Editorial

¿En qué estaban pensando?

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@abrilpenaabreu

Uno no sabe con qué es que piensan… si es que piensan, o peor aún, si están tan acostumbrados al poder y a manejarlo sin consecuencias, que ya no les importa la reacción social, ni la indignación —más que previsible— que decisiones como esta generan.

Porque no hay otra forma de explicarlo. La Cámara de Cuentas, un órgano que arrastra sobre sus hombros el descrédito de una gestión anterior señalada por la inoperancia y la desconfianza, decide aumentarse los salarios en más de un 50%. Y lo hace en el peor momento posible.

En un país donde el presidente ha hablado abiertamente de sacrificios.

Donde se menciona un pacto nacional.

Donde se advierte que vendrán tiempos difíciles, en parte por el impacto de conflictos internacionales como la guerra en el Golfo Pérsico.

“Todos” —se nos ha dicho— tendremos que ajustarnos. ¿Todos?

Porque mientras ese mensaje baja hacia la ciudadanía, hacia los sectores productivos, hacia quienes viven del día a día… un grupo de funcionarios decide, aprovechando su independencia y la escasa capacidad real de control sobre sus decisiones, incrementarse sus propios salarios.

Y no hablamos de un ajuste técnico menor, hablamos de un aumento que supera el 50%. ¿De verdad no vieron venir la reacción? ¿De verdad no midieron el momento?

Porque aquí el problema no es solo el aumento, es el contexto, es el símbolo, es el mensaje.

Y el mensaje que recibe la sociedad es devastador: que el sacrificio es para otros. Que hay una élite pública que sigue operando bajo lógicas propias, desconectada de la realidad que vive la mayoría.

Que no hemos aprendido nada Y entonces uno se pregunta: ¿qué fue?

¿Imprudencia?

¿Falta de visión?

¿Prepotencia?

¿Soberbia?

¿O todo junto?

Porque cuesta entender cómo, con la experiencia que tienen algunos de sus miembros —en especial su presidenta, Emma Polanco— no se pudo anticipar el impacto de una decisión como esta.

A menos que haya algo más de fondo. Y es ahí donde entra otra realidad incómoda: la cultura de poder.

Durante décadas, espacios como la UASD han operado con dinámicas propias, donde muchas veces sus autoridades han ejercido funciones con amplios márgenes de autonomía, con poca fricción externa y con una especie de “patente de corso” institucional.

Tal vez —y solo tal vez— alguien pensó que esto funcionaba igual. Que se podía hacer… y ya.

Pero no. El país de hoy no es el de antes. La gente observa. La gente cuestiona. Y, sobre todo, la gente está cansada.

Cansada de ver la misma conducta repetirse una y otra vez: privilegios sobre privilegios, abusos sobre abusos, decisiones desconectadas de la realidad.

La Cámara de Cuentas tenía una oportunidad. La oportunidad de empezar distinto. De reconstruir confianza. De enviar una señal clara de cambio. Y la desperdició. Porque cuando más se necesitaba criterio… faltó.

Y cuando más se necesitaba sensibilidad… sobró desconexión.