Opinión

Estados Unidos después de las urnas: una advertencia para República Dominicana

Por Alfredo de la Cruz


Compartir

Las elecciones de medio término celebradas el 3 de noviembre de 2026 en Estados Unidos dejan mucho más que una nueva correlación de fuerzas en el Congreso. Representan una señal sobre los límites del poder presidencial, el comportamiento de una sociedad sometida a tensiones económicas y sociales y las dificultades de convertir una victoria electoral en un proyecto de gobernabilidad sostenible.

El Partido Demócrata conquistó el control de la Cámara de Representantes y del Senado, lo que pone fin al dominio republicano del Congreso y abre una nueva etapa de contrapesos institucionales a los dos últimos años de la administración de Donald Trump.

Los resultados reflejan el descontento de una parte del electorado con el costo de la vida, la inflación, las preocupaciones sobre la corrupción gubernamental y las consecuencias de la guerra contra Irán. También evidencian dificultades para conservar la coalición que llevó a Trump nuevamente a la Casa Blanca en 2024, particularmente entre votantes jóvenes y latinos.

Sin embargo, sería un error interpretar estos resultados exclusivamente como una victoria ideológica demócrata. También expresan insatisfacción con la gestión del poder y con la distancia entre las expectativas electorales y las condiciones cotidianas de los ciudadanos.

La política estadounidense ha recordado una vieja lección democrática: ganar la Presidencia no significa recibir un cheque en blanco durante cuatro años.

Las lecciones que deben aprender los republicanos

La primera lección para el Partido Republicano es que la lealtad política no puede sustituir permanentemente la evaluación de los resultados de gobierno.

Trump construyó su regreso a la Casa Blanca alrededor de promesas económicas: recuperar el poder adquisitivo, controlar la inflación, proteger la producción nacional y fortalecer la posición internacional estadounidense. Sin embargo, cuando los ciudadanos perciben que sus gastos aumentan, su capacidad de compra se deteriora y la incertidumbre persiste, los discursos sobre grandeza nacional pierden capacidad para compensar las dificultades cotidianas.

La segunda lección es que la política exterior tiene consecuencias electorales internas. La guerra contra Irán y sus implicaciones energéticas demuestran que las decisiones geopolíticas repercuten directamente en los hogares. El petróleo, las rutas marítimas, el transporte y los mercados internacionales condicionan el costo de vida. Por tanto, cualquier intervención internacional debe acompañarse de explicaciones claras sobre sus objetivos, costos, límites y consecuencias.

La tercera lección es que ninguna mayoría electoral es permanente. El respaldo de los votantes jóvenes, latinos y moderados puede cambiar cuando sus prioridades no encuentran respuestas. El Partido Republicano necesita revisar su relación con estos sectores, sus mecanismos de selección de candidatos y construir una agenda que trascienda el liderazgo personal de Trump.

Finalmente, los republicanos deben preservar su autonomía institucional. Un partido que deposita toda su identidad en una sola figura corre el riesgo de convertir cada decisión presidencial en una prueba de lealtad y cada desacuerdo en una fractura interna. Su futuro dependerá de combinar liderazgo, renovación de cuadros, propuestas económicas creíbles y una visión de Estado que pueda sobrevivir al actual ciclo político.

Las lecturas y responsabilidades de los demócratas

Para los demócratas, recuperar el control de ambas cámaras representa una oportunidad, pero también una prueba de madurez política. La victoria no debe convertirse en autorización para ejercer una obstrucción permanente. Los ciudadanos esperan respuestas concretas a sus problemas, no solamente confrontación.

Su primera responsabilidad es transformar el descontento electoral en propuestas sobre vivienda, salud, inflación, salarios, empleo y protección de las clases medias.

La segunda consiste en construir una agenda capaz de integrar a sectores progresistas, moderados, trabajadores, jóvenes, comunidades inmigrantes y ciudadanos independientes. El resultado electoral no debe interpretarse como una adhesión automática a todas las posiciones de un sector del partido.

La tercera responsabilidad es ejercer el control legislativo con sentido institucional. La supervisión de la administración, las investigaciones parlamentarias y el escrutinio del gasto público son atribuciones legítimas del Congreso, pero no deberían convertirse exclusivamente en instrumentos de confrontación partidista.

También deberán demostrar capacidad de negociación. Trump conserva la Presidencia, el poder de veto y amplias atribuciones ejecutivas. El control demócrata del Congreso abre una etapa de contrapesos y posibles bloqueos legislativos, pero no elimina la capacidad presidencial de gobernar.

El desafío será demostrar que pueden ejercer el poder parlamentario con responsabilidad sin convertirlo en una plataforma de revancha política.

La dimensión geopolítica: Washington entra en una nueva etapa

El resultado electoral trasciende la política doméstica estadounidense. La relación entre la Casa Blanca y el Congreso será más compleja, con posibles efectos sobre los presupuestos, las prioridades de defensa, el comercio y los compromisos internacionales de Washington.

Trump conserva importantes instrumentos de política exterior, pero encontrará una oposición legislativa con mayor capacidad de fiscalización y presión política.

La guerra contra Irán, las relaciones con China, la competencia tecnológica, la seguridad energética, la OTAN y la política hacia América Latina estarán condicionadas por este nuevo ambiente institucional.

Desde la perspectiva geoeconómica, la incertidumbre sobre las decisiones comerciales y fiscales estadounidenses también puede repercutir en los mercados, las cadenas de suministro y los flujos de inversión.

No estamos necesariamente ante el fin de la política exterior de Trump, sino ante un escenario en el que sus decisiones tendrán que desenvolverse bajo una correlación institucional diferente.

¿Qué debe hacer República Dominicana?

Estados Unidos es nuestro principal socio comercial, un destino fundamental de nuestras exportaciones, una fuente determinante de inversión y turismo y el hogar de una de las comunidades dominicanas más numerosas fuera de nuestras fronteras. Por eso, los cambios en Washington tienen consecuencias directas sobre nuestra economía, seguridad y política exterior.

La primera prioridad debe ser fortalecer la diplomacia institucional y multipartidista. La relación bilateral no puede descansar exclusivamente en los vínculos con la Casa Blanca, el Departamento de Estado o los interlocutores republicanos. Necesitamos relaciones permanentes con legisladores demócratas y republicanos, gobernadores, autoridades locales, centros de pensamiento y sectores empresariales.

La diplomacia dominicana debe comprender el funcionamiento del sistema político estadounidense y distinguir entre la relación con una administración (gobierno) y la relación estratégica con el Estado norteamericano.

La segunda prioridad es proteger nuestros intereses comerciales. El DR-CAFTA, las exportaciones, las zonas francas las cadenas de suministro y las oportunidades del nearshoring deben formar parte de una agenda permanente con Washington. La reorganización de las cadenas productivas internacionales representa una oportunidad para atraer inversiones que buscan reducir su dependencia de Asia. Nuestra proximidad geográfica, infraestructura logística y vinculación comercial con Estados Unidos son ventajas que debemos convertir en resultados.

La tercera prioridad es la seguridad regional. Haití, el narcotráfico, el tráfico de armas, la migración irregular, la vigilancia marítima y las redes criminales transnacionales requieren una estrategia de cooperación que reconozca tanto nuestras responsabilidades nacionales como las dimensiones internacionales del problema haitiano.

La política dominicana hacia Haití no puede quedar subordinada a los cambios de administración en Washington. Necesitamos una posición de Estado sustentada en la defensa de la soberanía, la seguridad fronteriza, la cooperación internacional y la estabilidad regional.

La cuarta prioridad es la seguridad energética. Nuestra dependencia de combustibles importados nos expone a las crisis internacionales. Las tensiones en Oriente Medio y las amenazas a las rutas marítimas pueden trasladarse rápidamente a los costos de generación eléctrica, transporte, producción y alimentos. Diversificar la matriz energética, fortalecer las reservas estratégicas y planificar ante posibles choques externos deben asumirse como asuntos de seguridad nacional.

Finalmente, debemos fortalecer nuestra inteligencia estratégica. El país necesita monitorear sistemáticamente los cambios legislativos y regulatorios estadounidenses, anticipar sus efectos sobre el comercio, las inversiones, las remesas, la migración y la seguridad, y desarrollar escenarios de respuesta.

No basta con reaccionar cuando Washington toma una decisión. Debemos comprender cómo se construyen esas decisiones y participar oportunamente en los espacios donde se discuten.

Una lección que trasciende a Estados Unidos

Las elecciones de medio término de 2026 dejan una enseñanza para todas las democracias latinoamericanas: el poder político es temporal, las mayorías son cambiantes y la legitimidad necesita renovarse mediante resultados.

Los republicanos tendrán que revisar por qué una coalición que los llevó a recuperar la Casa Blanca en 2024, no pudo conservar el control del Congreso en 2026. Los demócratas deberán demostrar que su victoria puede traducirse en soluciones y no solamente en oposición. Trump, por su parte, tendrá que gobernar sus dos últimos años de mandato bajo un escenario institucional sustancialmente diferente.

Para República Dominicana, la conclusión es práctica: los cambios de poder en Washington deben convertirse en materia de planificación estratégica, no de improvisación diplomática.

Necesitamos una política exterior que trascienda los ciclos electorales estadounidenses, una estrategia comercial que aproveche la reorganización económica internacional y una política de seguridad que considere las amenazas regionales en toda su complejidad.

En un mundo donde la geopolítica determina cada vez más las oportunidades económicas y las condiciones de seguridad de los Estados, la vulnerabilidad más peligrosa no consiste únicamente en tener vecinos difíciles o depender de grandes potencias, sino en carecer de una estrategia propia para enfrentar los cambios del sistema internacional.

Estados Unidos ha recibido un mensaje de sus ciudadanos. República Dominicana debería recibir también el suyo: no podemos controlar lo que sucede en Washington, pero sí podemos decidir si estamos preparados para sus consecuencias.