Por Félix Adalberto Bautista
El Pregonero, Santo Domingo.-Una vez más, el país se viste de luto. Una vez más, una tragedia que pudo evitarse sacude la conciencia —o lo que queda de ella— en nuestra sociedad. El colapso del techo del Jet Set no es un hecho aislado, no es simplemente una grieta en el concreto. Es el símbolo del colapso moral y estructural de un país donde las leyes existen, pero no se cumplen; donde los reglamentos están escritos, pero nadie los respeta; donde los organismos encargados de fiscalizar y regular no sirven a la ciudadanía, sino a sus propios intereses. Y lo peor: ya estamos tan acostumbrados al desastre, que hasta nos parece normal.
Nos duele profundamente ver cómo tragedia tras tragedia seguimos sin aprender. Basta con repasar los nombres de nuestras desgracias más recientes para entender que el problema no es la falta de normas, sino la ausencia total de consecuencias. Diamond Mall, Torre Villas Palmeras, Poliplas, San Cristóbal, Itabo, Pegui Industrial, el paso a desnivel de la 27 con Máximo Gómez… y ahora el Jet Set. ¿Cuántas vidas más deben perderse para que entendamos que esta no es una casualidad, sino el reflejo brutal de una enfermedad social?
Nuestros organismos de fiscalización han sido prostituidos. Sí, así de crudo y así de real. Llegan a los comercios no a inspeccionar, no a velar por el cumplimiento de normas, sino a “buscar lo suyo”. Con dos mil o cuatro mil pesos, un inspector pone un sello de “evaluado y aprobado” más rápido que lo que canta un gallo. Y todos lo sabemos. Lo sabe el comerciante que “aceita” la rueda, lo sabe el funcionario que lo permite, lo sabe el ciudadano que lo ve y prefiere callar. Porque aquí la corrupción no es un escándalo: es una costumbre. Y así se construye el desastre.
Vivimos en un país de “eso aguanta”, donde la improvisación es cultura y la viveza es virtud. Hemos normalizado el riesgo, bendecido la chapucería y abrazado la indiferencia como escudo. Aquí nadie revisa, nadie supervisa, nadie denuncia. Nos hemos vuelto expertos en mirar hacia otro lado, en hacernos “los chivos locos”, hasta que la tragedia toca nuestra puerta y nos recuerda, de forma dolorosa, todo lo que ignoramos por comodidad o por cobardía.
¿Qué clase de sociedad somos si permitimos que un sello se compre con un soborno? ¿Qué esperanza nos queda si los que deberían protegernos son los primeros en traicionarnos? ¿De qué nos sirven las comisiones, los reglamentos, las instituciones, si al final todo queda en el olvido y la impunidad?
Los gobiernos de turno —todos— han sido excelentes administradores de crisis, pero nefastos constructores de soluciones. Administran el caos, pero no lo previenen. Apagan fuegos, pero no cierran válvulas. Y mientras tanto, seguimos perdiendo lo más valioso: vidas humanas.
Es hora de gritar con indignación, de dolernos con conciencia, de exigir un cambio real. Necesitamos una cultura de cumplimiento, de honestidad, de rigor, y, sobre todo, de consecuencias. Porque sin consecuencias, lo que nos espera no es una vida segura, sino una muerte anunciada.
Que esta tragedia no pase como otra más. Que nos duela, que nos marque, que nos transforme. Que cada escombro nos recuerde que la indiferencia también mata.
Y si esto ofende a alguien… que se mire al espejo de esta sociedad rota, y entienda que lo que más duele, es que ya no nos duela.



