Opinión

El Día del Padre también merece el mismo respeto

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Por Abril Peña

Cada último domingo de julio, República Dominicana vuelve a vivir una escena que ya parece habitual. Los restaurantes se llenan, las familias se reúnen y las redes sociales se llenan de fotografías. Sin embargo, basta comparar el ambiente con el que se vive el Día de las Madres para notar una diferencia evidente: el entusiasmo social, comercial y mediático no es el mismo.

No se trata de establecer una competencia entre madres y padres. Las madres dominicanas merecen cada reconocimiento que reciben y, en muchos casos, incluso más. Han sostenido hogares, criado hijos en condiciones difíciles y cargado durante generaciones con responsabilidades que muchas veces debieron ser compartidas.

Pero precisamente porque aspiramos a una sociedad más equilibrada, también debemos preguntarnos si estamos enviando el mensaje correcto sobre la figura paterna. En los últimos años hemos hablado mucho de la necesidad de promover una masculinidad positiva. Hemos pedido hombres más presentes, más afectivos, más responsables y más comprometidos con la crianza. Ese llamado es válido y necesario.

Sin embargo, toda transformación cultural necesita referentes. La sociedad no solo corrige aquello que critica; también fortalece aquello que reconoce.

Cuando un padre cumple con su deber, acompaña las tareas escolares, asiste a las actividades de sus hijos, comparte la crianza, brinda estabilidad emocional y permanece presente aun en medio de las dificultades, ese comportamiento debería recibir el mismo reconocimiento público que cualquier otro ejemplo positivo que deseamos multiplicar. Los modelos que una sociedad celebra suelen convertirse en modelos que otros desean imitar.

Durante décadas, la imagen del padre estuvo limitada casi exclusivamente al proveedor económico. Hoy sabemos que la paternidad va mucho más allá de llevar el sustento al hogar. Un buen padre también educa, escucha, protege, orienta, juega, abraza, corrige con amor y construye seguridad emocional en sus hijos. Esa evolución merece ser visibilizada.

Paradójicamente, mientras exigimos una mayor participación masculina en la familia, muchas veces seguimos reservando para el padre un espacio secundario incluso en la celebración de su día. Es un pequeño detalle que refleja un desafío cultural más profundo: todavía no terminamos de valorar plenamente el papel que un padre presente puede desempeñar en la vida de un niño y, por extensión, en el futuro de una nación.

Las investigaciones han demostrado de forma consistente que la presencia activa de un padre está asociada con mejores resultados educativos, mayor estabilidad emocional, menor incidencia de conductas de riesgo y un desarrollo más saludable durante la infancia y la adolescencia. Fortalecer la figura paterna no beneficia únicamente a los hombres; beneficia a toda la sociedad.

Reconocer ese aporte no significa invisibilizar el inmenso papel de las madres. Significa entender que la familia no se fortalece enfrentando una figura con la otra, sino dignificando el valor de ambas.

Quizá ha llegado el momento de que el Día del Padre deje de ser visto como una celebración de segunda categoría. No por razones comerciales, sino porque el país necesita construir una cultura que premie la responsabilidad, el compromiso y la presencia.

Si de verdad creemos en la masculinidad positiva, empecemos por reconocer a quienes ya la practican, porque un buen padre no solo cambia la vida de sus hijos, también ayuda a construir un mejor país.