Por Lic. Hanoi Vargas Hernandez.
En su forma más sencilla, tal cual lo presenta la Real Academia Española, la globalización es la “Difusión mundial de modos, valores o tendencias que fomenta la uniformidad de gustos y costumbres”. En la procura de esa uniformidad, vemos actores claves haciendo indescriptibles esfuerzos para domeñar la humanidad según intereses geopolíticos y económicos; valiéndose de recursos tecnológicos, financieros y “lógicas razones”. En otras palabras: buscan “actualizarnos” para ponernos en red.
La globalización se sirve actualmente de la “omnipresencia” y “omnipotencia” tecnológica a través de macrodatos, infotecnología y una inteligencia artificial algorítmica que cada día destrona al humano de su reino cognitivo, donde Deep Blue, en la versión antigua del 97, derrotó al entonces campeón mundial de ajedrez Garri Kaspárov, y que hoy calcula 70 millones de variantes por segundo, pero que fue vencida por Alfa Cero, de Google, cuatro horas después de ser programada. Suman a esto los algoritmos de Google Maps, quitando autonomía al sapiens llevándole por doquier siguiendo solo “la flechita”; están los que seleccionan parejas, pretendiendo mayor precisión que nuestro “amor a primera vista”, y aspirando menor tasa de divorcio; También tenemos a “Pahola” y “Florence”, las primeras trabajadoras de salud virtual (con rostros humanos), creadas por la Organización Panamericana de Salud (OPS) y la OMS para asistir casos de alcoholismo y tabaquismo.
Esa instantaneidad en el flujo de información, y la creación de patrones ordenados por inteligencia artificial, son el fascinante atractivo para las pretensiones del dominio global; como también un idioma y modelo económico internacionalizados, donde Husein en vida, y por igual los talibanes, acogieron siempre el dólar independiente a sus diferencias con EU.
Sin embargo, los dos argumentos más persuasivos para justificar sus acciones, son las plausibles posturas contra las amenazas nucleares, que dieron origen a los primeros bloques globales por lo sucedido en Japón, reiterado en Cuba (crisis de los misiles), y el calentamiento global donde se procura evitar el “ecocidio”; ambos fenómenos, cuestionan el nacionalismo, ya que se destaca lo infructuoso que resultan medidas parciales (nacionales), ante fenómenos globales; dicen: de qué vale desarmar a Irán si queda suelto Corea del Norte; o que Europa tome medida contra el calentamiento global, si China no copera.
Desde estas perspectivas, el nacionalismo es criticado, y junto a la religión, adversados en la agenda globalistas; uno por ser futuro trascendente y moralista, advirtiendo en la globalización señales apocalípticas, y otro, por arraigos culturales de visiones discrepantes que nada tienen que ver con “uniformidad de gustos y costumbres”. Es cierto que miles de años atrás, cuando éramos nómadas, cazadores recolectores, entrar a ser agricultores y luego industriales, nos resultó un gran paso sin deseo de retroceso, pero movernos ese centímetro de nacionalistas a ultraglobalistas, está resultando cuesta arriba, sin advertir siquiera que hace tiempo nos llevan en dirección al pleno de ello.
En nuestro caso como país, los desacuerdos parecen ser el resultado de confundir patriotismo con nacionalismo radical, ya que hemos asumido “lealtades globales” sirviendo a nuestros vecinos más allá de nuestras posibilidades, llevándolo en algunas ocasiones al detrimento de nuestras familias, como se ve en maternidad. Por eso, nos oponemos al ultraglobalismo con nuestra pequeña isla, a quienes también le objetan la biblia abierta en su bandera, deseando fusionarle geográficamente a pesar de una disimilitud tanto en gustos, como costumbres; así lo vemos en la agenda de la ONU, como en los esfuerzos constantes de la Comunidad Internacional, que ha dicho no mediará el presente conflicto, para decir, después del lío: “¡te lo dije!”.
Cierto que para algunos, en su momento, le ha resultado ventajosa la globalización; son los casos de Vietnam y Argelia, conocidas sus causas por la “magia” de la interconexión global, llevándoles a sumar aliados como no pudieron hacerlo en la edad media los Aztecas de México cuando los invadió Cortés, o los Incas, que sin tener quien les advirtiera, le repitió la misma treta Pizarro. Ambos llegaron, se hicieron pasar por emisarios pacíficos del Rey, secuestraron a sus máximos líderes, gobernaron a través de ellos y luego tomaron absoluto control; cosa imposible en el siglo de las telecomunicaciones. Imagine que nos invadieran extraterrestres de una galaxia llamada Vulva, sin conocer hasta siglos después, mediante algo que llamaríamos “universalización”, que había un planeta, Erecto, que pudo advertirnos o ser aliado, como lo habrían sido en el siglo XVI Portugal o Francia (enemigos de España) de Moctezuma o Atahualpa.
Muy bien le resultó también a Venezuela, pero ventajas como estas o cualquier otras, nunca serán suficientes para justificar obligatoriedad en homogeneizar gustos y costumbres, concebido por países de burócratas que por conveniencia hacen simple lo complejo, ajenos y contrarios al significado: “Dios, Patria y Libertad”.



