Por: Frank Hernández
Santo Domingo tiene edificios que forman parte de su paisaje urbano, pero hay uno cuya presencia trasciende la arquitectura para convertirse en parte de la memoria política de la República Dominicana: el Palacio Nacional.
Levantado durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina, el monumental edificio fue concebido como sede del Poder Ejecutivo y terminó convirtiéndose en una de las construcciones más representativas de la arquitectura dominicana del siglo XX.
Su historia, sin embargo, comienza antes de que se colocara la primera piedra.
El antecedente de una gran sede para el Gobierno
Mucho antes de la construcción del actual Palacio Nacional ya existía en el país la preocupación por dotar al Gobierno de una sede que correspondiera a la dignidad institucional de la República.
Documentos oficiales de la década de 1920 muestran que el Estado dominicano contemplaba la posibilidad de levantar un gran edificio gubernamental. En 1924, la Secretaría de Estado de Fomento y Comunicaciones llegó a plantear la conveniencia de construir un “Capitolio Nacional” que concentrara organismos y funciones del poder público y que proyectara una imagen de dignidad republicana.
La antigua Mansión Presidencial, localizada en los terrenos donde posteriormente se levantaría el Palacio Nacional, había funcionado como sede gubernamental y residencia presidencial.
El inmueble estaba relacionado con el período de la ocupación estadounidense de 1916-1924 y posteriormente continuó siendo utilizado por el Gobierno dominicano.
De manera que cuando Trujillo decidió impulsar la construcción del nuevo Palacio, no partía de una idea completamente nueva. Lo que hizo fue convertir aquella vieja aspiración institucional en una monumental obra de Estado.
Trujillo y el proyecto del Palacio Nacional
La historia oficial del Palacio Nacional establece que en 1939, por solicitud de Rafael L. Trujillo Molina, Guido D’Alessandro comenzó la elaboración de los planos del nuevo edificio.
El trabajo de diseño tomó casi tres años, debido a la complejidad y al cuidado con que fueron concebidos los diferentes espacios interiores.
Aquí aparece una precisión histórica importante.
En numerosos textos se presenta a Guido D’Alessandro Lombardi como arquitecto italiano. Sin embargo, el Instituto Dominicano de Genealogía lo registra como ingeniero de profesión. Nacido en Bivino, provincia de Foggia, Italia, llegó a la República Dominicana en 1927 y desarrolló una extensa trayectoria profesional en el país.
D’Alessandro ya tenía experiencia en grandes obras antes de recibir el encargo del Palacio. Su nombre aparece vinculado a construcciones militares, edificios públicos y proyectos residenciales. Durante su carrera dominicana también estuvo relacionado con obras como las fortalezas de Monte Cristi y San Cristóbal, el Hospital Militar Dr. Marión y otros proyectos de infraestructura.
Por tanto, Trujillo no recurrió a un profesional desconocido. Eligió a un ingeniero italiano que llevaba años trabajando en la República Dominicana y que ya había demostrado capacidad para ejecutar proyectos de gran complejidad.
¿Cómo llegó D’Alessandro hasta Trujillo?
Una de las preguntas más interesantes alrededor de esta obra es cómo se produjo exactamente el contacto entre Trujillo y el profesional italiano.
Las fuentes oficiales consultadas establecen que D’Alessandro comenzó los planos en 1939 “a solicitud de Rafael L. Trujillo Molina”.
¿Qué motivó a Trujillo a construirlo?
La construcción del Palacio Nacional debe analizarse desde dos perspectivas.
La primera es institucional. La República necesitaba una sede gubernamental acorde con la importancia del Poder Ejecutivo. Esa aspiración, como hemos visto, venía desde la década de 1920.
La segunda es política.
Trujillo comprendía profundamente el valor simbólico de la arquitectura. Durante su régimen se desarrolló un ambicioso programa de obras públicas destinado a transformar la imagen física de Santo Domingo y de otras ciudades del país.
El Palacio Nacional formó parte de ese proceso.
Su monumentalidad transmitía autoridad, estabilidad y poder. En el contexto de una dictadura altamente personalista, una obra de semejante magnitud también podía funcionar como representación material del Estado y, simultáneamente, como instrumento de la imagen política del régimen.
Pero existe además una circunstancia histórica particularmente significativa: el comienzo de la construcción fue fijado para el 27 de febrero de 1944, fecha en que la República Dominicana conmemoraba el primer centenario de la Independencia Nacional.
La fecha no fue casual.
La construcción de una monumental sede del Poder Ejecutivo en el centenario de la Independencia permitía vincular físicamente la obra con la historia nacional y con la celebración de la República.
La Ley 476 y el inicio de la construcción
En enero de 1944 fue promulgada la Ley 476, mediante la cual se autorizó la demolición de la antigua Mansión Presidencial para sustituirla por un Palacio del Poder Ejecutivo.
La documentación relacionada con el proyecto establece que se destinarían recursos públicos para la construcción y que la nueva edificación tendría aproximadamente 18,000 metros cuadrados.
El contrato para la ejecución de la obra fue suscrito en febrero de 1944 y D’Alessandro asumió importantes responsabilidades relacionadas con la construcción, incluyendo mano de obra, materiales, equipos y maquinarias, bajo las condiciones establecidas por el Estado.
Finalmente, el 27 de febrero de 1944 comenzaron los trabajos.
La construcción se extendió durante aproximadamente tres años y el Palacio fue inaugurado el 16 de agosto de 1947.
Una arquitectura monumental
El Palacio Nacional no responde a un único estilo arquitectónico puro.
Su lenguaje es fundamentalmente neoclásico, pero incorpora elementos de distintas tradiciones arquitectónicas. Por eso diversos estudios lo describen como una obra ecléctica, en la que convergen influencias clásicas, neoclásicas, renacentistas, barrocas y otros elementos historicistas.
El edificio posee tres niveles y está levantado sobre un solar de aproximadamente 25,000 metros cuadrados, mientras que la superficie construida alcanza los 18,000 metros cuadrados.
La composición se caracteriza por la simetría, la monumentalidad y la geometría de sus volúmenes.
Su fachada principal mira hacia el sur y está precedida por una majestuosa escalinata de mármol. El acceso está dominado por columnas de gran altura y un frontispicio ornamentado con relieves.
Sobre el conjunto se levanta uno de sus elementos más impresionantes: la gran cúpula.
La cúpula central tiene aproximadamente 18 metros de diámetro y alcanza unos 34 metros de altura. Descansa sobre un tambor cuadrangular y constituye uno de los elementos que más identifican visualmente al Palacio Nacional.
El edificio fue concebido para producir una sensación de solemnidad.
No se trata simplemente de oficinas administrativas. La arquitectura fue diseñada para comunicar autoridad.
El visitante entra a un espacio de grandes proporciones, donde las escalinatas, columnas, salones, puertas, balcones, molduras y la cúpula forman un conjunto cuidadosamente calculado.
Los materiales: mármol, caoba, bronce y más
Uno de los aspectos que más sorprenden al estudiar el Palacio Nacional es la riqueza de los materiales utilizados.
Entre los principales materiales empleados en la edificación y decoración se encuentran mármol, caoba centenaria, bronce, hierro, yeso y acero. Las fuentes oficiales del Palacio destacan precisamente la combinación de materiales nacionales y extranjeros.
El mármol dominicano tuvo un papel importante.
Una investigación señala que D’Alessandro llevó desde Cuba equipos destinados a la extracción del mármol de Barahona y Samaná que fue utilizado en buena parte del Palacio.
La utilización de materiales dominicanos tiene un significado especial.
No todo dependía de productos importados. La obra también buscaba demostrar que el país poseía recursos naturales y capacidad humana para participar en la construcción de una edificación monumental.
La caoba, considerada una de las maderas más valiosas de la República Dominicana, fue utilizada ampliamente en puertas, balcones y elementos decorativos.
El bronce, el hierro, el acero y el yeso permitieron desarrollar la extraordinaria ornamentación de los salones.
El resultado fue una combinación de arquitectura, escultura, carpintería, metalistería y decoración artística.
El interior: una sucesión de salones monumentales
El Palacio Nacional fue diseñado para cumplir funciones administrativas y ceremoniales.
En el primer nivel se instalaron áreas de servicios generales.
En el segundo nivel fueron ubicados espacios fundamentales para el funcionamiento del Poder Ejecutivo, entre ellos el vestíbulo principal, el Salón del Consejo de Gobierno y los despachos del Presidente, Vicepresidente y otros funcionarios.
El tercer nivel fue concebido para las grandes recepciones oficiales. Allí se encuentran espacios como el Salón de Embajadores, el Salón de las Cariátides, el Salón Verde, el Salón Bar y el Comedor Principal. Entre todos ellos destaca el Salón de las Cariátides.
Su nombre procede de las figuras femeninas que funcionan como elementos ornamentales y arquitectónicos dentro del espacio. El salón es una de las expresiones más espectaculares del eclecticismo decorativo del Palacio.
También sobresale el Salón Verde, relacionado con la tradición palaciega europea y señalado en fuentes dominicanas como uno de los espacios en los que D’Alessandro pudo desarrollar de manera más directa su criterio estético.
Un edificio donde Europa se encuentra con el Caribe
El Palacio Nacional constituye también una expresión de la influencia europea en la arquitectura dominicana.
D’Alessandro era italiano y el edificio recoge elementos de la tradición clásica europea.
Pero la obra fue construida en Santo Domingo, con participación de trabajadores y artesanos dominicanos y con utilización de materiales nacionales.
El resultado es una arquitectura europea reinterpretada en el contexto caribeño.
Ese carácter híbrido es precisamente uno de los valores de la obra.
El Palacio no es una copia exacta de un palacio europeo. Es una creación que combina diferentes lenguajes históricos y los adapta a la realidad dominicana.
Un símbolo que sobrevivió a la dictadura
Existe una paradoja histórica alrededor del Palacio Nacional.
Fue construido durante una dictadura y, en buena medida, formó parte del monumental programa de obras públicas con el que el régimen de Trujillo buscaba proyectar una imagen de modernidad, poder y orden.
Sin embargo, después de la caída de Trujillo, el edificio no desapareció con el régimen.
Por el contrario, permaneció como sede del Poder Ejecutivo de la República Dominicana.
Ahí radica uno de sus mayores significados históricos.
El edificio pertenece al Estado dominicano, no a un gobierno determinado.
Los gobiernos cambian; los presidentes cambian; las circunstancias políticas cambian, pero el Palacio permanece como sede de una institución fundamental de la República.
Desde sus salones se han producido reuniones de gobierno, ceremonias diplomáticas, recepciones oficiales, encuentros internacionales y acontecimientos que forman parte de la historia contemporánea dominicana.
Por sus espacios han pasado presidentes, jefes de Estado, diplomáticos y personalidades internacionales. Entre las figuras recibidas allí se encuentran el papa Juan Pablo II, Richard Nixon y Juscelino Kubitschek, entre otros.
El Palacio y la memoria nacional
Hay edificios que se construyen con cemento, acero y mármol, pero terminan construyéndose también con memoria.
Eso ocurrió con el Palacio Nacional.
La obra comenzó bajo Trujillo, pero su historia no terminó con Trujillo.
La misma edificación que originalmente sirvió para representar la autoridad del régimen terminó convirtiéndose en uno de los principales escenarios institucionales de la democracia dominicana.
Por sus puertas han pasado diferentes generaciones de presidentes y funcionarios.
Sus salones han sido testigos de decisiones políticas, cambios de gobierno, crisis nacionales, ceremonias diplomáticas y momentos trascendentales de la vida dominicana.
Por eso el Palacio Nacional debe ser estudiado desde una perspectiva mucho más amplia que la de una simple construcción.
Es arquitectura, pero también es historia.
Es patrimonio material, pero también memoria política.
Es una expresión de la República Dominicana del siglo XX y, al mismo tiempo, una institución física que continúa formando parte del Estado dominicano.
Una obra que permanece
El Palacio Nacional ocupa un lugar singular dentro del patrimonio arquitectónico dominicano.
Su monumentalidad, su cúpula, sus columnas, sus escalinatas de mármol, sus salones ceremoniales y la riqueza de sus materiales lo convierten en una de las obras arquitectónicas más importantes construidas en el país durante el siglo XX.
Pero su verdadero valor histórico no está únicamente en la belleza de sus paredes.
Está en todo lo que esas paredes han visto.
El edificio nació de una antigua aspiración de dotar a la República de una sede gubernamental acorde con su dignidad institucional.
Trujillo convirtió esa aspiración en una obra monumental. Guido D’Alessandro, el ingeniero italiano que dirigió su diseño y construcción, dejó en Santo Domingo una de sus principales huellas profesionales.
El 27 de febrero de 1944 comenzó a levantarse el edificio.
El 16 de agosto de 1947 fue inaugurado.
Desde entonces, el Palacio Nacional ha permanecido en el corazón de la vida política dominicana.



