Editorial

El Legado de Rehabilitación: La obra de amor que transformó la dignidad en derecho

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Ayer falleció Mary Marranzini, la mujer que, desde el silencio y sin aspirar a cargos públicos, hizo por la inclusión y la dignidad de miles de dominicanos más que muchas políticas estatales juntas. La fundadora de la Asociación Dominicana de Rehabilitación (ADR) deja un vacío humano, pero también un legado institucional que marcó un antes y un después en el tratamiento y la atención a las personas con discapacidad en nuestro país.

Rehabilitación nació cuando la discapacidad en República Dominicana era una condena al encierro, a la vergüenza social y, en la mayoría de los casos, a la indigencia. En 1963, Mary Marranzini rompió con esa lógica perversa y abrió las puertas de lo que sería la primera institución en ofrecer tratamientos de fisioterapia, ortopedia, educación especial y acompañamiento psicológico a quienes antes eran invisibles para el Estado y para la sociedad.

Lo que empezó como una obra benéfica, se convirtió con los años en una red nacional de servicios que, a pesar de sus limitaciones presupuestarias y el abandono oficial muchas veces disfrazado de “apoyo”, ha sostenido la esperanza de miles de familias que no tienen a dónde más acudir.

Rehabilitación ha sido escuela, clínica, taller y refugio. Ha sido el primer espacio donde muchos dominicanos y dominicanas descubrieron que una silla de ruedas no es el final del camino, que una prótesis puede devolver la movilidad, que una terapia a tiempo puede evitar que una vida se detenga para siempre.

Sin embargo, a pesar de su historia y su impacto, la Asociación Dominicana de Rehabilitación sigue siendo tratada como una obra de caridad, cuando en realidad su existencia revela una de las grandes deudas del Estado dominicano: garantizar el derecho universal a la rehabilitación física, cognitiva y social de todas las personas, sin importar su condición económica.

Hoy, mientras despedimos a su fundadora, deberíamos preguntarnos si como sociedad estamos preparados para que esta obra siga viva sin depender exclusivamente de la buena voluntad de unos cuantos. Deberíamos exigir que la rehabilitación sea una política pública con presupuesto propio, cobertura universal y acceso garantizado en cada rincón del país.

Mary Marranzini cumplió su parte. Ahora nos toca a todos hacer que su legado no dependa de la caridad, sino del compromiso de un país que se atreva a mirar la discapacidad no como una carga, sino como una causa nacional de justicia y dignidad.

@abrilpenaabreu