Los elogios del secretario de Guerra de los Estados Unidos, Pete Hegseth, al presidente Luis Abinader no fueron simples palabras diplomáticas. Fueron un fósforo encendido lanzado directamente al tanque de gasolina de la política dominicana, y la explosión se sintió de inmediato.
Hegseth vino al Palacio Nacional y habló sin rodeos: que la República Dominicana es “el principal aliado de Estados Unidos en la región”; que Luis Abinader es “el líder regional contra el narcotráfico”; y que la cooperación militar entre ambos países se ampliará con más apoyo aéreo, más patrullaje y más respaldo operativo.
Lo dijo en público, frente a cámaras, con voz firme.
Y ahí mismo la oposición entró en combustión.
Porque una cosa es que EE. UU. reconozca avances. Otra muy distinta es que coloque a Abinader como el referente regional, justo en un momento en el que las tensiones geopolíticas están al rojo vivo.
Para el gobierno, las declaraciones fueron oro puro: un aval internacional, una validación de su narrativa y una confirmación de que su alianza con EE. UU. rinde frutos.
Pero para la oposición, el discurso cayó como un rayo: que si fue un “alineamiento político descarado”, que si EEUU está “tomando partido”, que si esas palabras son “una intromisión”, y que Abinader está “entregando soberanía a cambio de aplausos”.
En pocas horas, las redes de los opositores parecían una parrilla encendida.
Porque, guste o no, la visita del secretario de Guerra no fue un evento cualquiera: fue un mensaje de poder. De quién respalda a quién. Y de quién controla el tablero en el momento más caliente.
El gobierno recibe medallas. La oposición recibe migrañas. Y el país queda, como siempre, en medio de un juego donde cada palabra extranjera pesa más que un discurso local.
Pete Hegseth vino, habló, sonrió… y soltó la bomba política de la semana.



