Opinión

El tsunami del cambio

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Por Gilberto Luna Ulloa.


Si existe un fenómeno natural lo suficientemente impactante, como para equiparar lo sucedido en las elecciones del pasado 5 de julio del año 2020, es
el de un tsunami.

Una Ola gigantesca de votos provocada por la irrupción volcánica de dos consignas casi emblemáticas: “El Cambio Va” y “Se Van”.

Estos eslóganes electorales lograron canalizar la insatisfacción, de una ciudadanía hastiada por la corrupción, y que decidió penalizar en las urnas, la hegemonía ostentada por el PLD durante la mayor parte de los últimos veinte años.

Sin referirnos propiamente al ámbito presidencial, donde el arrase fue más que evidente, basta resaltar la nueva configuración que habrá de tener el Congreso Nacional, donde en términos de la distribución del poder político, el cambio es extremadamente notable. El efecto del tsunami que pasó por allí, ha sido de tal magnitud que, solo repetirán tres de los treinta y dos senadores que en la actualidad componen la denominada cámara alta.

Pero lo más importante es que ahora, el poder legislativo podrá funcionar como un contrapeso del ejecutivo, y no como un sello gomígrafo, pues ya no estará bajo el control absoluto de un determinado partido.

Ese panorama viene dado, en gran medida, por el fraccionamiento del voto de los ciudadanos y por las alianzas estratégicas que realizaron las más importantes agrupaciones políticas del sistema. Esta vez, la madurez expresada por el liderazgo político nacional permitió la configuración de propuestas electorales frescas, y moralmente reconocidas, que calaron en la simpatía del electorado y por eso tenemos que felicitarlos.

Felicitar, además, al frente opositor encabezado por el presidente electo Luis Abinader Corona, quien con su trabajo tesonero, y decido, ya se empieza a vislumbrar como símbolo de la ética y la decencia en la forma de hacer política.

Ojalá que su accionar esté dirigido por la prudencia y racionalidad, con la que debe manejarse un jefe de estado que pretende cumplir, con las más altas expectativas de la gente; sin perjuicio de los retos que impone la crisis sanitaria y económica a la que en la actualidad nos enfrentamos.

Pero más que todo, el gran reconocimiento debe ser para el pueblo dominicano, que se movilizó muy a pesar de las adversidades sanitarias, que votó por la imperiosa necesidad de un cambio, y que no se doblegó ante el populismo y el clientelismo rampante. A ese pueblo que supo dar un voto de castigo, para quienes no fueron capaces de atender, el urgente reclamo de justicia social, transparencia y cero impunidad. A ese pueblo que se
mantendrá como un centinela, vigilante y en atención constante, del comportamiento de las nuevas autoridades.

Ese mismo pueblo que con su proceder ejemplar nos enseñó, una vez más, que “lo mucho hasta Dios lo ve” y que “nada dura para siempre”.

En fin, todo lo acontecido el pasado 5 de julio debe ser catalogado como una verdadera muestra de civismo. El pueblo se comportó a la altura de las circunstancias, optó por la alternabilidad antes que el continuismo, y se erigió como el verdadero garante del fortalecimiento institucional de nuestra democracia. Esto debe ser motivo de celebración para todos, sin importar si nos encontramos en el bando de los vencedores o de los vencidos.

A fin de cuentas, todos somos dominicanos, y ahora más que
nunca, albergamos la esperanza de que El Cambio nos traiga consigo el país
que todos anhelamos.