Editorial

El país convertido en Venecia, pero sin romanticismo

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@abrilpenaabreu

El cambio climático no es un cuento para asustar a los niños antes de dormir. No es metáfora, no es exageración, no es discurso de moda. Es realidad. Y llegó para quedarse.

Llevamos cinco años —sin falta— enfrentando eventos climatológicos cada vez más destructivos. Atrás quedaron los tiempos en que solo nos preocupaban los huracanes y ciclones de temporada. Hoy, cualquier aguacero nos inunda barrios enteros. Cualquier vaguada detiene al país. Cualquier sistema que antes pasaba desapercibido ahora se convierte en emergencia nacional por su virulencia, por su velocidad o falta de ella y por su erraticidad.

La ciencia lo había advertido: el cambio climático sería más duro, más cruel, más devastador con los países como el nuestro. Y aquí está. A ojos vistas. Sin filtros. Sin teorías. Sin necesidad de especialistas para entenderlo: cinco días con un país detenido, vías intransitables, comunidades aisladas, producción agrícola perdida, comercio paralizado, viviendas anegadas, escuelas cerradas. Y esperemos —con todo el corazón— que no tengamos vidas que lamentar.

Las pérdidas económicas serán cuantiosas. El sector privado sufre, el sector agrícola sufre, las familias trabajadoras sufren. La infraestructura cede. Y las ciudades parecen Venecia, solo que sin glamour ni romanticismo: puro desorden, vulnerabilidad y dolor.

En esta ocasión, no hay espacio para cargarle el dado únicamente a las autoridades. Sí, hay cosas que mejorar. Sí, la ciudad necesita planificación. Sí, nos falta educación ambiental y ordenamiento territorial. Pero sería mezquino no reconocer que se ha trabajado a destajo, que se han activado protocolos, que se ha hecho lo humanamente posible.

Solo que hay momentos en los que lo humano no alcanza. Porque la naturaleza, cuando decide recordarnos nuestra pequeñez, no pide permiso.

Y es ahí donde se entiende que además de prepararnos, prevenir, planificar y aprender… también toca orar. Y creemos que con dolor y con humildad— que ya llegamos a ese punto.