Por Abril Peña
Una comunicadora de farándula y un periódico hablaban recientemente sobre las exparejas de Gabi Desangles. El periódico fue relativamente comedido; la comunicadora, en cambio, cuestionaba que Gabi hubiera tenido varias relaciones después de su primer divorcio, mientras que su exesposo solo habría tenido una pareja y ahora se casará con ella.
El argumento era que “la sociedad juzga ese comportamiento”.¿En serio? ¿En pleno siglo XXI una mujer debe ser juzgada por haber tenido varias parejas después de divorciarse? La pregunta más importante es otra: ¿quién cuenta las mujeres que han pasado por la vida de los hombres?
En República Dominicana tenemos figuras masculinas del espectáculo (y otras áreas) con dos, tres y hasta más matrimonios; con novias, amantes, relaciones públicas y privadas. Sin embargo, rara vez vemos un programa o periódico dedicado a enumerarlas, colocarlas en orden cronológico y utilizar esa lista para evaluar la moral, la estabilidad o la dignidad del hombre en cuestión.
A las mujeres sí les llevan la contabilidad sentimental, no recuerdo haber visto a una comunicadora de farándula sacándole las cuentas a un pelotero, un empresario, un músico o una figura masculina del espectáculo. Nunca. Y ese silencio selectivo debería decirnos algo.
Estamos frente a un doble rasero: la vida sentimental de los hombres se considera experiencia, privacidad o, en algunos casos, hasta una demostración de éxito. La de las mujeres se convierte en expediente, espectáculo y prueba de cargo.
Que los hombres —incluidos muchos pertenecientes a la comunidad LGBT— hagan lo que han aprendido a hacer durante siglos, es decir, protegerse entre ellos, no debería sorprendernos. Tampoco sorprende que una mujer arroje a otra a la hoguera, eso también llevamos siglos haciéndolo, después de todo, a nosotras nos educaron para competir, no para trabajar en equipo.
Hace unos días alguien me dijo que admiraba que yo fuera una “mujer escalón”. No lo cuento para exhibirme, sino porque esa observación forma parte del mismo problema. Nunca me había detenido a pensarlo de esa manera. Yo no apoyo a las personas exclusivamente por su sexo —aunque también entiendo la importancia de respaldar a otras mujeres—. Ayudo a quien considero que lo merece y a quien puedo impulsar desde mi humilde posición. Para aquella persona, sin embargo, resultaba extraño que lo hiciera una y otra vez y le molestaba, que algunas de las personas que he apoyado no hubieran sido conmigo tan solidarias como, según ella, debieron serlo.
Le respondí que esa era la naturaleza humana, no lo he hecho para que me devuelvan el favor y que creo que, tarde o temprano, aprendemos una misma lección: hay espacio y vida para todo el mundo. Ayudar a otros, incluso en silencio, termina redundando en nuestro propio beneficio. Si no siempre en el plano individual, al menos en el colectivo y, en este caso, como género, me dijo que pecaba de ingenua.
Puede parecer un galimatías o divagaciones pero no lo es, uno hace lo que le enseñaron así no haya sido de manera expresa. Desde pequeños, a los hombres se les enseña a jugar en equipo, a nosotras se nos enseña a competir o cuidar, Por eso vemos hombres que, aun siendo adversarios o enemigos, difícilmente arrojan a uno de los suyos entre las patas de los caballos. Con las mujeres sucede con demasiada frecuencia lo contrario: nos juzgamos, nos reducimos y nos despedazamos públicamente.
Hoy la protagonista es Gabi Desangles, pero podemos cambiar el nombre y comprobar que el patrón se repite. Ahí está la embajadora de Estados Unidos en República Dominicana, Leah Campos. Llegó al país con una trayectoria profesional y un currículo que deberían bastar para generar conversaciones importantes. Sin embargo, una parte del debate público se ha concentrado en su ropa, en si es bonita o fea, en si viste adecuadamente, en si está soltera o en rumores sobre su vida sentimental. ¿Es eso problema de alguien? Por supuesto que no.
¿Hemos observado el mismo descaro con un diplomático masculino? ¿Al llegar un embajador nos dedicamos a averiguar con quién duerme, cuántas mujeres ha tenido, si su traje le favorece o si aparenta más o menos edad?
Y en el caso de Leah Campos no fue precisamente la farándula —a la que solemos mirar despectivamente— la única que opinó. Lo hicieron espacios y personas que se consideran parte del periodismo “serio”.
Todo forma parte del mismo problema: una cultura que nos enseñó que la vida privada del hombre es, efectivamente, privada; mientras que la vida privada de una mujer constituye material de dominio público.
A ellos se les permite pactar, consensuar y mover sus fichas juntos, aunque sea necesario jugar una larga partida de ajedrez para llegar a Roma. A nosotras nos enseñaron a destazarnos en pedacitos, como si el espacio ocupado por otra mujer nos perteneciera o nos hubiera sido arrebatado.
No creo !ojo¡ que siempre lo hagamos conscientemente. Es una conducta cultural, aprendida y repetida. Pero aparece en nuestras relaciones personales, en las redes sociales, en el espectáculo, en la televisión, en la política y en los espacios de poder. Solo hay que leer los comentarios cuando una publicación tiene como protagonista a una mujer, creo que una de las pocas que ha corrido con cierta suerte es Karen Yapoort; quizás porque, como dice el refrán, hasta lo mucho Dios lo ve.
Todo esto podría parecer inocuo y farandulero, pero no lo es. No lo es en un país donde la violencia contra las mujeres continúa cobrándose vidas; donde las niñas siguen siendo utilizadas, donde el acoso sigue normalizándose y donde una parte de la sociedad insiste en culpabilizar a las víctimas, todo forma parte del mismo problema.
Tampoco es inocuo en la política. ¿Creen que la lucha de Gloria Reyes habría producido los mismos resultados si ella hubiese sido la cabeza de un equipo propio y no integrante de la estructura política a la que pertenece? ¿Carece Gloria de inteligencia, preparación, trabajo o méritos? Todos sabemos que no.
Sin embargo, no me cabe la menor duda de que, si ella hubiera encabezado sola su proyecto, la lucha frente a equipos históricamente dirigidos por hombres habría sido distinta. Esa realidad se repite dentro de los partidos políticos, pero también la vemos en el Congreso, donde las mujeres suelen presidir las comisiones que algunos llaman de “humo y grasa”: aquellas con menor presupuesto, influencia o poder efectivo. Mientras tanto, las comisiones verdaderamente decisivas continúan mayoritariamente bajo control masculino, llegan al extremo confesado por las propias diputadas que cuando opinan en temas considerados duros, ni siquiera le prestan atención en el hemiciclo con contadas excepciones.
La vemos, por supuesto, en la televisión, donde una mujer puede construir una carrera durante años y, aun así, terminar reducida a una lista de los hombres que supuestamente han pasado por su vida.
También ayuda a explicar la denuncia realizada por Janet Camilo sobre la disparidad entre mujeres y hombres en la Suprema Corte de Justicia, pese a que las mujeres son mayoría en distintos niveles del sistema judicial, en las universidades y, según el padrón de la Junta Central Electoral, también entre el electorado.
Los partidos tienen una influencia determinante en la conformación del Consejo Nacional de la Magistratura. Los hombres controlan mayoritariamente esos partidos y, al momento de seleccionar, hacen lo que históricamente han hecho. No por maldad, ni siquiera porque se sienten a decidir deliberadamente que prefieren a un hombre. Es cultura, rutina, costumbre y solidaridad aprendida.
Mientras ellos llevan siglos peleando en equipo y reconociendo como iguales a otros hombres, nosotras llevamos siglos poniéndonos el pie, juzgándonos, desmejorándonos y, algunas veces —aunque no siempre queramos admitirlo— envidiándonos. Porque sí, en el fondo también hay algo de eso.
Cambiar esta cultura —ni siquiera quiero llamarla “machista” para no asustar a los antifeministas— resulta indispensable. Este comportamiento social explica por qué, a pesar de todos nuestros logros, las mujeres continuamos cosificadas, sojuzgadas, subutilizadas y fuera de muchos de los espacios donde se ejerce el poder real.
No es problema de absolutamente nadie con cuántos hombres ha salido Gabi Desangles o lo será el mismo día en que empecemos a contar, con idéntico entusiasmo y severidad, a todas las esposas, novias, amantes y aventuras atribuidas a una figura masculina del espectáculo o cualquier otra área.
A ver cómo sale esa cuenta y sobre todo, a ver si algún día logran terminar de contar, yo me sentaré a esperar y me pondré cómoda, hágalo usted también para que no se case de esperar.



