Por Enrique Muñoz
Hay una frase que el presidente Balaguer hizo popular durante su campaña electoral cuando se refirió a los anhelos de aquellas cosas que haría si llegaba a la Presidencia de la República. Decía que quería dirigir el país para hacer “el gobierno que soñó cuando era niño”. En esos gobiernos, porque fueron cinco, vimos ejecutarse la, algunas veces aplaudida y otras veces criticada, política de varilla y cemento. En síntesis, ese era su sueño, era la visión de país que tenía Balaguer, lograr que la gente viviera en un lugar decente y por eso la política de varilla y cemento se concentraba en la construcción de viviendas porque hay que decir que también construyo presas y carreteras.
El presidente Leonel Fernández vivió muchos años en New York, lo que significa que viajaba con mucha frecuencia. Los viajes en esa época eran una verdadera odisea, desde la expedición de un pasaporte en una oficina ruinosa, pasando por la obligatoriedad de pagar a un “buscón” para que gestione el documento, hasta el momento de presentarse ante un oficial de migración y ante los temibles oficiales de aduana al regreso. Quizá esas experiencias construyeron en él un sueño y talvez por esa razón adecentó la administración pública desde la obtención de un pasaporte, la cedula, incluyendo la aduana, hasta culminar con la construcción de un metro que trata de emular al de la ciudad de New York en donde también estudió.
Para contextualizar más aún este artículo, podría citar otros ejemplos porque muchos hay, pero lo dejaré hasta aquí para decir que un presidente debe tener sueños. Es fundamental para lograr algún tipo de mejoría en la población tras su gobierno. La intención de tener una mejor nación, debe ser el motor que impulse las acciones de un político que aspire a dirigir la nación. De ahí debe partir una aspiración. No se puede aspirar a “ser por ser”,llegar porque puedo hacerlo debido a que tengo fortuna para ello. Un presidente debe tener un sueño y ser acreedor de la llamada vocación de servicio, porque el político de profesión es un ser con sensibilidad social.
Es en esa situación en la que se ubica el candidato Abinader Coronav. Un candidato que aparentemente solo le interesa “ser por ser”, por escribir su nombre en los anales presidenciales del país. Un candidato sin sueños,sin una demostrada vocación de servicio. Hacer promesas que van desde un incremento de al menos US$ 500 mensuales para los policías, duplicar el valor de la tarjeta de solidaridad, bono luz, bono gas etc., junto con 10 mil pesos para los desempleados por solo mencionar algunas,sin considerar el impacto económico que decisiones de ese tipo implican para el estado, son promesas de alguien quien no tiene sueños y cuyas promesas solo tienen como interés conseguir el voto de los incautos. No se ve ninguna novedad en sus propuestas, no tiene motivos. No tiene sueños. Se trata de alguien quien, repito, solo quiere “ser por ser”.
La credibilidad en el sistema de partido políticos puede verse comprometida cuando la población comprueba que fue víctima de una mentira, de un engaño. De ahí lo peligroso de esta actitud. Hay que tener un límite ético durante las campañas electorales, puesto que puede ser severo el daño que se le produzca incluso a la misma Democracia con promesas, que de antemano esta claro que no podrán cumplirse. El político que rompe con esto es el que tiene sueños, el que tiene motivos para ejercer la función pública para lo que se ha preparado y ha estudiado.
“El hombre es del tamaño de sus sueños” sentenció Fernando Pessoa. ¿Querrá la población dominicana despertar el 5 de julio con una pesadilla?



