Veinticuatro años después del XIII CLAE de Guadalajara, México: ¿por qué sucumbieron tantos gobernantes de izquierda y Lula sigue en pie?
Por Waldys Guillermo Fabián Mirambeaux
Ilustración alegórica del XIII Congreso Latinoamericano y Caribeño de Estudiantes (XIII CLAE), convocado por la OCLAE en Guadalajara, México, en 2002, y de la pregunta que recorre este ensayo.
Guadalajara, 2002
Quien suscribe tenía poco más de veinte años cuando, a finales de noviembre de 2002, llegué a Guadalajara, Jalisco, en los Estados Unidos Mexicanos, como integrante de la delegación dominicana al XIII Congreso Latinoamericano y Caribeño de Estudiantes (XIII CLAE), convocado por la Organización Continental Latinoamericana y Caribeña de Estudiantes (OCLAE). Del 29 de noviembre al 2 de diciembre, bajo la consigna Otra América es posible, 1217 delegados de veintiséis países nos dimos cita para debatir el rumbo del continente.
Un mes antes, el Frente Estudiantil Socialista Democrático (FESD-16), en el que militaba, había conquistado la Presidencia de la Federación de Estudiantes Dominicanos (FED) al ganar las elecciones convocadas en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Robinson Tejada resultó electo presidente de la FED, y yo, al igual que otros compañeros, resulté electo delegado estudiantil ante el Honorable Consejo Universitario, presidido por el rector magnífico Dr. Porfirio García Fernández e integrado por académicos que luego dirigirían la universidad: el Mtro. Mateo Aquino Febrillet, el Dr. Franklin García Fermín, la Dra. Emma Polanco Melo y el Mtro. Editrudis Beltrán Crisóstomo. Allí aprendí que una mayoría no es propietaria de la verdad y que disentir no equivale a enemistarse. Aquel Consejo fue una verdadera fábrica de rectores y, para mí, un océano de conocimientos.
A Guadalajara viajamos encabezados por Robinson Tejada; nos acompañaban, entre otros, Cristian Castro, Luis Alberto Caraballo, Abril Peña, Carlos Rijo, Ruddy de los Santos, Ariel Núñez, Alexis Encarnación, Alexis Céspedes y Ramona Almonte, Vanesa Abreu, Cristian Pelaez, Reynaldo Aybar. Formalmente, el eje del congreso era la oposición al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA); sin embargo, lo que vibraba en los pasillos y en las plenarias era otra cosa: la euforia de un continente que parecía girar hacia la izquierda. Hugo Chávez había regresado al poder tras el golpe de abril; Lucio Gutiérrez acababa de ganar en Ecuador; Andrés Manuel López Obrador gobernaba la capital mexicana, y Fidel Castro llevaba cuarenta y tres años al frente de Cuba. Y en Brasil, el 27 de octubre, un obrero metalúrgico llamado Luiz Inácio Lula da Silva había ganado la Presidencia. Es bueno apuntalar un matiz: en Guadalajara, Lula era presidente electo; asumiría el cargo el 1 de enero de 2003.
Recuerdo la euforia de las delegaciones cubanas y venezolanas: banderas, cánticos y una confianza casi religiosa en que la historia giraba a su favor. La primera de las trece declaraciones aprobadas saludó la victoria de Lula; la segunda, la de Gutiérrez; luego venían el respaldo a Chávez y la condena al bloqueo contra Cuba. Todo en una misma línea, como si se tratara de un solo proyecto.
Nosotros mirábamos aquel fervor desde otra orilla: nuestra tradición socialdemócrata, heredada de nuestro líder máximo, el fenecido Dr. José Francisco Peña Gómez. El otrora Partido Revolucionario Dominicano (PRD), del cual yo era dirigente, había ganado las elecciones de 2000, que llevaron a la Presidencia de la República al ingeniero Hipólito Mejía, y en mayo de 2002 acababa de obtener 29 de los 32 escaños del Senado. Si bien es cierto que las etiquetas orientan, no menos cierto es que no siempre describen la orientación real de un gobierno: aquel exhibió, a mi juicio, rasgos de centroderecha con componentes sociales.
En aquel congreso estudiantil me impactó escuchar hablar de Lula, un sindicalista que había perdido tres elecciones y que conquistaba la Presidencia por los votos, moderando su discurso y negociando con sectores distintos. Desde entonces lo he observado durante veinticuatro años. El domingo 25 de octubre de 2026, dos días antes de cumplir ochenta y un años, aquel obrero fue electo por cuarta vez, con el 51,79 % de los votos válidos frente al 48,21 % del senador Flávio Bolsonaro, después de haber quedado segundo en la primera vuelta, con el 45,16 % frente al 47,03 %.
Esta reflexión no es un elogio ni una condena. Es un intento de responder, con la pregunta que acompaña mis ensayos —¿con qué vara medimos?—, a esta otra: ¿por qué tantos gobernantes de aquella generación sucumbieron mientras Lula sigue en pie?
De la marea rosa al giro a la derecha
Lo que vivimos en Guadalajara era el amanecer de la marea rosa. El nombre se atribuye a Larry Rohter, corresponsal de The New York Times en Montevideo, quien, al reseñar en marzo de 2005 la llegada de Tabaré Vázquez a la Presidencia de Uruguay, describió el avance de la izquierda en la región como una marea de color rosa: rosa y no rojo, para señalar gobiernos de izquierda que no eran comunistas; y marea, porque avanzaban país tras país. La integraban Chávez, electo en 1998; Lula, en 2002; Néstor Kirchner, en 2003; Tabaré Vázquez, en 2004, y Evo Morales, en 2005. Pero bajo una misma bandera convivían la socialdemocracia pragmática, el sindicalismo, el indigenismo, el nacionalismo popular y proyectos que pronto se inclinarían hacia la concentración del poder. La consigna admitía dos lecturas: más justicia social dentro de la democracia, o una revolución que no necesitaba alternancia.
Con la serenidad que dan los años, colijo que el tiempo separó esas lecturas. El politólogo Omar G. Encarnación, profesor del Bard College, lo explicó en un artículo publicado en The Nation en mayo de 2018: la marea rosa, que en su apogeo llegó a gobernar a unas tres cuartas partes de la población sudamericana, perdió impulso por el desgaste de años en el poder y por el fin del auge de las materias primas, hacia 2012. Hoy el paisaje es otro. Entre 2023 y 2026, la derecha ganó doce elecciones presidenciales en la región —en Ecuador, Bolivia, Chile, Costa Rica, Colombia y Perú, entre otros países—, y la izquierda quedó reducida a cuatro gobiernos: México, Guatemala, Uruguay y Brasil. Venezuela, tras la operación militar estadounidense de enero de 2026, que culminó con la captura de Nicolás Maduro, quedó bajo un gobierno encargado que promete elecciones sin fecha. Si bien es cierto que el giro es real, no menos cierto es que conviene no exagerarlo: en Perú, Keiko Fujimori ganó con el 50,13 % frente al 49,86 %, y muchos analistas lo interpretan más como un voto de castigo a los oficialismos que como una conversión ideológica.
De aquellos gobernantes cuyas victorias celebraban las delegaciones en Guadalajara, casi ninguno sigue en el poder. Chávez murió en 2013; Kirchner, en 2010; Tabaré Vázquez, en 2020. Gutiérrez fue destituido en 2005. Evo Morales salió del poder en 2019 en medio de una crisis por su reelección. Los politólogos de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en Cómo mueren las democracias (2018), sitúan a Gutiérrez y a Morales, junto con Chávez, Rafael Correa y Alberto Fujimori, entre los populistas que, elegidos en las urnas, terminaron debilitando las instituciones democráticas; el último nombre recuerda que ese mal no tiene un solo signo ideológico. Daniel Ortega, que volvió en 2007, sigue gobernando, pero sin elecciones competitivas. Lula es el único de aquella ola que, veinticuatro años después, continúa ganando elecciones libres y entregando el poder cuando le corresponde. Es, por decirlo así, el sobreviviente democrático de la marea rosa.
No hay una sola izquierda
Buena parte de la prensa internacional sigue leyendo América Latina con un mapa de dos colores. Ese mapa sirve para contar votos, pero no para comprender gobiernos. La izquierda de Lula no es la de Ortega, ni la del Partido Comunista de Cuba, ni la del chavismo. Se parece mucho más a la de José Mujica, conocido como Pepe, el exguerrillero que gobernó Uruguay entre 2010 y 2015, entregó el poder al concluir su mandato y falleció en mayo de 2025.
En una entrevista con el periodista Jordi Évole, emitida en 2015, Mujica comparó el capitalismo con la sífilis: dos enfermedades, con una diferencia decisiva. Parafraseándolo, la sífilis se puede evitar; el capitalismo, por ahora, no. La frase resume la izquierda democrática: crítica del mercado, pero respetuosa de las urnas y de la libertad de quien piensa distinto. El propio Mujica trazó la frontera al afirmar, en declaraciones a la agencia AFP, que Maduro y Ortega no son de izquierda, sino autoritarios.
Dicho de otro modo, dentro de lo que llamamos izquierda hay fragancias muy distintas. Gabriel Boric, en Chile, entregó el poder a su adversario de derecha, José Antonio Kast, sin cuestionar el resultado. Lula, Mujica y Boric pueden discrepar del mercado, pero no de la alternancia; Ortega y Maduro desprenden otra fragancia: la del poder que no se entrega. Del mismo modo, no toda la derecha es igual: hay derechas que respetan la alternancia y derechas que no reconocen sus derrotas. La distinción no es nueva: el excanciller mexicano Jorge Castañeda, en un artículo sobre el giro a la izquierda en América Latina, publicado en Foreign Affairs en 2006, habló de dos izquierdas latinoamericanas, una idea que antes había planteado el venezolano Teodoro Petkoff, exguerrillero convertido en demócrata. Por consiguiente, la vara no es la ideología, sino la conducta frente al poder.
La política como confesión
En América Latina, ser de izquierda o de derecha funciona a menudo como una pertenencia confesional, del mismo modo en que alguien se identifica como judío o musulmán, cristiano o ateo, católico o protestante. No hago con ello juicio de valor alguno sobre ninguna fe; me refiero a un mecanismo: cuando la identidad política se vive como credo, el correligionario queda absuelto de antemano, y el adversario, condenado sin ser escuchado. Desde la filosofía del derecho, se trata de la confusión entre el ser y el deber ser: no basta con que un partido invoque la justicia social para que sus medidas sean justas. A Lula no debemos absolverlo por ser de izquierda ni condenarlo por la misma razón.
La primavera árabe ofrece un espejo lejano. Entre 2010 y 2011, una ola de protestas derribó a Zine El Abidine Ben Alí en Túnez y a Hosni Mubarak en Egipto, y se extendió a Libia, Siria y Yemen. Más de una década después, el balance es desolador: un golpe militar en Egipto, guerras civiles en Libia, Siria y Yemen, y un Túnez que, tras ser la única transición lograda, vio a su presidente concentrar el poder en 2021. Es bueno apuntalar que las diferencias son enormes, pues aquellas fueron revueltas contra dictaduras, y la marea rosa, sobre todo, una ola electoral. Pero ambas enseñan lo mismo: sin instituciones que permitan perder y volver a ganar, el cambio desemboca en el autoritarismo o en el caos. El mérito de Lula no fue crear las instituciones brasileñas, sino no destruirlas cuando tuvo el poder y la popularidad para intentarlo.
En la próxima entrega: la biografía que explica su permanencia, la alternancia como prueba decisiva y su conducta frente a Venezuela, Nicaragua y Cuba.
Sobre el autor
Waldys Guillermo Fabián Mirambeaux, es abogado, diplomático y profesor de la Escuela de Derecho de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Cuenta con formación diplomática del Instituto de Educación Superior en Formación Diplomática y Consular (INESDYC). Ha cursado estudios de cuarto nivel en Justicia Constitucional, Derecho Procesal Civil y Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social, y cursa la especialización en Derecho Minero-Energético en la Universidad Externado de Colombia.
Las opiniones son personales y no comprometen a las instituciones con las que está vinculado.



