Por Abril Peña
A 63 años del golpe de Estado contra Juan Bosch me hago una pregunta desde la comodidad de la distancia : ¿Bosch entendió perfectamente el país que quería construir, pero subestimó el país que realmente tenía que gobernar?
Porque gobernar no consiste únicamente en saber qué debe hacerse.
También exige conseguir las fuerzas necesarias para hacerlo.
Bosch llegó al poder después de treinta años de dictadura con una concepción democrática avanzada para aquella República Dominicana. Pero recibió un Estado, unas Fuerzas Armadas, unas élites económicas y una sociedad que no habían tenido tiempo de transformarse al mismo ritmo que sus ideas.
Y alrededor estaba la Guerra Fría, Cuba acababa de demostrar que una revolución podía instalarse a pocos kilómetros de Estados Unidos. Washington observaba el Caribe con una sensibilidad extrema frente al comunismo. Dentro del país, sectores militares, empresariales y religiosos desconfiaban de Bosch y de algunas disposiciones de la Constitución de 1963.
Era un tablero complicado y Bosch decidió jugarlo fundamentalmente desde sus convicciones. Ahí comienza el debate. Porque quizás su mayor virtud como hombre terminó convirtiéndose en una dificultad como gobernante.
Bosch tenía límites que no estaba dispuesto a cruzar, no quería perseguir comunistas simplemente por ser comunistas, no quería gobernar sometido a los militares, no quería abandonar determinadas reformas para tranquilizar a quienes se sentían amenazados por ellas.
Eso habla de coherencia.
Pero la política plantea una pregunta mucho más cruel: ¿de qué sirve tener razón si pierdes el poder antes de poder transformar la realidad?
No estoy diciendo que Bosch debió renunciar a sus principios, rstoy preguntando algo diferente. ¿Podía administrar los tiempos? ¿Podía avanzar más lentamente? ¿Podía ceder hoy para transformar mañana? ¿Podía construir primero una correlación de fuerzas que protegiera las reformas que quería realizar?
Nunca tendremos esa respuesta y tampoco podemos cometer la injusticia histórica de convertir a Bosch en responsable del golpe que sufrió. La responsabilidad de romper el orden constitucional corresponde a quienes decidieron romperlo.
Pero reconocer eso no impide estudiar sus decisiones políticas, porque Bosch no gobernaba en un laboratorio, gobernaba la República Dominicana de 1963 y quizás uno de sus problemas fue intentar construir demasiado rápidamente el país que imaginaba sobre las estructuras todavía intactas del país que acababa de dejar Trujillo.
Sesenta y tres años después, esa discusión sigue teniendo vigencia.
Porque todo gobernante enfrenta alguna vez la misma disyuntiva ¿hasta dónde puedo ceder sin dejar de ser quien soy? Si no cedes nunca, puedes quedarte sin poder para ejecutar tu proyecto. Si cedes demasiado, puedes conservar el poder y perder el proyecto, encontrar ese punto medio es probablemente una de las partes más difíciles de gobernar.
Juan Bosch escogió preservar sus convicciones, la historia dominicana conoce el precio. Lo que nunca sabremos es si, con un poco más de pragmatismo, Bosch habría conseguido algo todavía más difícil: permanecer en el poder el tiempo suficiente para convertir una parte mayor de aquellas convicciones en realidad.



