Opinión

Discursos y realidad política

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Por Onofre Salvador Fulcar


Es un hecho más que evidente, la forma de construir los discursos políticos, dirigidos a conquistar adeptos que garanticen el alcance de importantisimas posiciones estatales. Su elaboración se nutre de elementos consustanciales al nivel de desarrollo de la sociedad como tal.

Partiendo de esto, se entiende que existen diversidades de intereses, los que adquieren categoría de primarios, secundarios y demás, a partir de la conciencia desarrollada por los individuos. Los mensajes, siempre estarán fundamentados en aspectos marcados por los requerimientos colectivos, a sabiendas de las prácticas distintas una vez ganado el eslabón pretendido.

Las formalidades e informalidades estarán a la orden del día, reconocida la idiosincrasia de los estratos y clases sociales, con dispersión en las zonas urbanas y rurales, en las que se interactúa, escenarios desde los cuales se expresan las necesidades a quienes sin dudarlo, prometerán las correspondientes soluciones.

La retórica política, busca situarse en el contexto cognoscitivo de las personas, donde encantará al decir lo que se espera, aunque, en la mayor parte de los casos, se pondrán en marcha particularidades muy propias de las personalidades que gravitan como cabeza de la denominada ciencia y arte, aplicada al conocimiento y resolución de los problemas enquistados en los pueblos.

Habrá de notarse, el prometer mucho más de lo que se está en capacidad de hacer realidad. Aquí vemos una especie de mezcla de aquello que gusta ser escuchado por el común de las masas, quienes empujan, sin percibirlo, la proyección de cosas irrealizables, métodos expeditos en la consecución de objetivos de los que buscan dirigirnos.

La demagogia, forma de halagar y prometer elementos generalmente inalcanzables, ha cobrado vigor a través del tiempo. El problema de esta modalidad, ampliamente notable en nuestros días, es que termina en corto tiempo, trastocando la popularidad o afecto hacia gran parte de la clase política, la que llegada al poder, adopta posiciones disímiles, en cierto modo, con sus planteamientos originales.

Diríamos que es una categoría de incómodo dilema: decir la verdad de lo que no es posible resolver, ante moyorías que se rinden a los espejismos y grandilocuencias, o pintarles paraísos en la tierra, con el pleno conocimiento de ser falacias que no tardan en revelarse, en ocasiones con posturas inescrupulosas.

Duele, hasta llegar a lo aborrecible, las abismales diferencias entre discursos y palabrerías del reciente ayer proselitista, comparado siempre con el presente revelador de las verdaderas intenciones, poco amigables en grandes proporciones, con los anhelos de aquellos que hasta deliran en su momento pensando y procurando algo diferente.

No pretendo situar todo esto en la generalidad negativa, sin embargo, hasta las buenas intenciones que emerjen de vez cuando en parte de la clase política, se ven empañadas con bastante frecuencia, por el peso determinante de los sectores que ostentan los poderes internos y externos. La verdad monda y lironda, es que no la tenemos fácil de ninguna forma.