el 8 de septiembre de 1839 en Puerto Plata, y desde joven demostró que la grandeza no siempre nace en cuna de oro. Fue autodidacta, lector voraz, y defensor de la soberanía nacional en cuerpo y alma. Su vida fue, literalmente, una barricada permanente contra el coloniaje y la opresión.
Un patriota hecho a sí mismo
Luperón no fue militar de academia, pero supo leer la historia y escribirla con pólvora. En 1863, cuando el país cayó nuevamente bajo la dominación española, se convirtió en uno de los líderes más valientes de la Guerra de la Restauración. Con apenas 24 años, encabezó el Grito de Capotillo, que marcó el inicio del proceso para recuperar la independencia.
Su liderazgo era natural. Tenía carisma, coraje y convicción. En la montaña, entre disparos y penurias, surgió el mito de un hombre que jamás se rindió.
Exilios y retorno
Como todo revolucionario que incomoda al poder, Luperón conoció el exilio varias veces. Fue perseguido, traicionado y hasta criticado por sus propios aliados. Pero ni la distancia ni el destierro lograron apagar su lucha. Desde Curazao, Estados Unidos y Europa, tejía redes, denunciaba abusos y conspiraba por la libertad de su patria.
En 1879, asumió la presidencia provisional de la República y aunque fue breve su mandato, sentó bases para la institucionalidad y la educación pública. Nombró a Eugenio María de Hostos como director de enseñanza, promoviendo una reforma educativa que hoy sigue siendo referencia.
Liberal, negro y libre
Luperón fue liberal en lo político, antianexionista en lo ideológico y antirracista por convicción. En una época en que el color de la piel era un pasaporte a la exclusión, él se alzó como símbolo de dignidad. Nunca renegó de su origen humilde ni de su raza. Al contrario, las convirtió en estandartes.
Nunca se casó, no acumuló riquezas ni se aferró al poder. Murió pobre, pero honrado, el 21 de mayo de 1897. Hoy, 127 años después de su muerte, sigue siendo una figura incómoda para quienes prefieren la historia edulcorada, domesticada, sin contradicciones ni rebeldías.
Un legado urgente
Luperón no fue perfecto. Pero fue valiente. Fue humano. Y sobre todo, fue coherente. En tiempos donde la patria se negocia a puertas cerradas, su ejemplo interpela. Nos recuerda que no hay soberanía sin coraje, ni libertad sin sacrificio.
Si queremos construir un país más justo, no basta con mencionarlo en discursos escolares. Hay que devolverlo a las calles, a los libros, al debate público. Porque como él mismo advirtió una vez:
“La patria no se hace con palabras, sino con hechos.”



