Opinión

Estados Unidos e Irán: la geopolítica de los estrechos y la disputa por el dominio marítimo de Eurasia

Denny Agramonte


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La historia suele presentarse como una sucesión de acontecimientos; la geopolítica, en cambio, revela la arquitectura invisible que los articula. Detrás de las declaraciones diplomáticas, de los bombardeos selectivos, de las sanciones económicas y de las negociaciones nucleares entre Estados Unidos e Irán, subyace una realidad más profunda: la pugna por el control de los espacios donde la geografía concentra el poder. Las naciones cambian de gobernantes, las ideologías se transforman y los sistemas internacionales evolucionan, pero los estrechos marítimos conservan una constante histórica: quien domina sus aguas adquiere una capacidad extraordinaria para condicionar el comercio, la energía y la estrategia mundial.

Desde esta perspectiva, la confrontación entre Washington y Teherán trasciende las diferencias ideológicas o religiosas. Se trata de una competencia inscrita en la lógica permanente de la distribución del poder. Carl von Clausewitz sostenía que la guerra constituye la continuación de la política por otros medios; la geopolítica contemporánea obliga a ampliar esa afirmación: la política internacional es, en gran medida, la administración del espacio estratégico.

El Golfo Pérsico alberga uno de los puntos neurálgicos del planeta: el estrecho de Ormuz. Por este corredor transita una proporción decisiva del petróleo exportado por vía marítima. Ninguna potencia industrial puede ignorar semejante realidad. Irán comprende que su proximidad geográfica convierte ese paso en un instrumento de disuasión; Estados Unidos entiende que mantener abierta esa arteria constituye una condición indispensable para la estabilidad del sistema económico internacional. La rivalidad, por tanto, no nace únicamente de la cuestión nuclear; emerge de una incompatibilidad estructural entre una potencia marítima que aspira a preservar la libertad de navegación y una potencia regional que busca transformar su posición geográfica en una ventaja estratégica.

Alfred Thayer Mahan afirmaba que la supremacía mundial descansaba sobre el dominio de las rutas marítimas. Más de un siglo después, su tesis conserva una vigencia sorprendente. La globalización no eliminó la geografía; la hizo más determinante. Las cadenas de suministro, el comercio energético y la interdependencia económica incrementaron el valor de los corredores marítimos. Cada buque que cruza Ormuz, Bab el-Mandeb o el canal de Suez confirma que el océano continúa siendo la infraestructura silenciosa de la economía mundial.

En este contexto adquiere especial relevancia la actuación de los hutíes en Yemen. Lejos de constituir un fenómeno exclusivamente local, sus ataques contra embarcaciones comerciales en el mar Rojo demostraron hasta qué punto actores no estatales pueden alterar el funcionamiento del sistema internacional. La interrupción parcial del tráfico marítimo obligó a numerosas navieras a desviar sus rutas alrededor del cabo de Buena Esperanza, incrementando costos logísticos, tiempos de transporte y riesgos para la economía global. Un conflicto aparentemente periférico produjo consecuencias de alcance planetario porque afectó uno de los principales cuellos de botella del comercio internacional.

Esta realidad confirma una intuición formulada por Nicholas Spykman: el control del Rimland —la franja litoral de Eurasia— resulta más decisivo que el dominio del corazón continental descrito por Halford Mackinder. Los principales focos de tensión contemporánea parecen validar esa hipótesis. El Golfo Pérsico, el mar Rojo, el Mediterráneo oriental, el estrecho de Taiwán y el mar de China Meridional forman parte de una misma cadena estratégica donde convergen intereses militares, comerciales y energéticos.

La guerra en Ucrania amplía todavía más este panorama. A primera vista, el mar Negro parece pertenecer a un escenario distinto del conflicto entre Estados Unidos e Irán. Sin embargo, ambos espacios participan de una lógica geopolítica común. El mar Negro conecta Europa oriental con el Mediterráneo a través del Bósforo y los Dardanelos, estrechos cuya administración confiere a Turquía una posición de enorme relevancia estratégica. El tránsito de cereales, hidrocarburos y material militar demuestra que las rutas marítimas siguen siendo determinantes para la seguridad internacional. Lo que ocurre en Ormuz repercute en los mercados energéticos; lo que sucede en el mar Negro afecta la seguridad alimentaria y el equilibrio europeo. Son piezas de un mismo tablero.

Henry Kissinger advertía que el orden internacional depende de la existencia de un equilibrio aceptado por las principales potencias. Cuando ese equilibrio se fractura, la competencia estratégica reemplaza a la cooperación. El actual sistema internacional atraviesa precisamente esa transición. La hegemonía unipolar surgida tras el final de la Guerra Fría cede espacio a una configuración más compleja, donde Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar, mientras China expande su influencia económica, Rusia desafía el equilibrio europeo e Irán consolida una red de proyección regional basada en alianzas estatales y actores armados no convencionales.

La estrategia iraní responde a una racionalidad geopolítica definida. Consciente de la superioridad militar convencional estadounidense, Teherán ha desarrollado un modelo de disuasión asimétrica sustentado en misiles, drones, fuerzas navales ligeras y organizaciones aliadas distribuidas desde el Líbano hasta Yemen. Esta arquitectura estratégica busca aumentar el costo de cualquier intervención militar directa. Más que derrotar a Estados Unidos en un enfrentamiento convencional, pretende dificultar su libertad de acción en toda la región.

Desde la perspectiva estadounidense, la situación presenta implicaciones más amplias que la seguridad de sus aliados regionales. El libre tránsito marítimo constituye uno de los fundamentos del orden internacional construido después de 1945. La Quinta Flota, desplegada en el Golfo, no protege únicamente intereses nacionales; también garantiza un principio esencial para el funcionamiento del comercio mundial: que ninguna potencia regional pueda monopolizar las principales rutas oceánicas.

Robert Kaplan ha señalado que la geografía actúa como una fuerza persistente que condiciona incluso las decisiones aparentemente más ideológicas. La rivalidad entre Washington y Teherán confirma esta afirmación. Los discursos políticos pueden cambiar; la posición estratégica del Golfo Pérsico permanece inalterable. Las montañas iraníes, las costas del estrecho de Ormuz y la proximidad del océano Índico continúan otorgando al Estado iraní una relevancia que ninguna sanción económica puede eliminar.

Existe, además, una dimensión menos visible del conflicto: la competencia por la conectividad euroasiática. La Iniciativa de la Franja y la Ruta impulsada por China, el Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur que vincula India, Irán y Rusia, y los proyectos energéticos que atraviesan Asia Occidental evidencian que las infraestructuras del siglo XXI constituyen nuevas formas de poder geopolítico. Los estrechos marítimos ya no solo canalizan petróleo; también organizan cadenas logísticas, redes financieras y flujos tecnológicos.

Tucídides escribió que el crecimiento del poder ateniense despertó el temor espartano y volvió inevitable la guerra. Aunque las circunstancias históricas sean distintas, la política internacional continúa marcada por la interacción entre poder, percepción y seguridad. Estados Unidos observa la expansión de la influencia iraní como un desafío al equilibrio regional; Irán interpreta la presencia militar estadounidense como una amenaza permanente para su supervivencia. Ambos actúan movidos por percepciones estratégicas que alimentan un círculo continuo de desconfianza.

La estabilidad futura dependerá menos de la retórica diplomática que de la capacidad para administrar los espacios donde convergen intereses incompatibles. Ninguna negociación será completamente duradera mientras persista la competencia por el control de los principales corredores marítimos de Eurasia. La geografía impone límites que la voluntad política no siempre consigue superar.

La confrontación entre Estados Unidos e Irán constituye, en consecuencia, una expresión de una transformación más profunda del orden internacional. No se libra únicamente por influencia regional, ni exclusivamente por tecnología nuclear, ni siquiera por la hegemonía en Oriente Medio. Se desarrolla sobre los umbrales que conectan continentes, economías y civilizaciones. Allí donde un estrecho concentra el tránsito del comercio mundial, también concentra las ambiciones de las potencias.

La historia enseña que los imperios no solo se construyen mediante conquistas territoriales; también mediante el control de los caminos que articulan el intercambio entre los pueblos. En el siglo XXI, esos caminos continúan siendo marítimos. Ormuz, Bab el-Mandeb, Suez, el Bósforo, los Dardanelos y el mar Negro conforman una cadena geográfica cuya importancia excede el ámbito regional. En ellos se entrecruzan energía, comercio, seguridad y prestigio internacional.

Quien aspire a comprender el conflicto entre Estados Unidos e Irán debe mirar más allá de los comunicados oficiales y de las operaciones militares. Debe observar el mapa. Porque, como ha demostrado una y otra vez la historia, la geografía no determina por completo el destino de las naciones, pero sí establece el escenario sobre el cual las potencias despliegan sus aspiraciones, calculan sus riesgos y disputan el poder.