Opinión

El Primer Congreso Internacional de Geopolítica dejó una fotografía poco común del poder dominicano

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Por Carlos del Pozo


Estoy convencido de que Dios puso algo especial en esta pequeña isla.

El talento está, la capacidad también. Quizás el gran desafío siga siendo ponernos de acuerdo para construir el país desarrollado que todavía tenemos pendiente lograr.

El Primer Congreso Internacional de Geopolítica, auspiciado por el profesor y geopolitólogo dominicano Manuel Cruz, mostró una imagen poco común en República Dominicana.

Logró colocar bajo un mismo techo a gobierno y oposición, junto a distintas corrientes de pensamiento del liderazgo político y empresarial, intelectuales, académicos, líderes de opinión, diplomáticos y connotados representantes de la sociedad dominicana.

Todos fuimos convocados a reflexionar acerca de un escenario internacional que cambia a gran velocidad y cuyos efectos, nos guste o no, terminarán impactando el rumbo de República Dominicana.
La calidad del encuentro también quedó reflejada en la representación de sus panelistas.

La presencia del expresidente Leonel Fernández, Pedro Baños, Ana Esther Ceceña, José Ignacio Paliza, Alfredo Jalife-Rahme y el propio Manuel Cruz, junto al rol del relator, el intelectual y diplomático Iván Gatón, aportó al congreso una combinación poco común y rico en experiencia política, lectura geopolítica, visión académica y conocimiento estratégico.

Esa composición reforzó la idea de que República Dominicana tiene talento, voces y capacidad suficiente para definir su lugar en el mundo con mayor ambición y sentido de país.
Ahí estuvo, desde nuestra óptica, uno de los mayores valores de este encuentro.

Porque en un escenario global marcado por la creciente disputa entre Estados Unidos, China y Rusia, mayores tensiones comerciales, transformaciones tecnológicas aceleradas y nuevas luchas por influencia, parece cada vez menos razonable asumir que un presidente o un partido político, por sí solos, puedan interpretar adecuadamente la complejidad de los desafíos que le tocará enfrentar a nuestra nación.
Es justamente ahí donde el país parece tener pendiente una conversación mucho más profunda de la que hasta ahora hemos sostenido.

Está realidad nos desafía a construir un espacio permanente de pensamiento estratégico que ayude al país a entender mejor el nuevo tablero internacional, anticiparse a riesgos y sostener una visión de desarrollo de largo plazo.

Porque si algo suele marcar los momentos de transformación en los países, es cuando sectores distintos logran coincidir, aunque sea temporalmente, en la necesidad de pensar más allá del corto plazo y comenzar a mirar el futuro con mayor sentido de dirección.

Debo admitir que buena parte de esta reflexión terminó tomando forma a raíz de la conferencia del profesor y analista geopolítico mexicano Alfredo Jalife-Rahme.

Su lectura sobre la creciente rivalidad entre las grandes potencias y la forma en que esas tensiones terminan impactando incluso a países aparentemente distantes del conflicto despertó en mí una inquietud que, por razones de tiempo, no pude formularle y que desde entonces no ha dejado de acompañarme.

Quería saber si, en medio de la creciente disputa entre Estados Unidos, China y Rusia, República Dominicana está leyendo correctamente el nuevo tablero geopolítico o si seguimos operando como si el mundo no hubiese cambiado.

Basta con revisar los archivos de los periódicos entre 1966 y 2026 para entender por qué esta discusión importa.

Década tras década, bajo distintos gobiernos, colores políticos y momentos económicos, muchos de los problemas esenciales reaparecen con una persistencia difícil de explicar.

Agua potable, apagones, transporte, deterioro urbano, debilidad institucional, deficiencias educativas, informalidad, seguridad ciudadana y servicios básicos vuelven una y otra vez a los titulares, como si el tiempo hubiese cambiado actores y discursos, pero no necesariamente la profundidad de las respuestas.

Resulta que muchos de los problemas que enfrentaron nuestros abuelos siguieron acompañando a nuestros padres, todavía forman parte de nuestras conversaciones, y si seguimos administrándonos igual, probablemente también terminen acompañando a nuestros hijos y nietos.

El otro aspecto en el que no podemos perder de vista es nuestra ubicación geográfica, conectividad, estabilidad institucional relativa y cercanía con Estados Unidos colocan al país en un tablero donde el Caribe vuelve a adquirir importancia geopolítica y donde improvisar puede salir demasiado caro.

Otra de las reflexiones valiosas que deja este congreso es precisamente esta.

Si fue posible reunir bajo un mismo techo sectores tan distintos para reflexionar sobre el mundo que viene, también debería ser posible comenzar a construir un centro dominicano de pensamiento estratégico capaz de ayudar al país a leer mejor los cambios globales, anticiparse a riesgos y sostener líneas maestras de desarrollo más allá de quien ocupe temporalmente el Palacio Nacional.

Porque hay temas que difícilmente admiten improvisación.

La política migratoria, el agua, la seguridad nacional, la educación orientada al nuevo mercado global, la transformación digital, la política energética, la logística regional, la modernización portuaria, la minería responsable, la atracción de inversiones estratégicas o la relación simultánea con potencias como Estados Unidos y China requieren continuidad y visión de Estado, no reinicios sucesivos cada cuatro años.

La alternancia fortalece la democracia; la continuidad estratégica fortalece el desarrollo.

Y una de las enseñanzas más importantes de este encuentro haya sido recordarnos algo esencial: los países que logran dar el salto no son los que improvisan el futuro elección tras elección, sino los que deciden pensarlo antes de que el mundo los obligue a reaccionar.