COLUMNA: MAXI FELIZ |La voz de la neurodiversidad
Hablar de educación inclusiva es relativamente fácil.
Construir un sistema verdaderamente preparado para la diversidad humana es otra cosa.
En República Dominicana hemos avanzado en la conversación sobre autismo, TDAH y otras condiciones del neurodesarrollo. Hoy existen más diagnósticos, mayor visibilidad y familias que conocen y defienden sus derechos. Tenemos incluso una ley específica, la 34-23 sobre autismo, promulgada en 2023, y su reglamento desde 2024. Pero a tres años de esa promulgación, la ley todavía carece de partida presupuestaria propia, y miles de familias siguen esperando que ese avance en el papel se convierta en un servicio real dentro del aula.
Pero hay una pregunta que debemos hacernos: ¿Qué ocurre después del diagnóstico?
Porque identificar una condición no garantiza una escuela preparada, un docente capacitado, los apoyos necesarios ni una trayectoria educativa que permita continuar avanzando.
Y aquí existe un problema aún mayor: seguimos hablando de neurodiversidad como si fuera exclusivamente un asunto de niños. Pero los niños crecen. Se convierten en adolescentes, jóvenes y adultos que también necesitan educación, formación técnica, acceso universitario, oportunidades laborales y espacios donde desarrollar sus capacidades.
La neurodivergencia no desaparece al cumplir 18 años. Sin embargo, muchas veces los apoyos sí.
Por eso, cuando hablamos de inclusión educativa, no podemos limitarnos únicamente a conseguir un asiento dentro de un aula. Estar dentro no siempre significa pertenecer. Un estudiante puede estar matriculado y continuar excluido si no puede acceder al aprendizaje, si el entorno desconoce sus necesidades o si las adaptaciones que requiere dependen exclusivamente de la capacidad económica de su familia.
La inclusión no puede convertirse en un privilegio para quien pueda pagarla.
Cuando una familia debe asumir por sí sola evaluaciones, terapias, acompañamiento o apoyos educativos indispensables, la desigualdad económica termina determinando también las oportunidades de desarrollo. Tampoco sería justo responsabilizar únicamente a los docentes: muchos quieren incluir, pero no han recibido suficiente formación ni cuentan con los recursos necesarios. No podemos exigir inclusión sin proporcionar herramientas para hacerla posible.
Quizás necesitamos cambiar la pregunta. En lugar de cuestionar ¿puede esta persona adaptarse a nuestro sistema educativo?, deberíamos preguntarnos: ¿qué debemos transformar en nuestro sistema para que esta persona también pueda aprender y avanzar? Ese cambio parece pequeño, pero modifica completamente la responsabilidad: la coloca donde corresponde, no solamente en la persona neurodivergente y su familia, sino también en las instituciones y en la sociedad que hemos construido.
Necesitamos pensar en una verdadera ruta de inclusión a lo largo de la vida: desde la detección y atención temprana hasta la escuela, la educación superior, la formación técnica y la transición hacia una vida adulta con mayores oportunidades. Esa ruta empieza por dejar de tratar la adultez neurodivergente como una nota al pie, y por diseñar, desde ahora, los programas de transición, empleo con apoyo y educación continua que hoy casi no existen en el país.
Porque diagnosticar sin crear oportunidades es solamente identificar una realidad.
Incluir significa estar preparados para responder a ella.
Y el país que queremos construir no puede preguntarse únicamente cómo incluiremos a nuestros niños neurodivergentes. También debe preguntarse:
¿Qué oportunidades les estaremos ofreciendo cuando dejen de ser niños?
¿Está la República Dominicana preparada, hoy, para recibir a esa generación que ya viene creciendo? ¿O qué estamos haciendo, en este momento, para estarlo?
Maxi Feliz Abogada | Defensora de los derechos neurodivergentes | Autora de la primera investigación jurídica sobre autismo en la República Dominicana



