Por Salvador Holguín, diciendo lo que otros callan.
La política dominicana atraviesa una crisis de liderazgo tan profunda que hoy cualquiera cree que puede convertirse en presidente de la República. Basta con tener dinero, contratar tres asesores, pagar quinientos periodistas y conseguir el respaldo de algunos grupos económicos para sentirse con derecho a dirigir los destinos de la nación, pero una cosa es comprar publicidad y otra muy distinta es tener capacidad para gobernar.
La Presidencia de la República no es un concurso de popularidad ni un negocio de empresarios. Es una responsabilidad que exige preparación, experiencia, carácter, visión de Estado y liderazgo auténtico. Lo más preocupante es que los propios partidos tradicionales y su cúpula dirigencial han contribuido a esta degradación. Han privilegiado la mediocridad sobre el talento, la adulonería sobre la capacidad, las rifas y el narcotráfico sobre la trayectoria, la degeneración sobre la integridad y los intereses particulares sobre las necesidades del pueblo. Y después se sorprenden cuando aparecen los llamados outsiders amenazando con desplazar a sus dirigentes.
Los outsiders no surgen por generación espontánea. Son, en gran medida, consecuencia del fracaso de los partidos para interpretar las aspiraciones ciudadanas. Nayib Bukele no llegó de la nada: fue alcalde en dos ocasiones antes de convertirse en presidente de El Salvador. Donald Trump, por su parte, desafió las estructuras tradicionales de la política estadounidense con un discurso antisistema. ¿Podría suceder algo parecido en República Dominicana? Los partidos harían bien en no subestimar esa posibilidad.
En las elecciones presidenciales de 2024, cerca del 46 % del electorado se abstuvo de votar. Aunque la abstención tiene diversas causas, es una señal que ningún liderazgo responsable debería ignorar. El PRM, el PLD y la Fuerza del Pueblo, deben comprender que la sociedad no está obligada a votar eternamente por las mismas caras, las mismas promesas y las mismas estructuras. Y aquí viene lo que muchos no quieren escuchar: el problema no es que cualquier ciudadano tenga derecho a aspirar a la Presidencia, el verdadero problema es que algunos pretenden sustituir el liderazgo con dinero, la preparación con propaganda y la capacidad con relaciones económicas.
Tener millones no convierte a nadie en estadista, tener los llamados influencers a sueldo no garantiza credibilidad y tener empresarios detrás no significa tener un pueblo que lo siga. La República Dominicana necesita menos aspirantes fabricados por el marketing y las redes sociales, y más líderes con preparación, integridad, trayectoria, experiencia y compromiso de nación. Los partidos tradicionales deben renovarse, abrirles espacio a los talentos y recuperar la confianza ciudadana. De lo contrario, seguirán alimentando el rechazo que hoy amenaza su propia legitimidad y permanencia política.
Termino diciendo lo que otros callan: El dinero puede comprar una campaña, el community manager puede fabricar una imagen y las encuestas pagadas pueden crear expectativas, pero ninguna de esas cosas garantiza la capacidad de gobernar una nación. Porque cualquiera puede soñar con ser presidente, pero no cualquiera tiene las condiciones para dirigir la República Dominicana.



