Por Rosa Iris Luciano
Hay situaciones que, más allá de la noticia, deberían obligarnos a detenernos y preguntarnos hacia dónde estamos caminando como sociedad. En las últimas horas, las redes sociales han vuelto a convertirse en escenario de una realidad que, por preocupante que parezca, ya no debería sorprendernos: personas vinculadas sentimentalmente con hombres señalados por actividades delictivas que lloran su muerte públicamente, defienden sus relaciones e incluso protagonizan enfrentamientos alrededor de estas historias.
Más allá de los detalles particulares de cada caso, lo verdaderamente preocupante es lo que esta realidad dice de nosotros. ¿En qué momento llegamos a considerar atractivo, admirable o incluso prestigioso tener como pareja a una persona vinculada al mundo del delito? ¿Cuándo dejamos de ver el comportamiento criminal como algo que debía generar rechazo social y comenzamos, en determinados espacios, a convertirlo en una especie de símbolo de poder, respeto o estatus?
Recuerdo escuchar a mis padres contar que, décadas atrás, cuando en una familia se sabía que había un ladrón o una persona vinculada a hechos delictivos, aquello representaba una vergüenza. Esa reputación podía provocar que otras familias tomaran distancia. No porque aquellas generaciones fueran perfectas, sino porque existía una frontera mucho más marcada entre lo que la sociedad consideraba correcto y aquello que debía rechazarse.
Hoy pareciera que esa frontera se ha ido desdibujando.
Las redes sociales han cambiado la manera en que construimos nuestras referencias. El dinero fácil, las armas, los vehículos costosos, las fiestas, las prendas de lujo y una vida aparentemente llena de excesos pueden presentarse como símbolos de éxito, incluso cuando detrás de esa imagen existen historias de violencia, delitos o vidas destruidas.
Y aquí aparece una pregunta todavía más incómoda: ¿qué estamos enseñándoles a nuestros hijos?
Porque los valores no se transmiten únicamente con discursos. Los niños y adolescentes observan qué personas reciben admiración, quiénes acumulan seguidores, qué comportamientos generan atención y qué estilos de vida son presentados como deseables. Si constantemente premiamos con fama y reconocimiento a quienes exhiben una vida construida alrededor del dinero fácil y la violencia, no debería sorprendernos que algunos jóvenes terminen confundiendo poder con éxito y respeto con miedo.
También debemos tener cuidado con otra cosa: una persona puede sentir afecto por alguien que haya cometido errores o delitos, y eso no significa automáticamente que comparta sus acciones. Las relaciones humanas son complejas. Pero una cosa es sentir dolor por la pérdida de alguien y otra muy distinta es romantizar o convertir una trayectoria delictiva en motivo de admiración.
El problema, por tanto, no son solamente las personas involucradas en una historia particular. El problema es el espejo que estas historias nos colocan delante.
¿Qué estamos celebrando? ¿Qué estamos normalizando? ¿Qué estamos enseñando como modelo de éxito? ¿Qué lugar estamos dejando para el trabajo honesto, la educación, la disciplina, el respeto y el esfuerzo?
No se trata de idealizar el pasado. También en otras épocas existieron delincuencia, violencia y corrupción. La diferencia está en preguntarnos si como sociedad estamos perdiendo nuestra capacidad de establecer límites morales frente a determinadas conductas.
Una sociedad puede acostumbrarse a muchas cosas sin darse cuenta de que se está acostumbrando a ellas. Y cuando lo que ayer provocaba rechazo hoy genera admiración, seguidores o incluso aspiraciones, tenemos un problema que va mucho más allá de una publicación en Instagram.
Quizás llegó el momento de dejar de preguntarnos únicamente “¿quién murió?” y comenzar a preguntarnos “¿qué estamos construyendo?”.
Porque el verdadero desafío no es solamente combatir la delincuencia cuando aparece en las calles. También es evitar que, desde nuestros hogares, nuestras conversaciones, nuestras redes sociales y nuestros referentes, terminemos enseñando a las nuevas generaciones que delinquir puede ser un camino hacia el reconocimiento.
Los valores de una sociedad también se reflejan en las personas que decide admirar. Y esa es una conversación que, como sociedad, ya no podemos seguir posponiendo.



