Opinión

Días Inescrutables

Dr. Marino Vinicio Castillo R


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Hay un decir popular muy interesante porque encierra la sabiduría llana formada por el suceder de las cosas:  “No hay mal que por bien no venga”.

La gente, al bregar con su áspero día a día va asimilando sus reveses tan frecuentes, “armándose de una resignación que le permite seguir luchando sin abandonar toda esperanza”, un singular consuelo para la desdicha de legiones.

Así ocurre primordialmente en el hondón de los planes personales de vida, pero también se da frente a las expectativas de cada hijo la patria que en mayor o menor medida piensa, o ha pensado, en su suerte.

En esa dimensión más vasta y sensitiva se advierte que cada vez se hace más palpable el desaliento que promueve al triste propósito de marcharse a otras tierras, supuestamente menos inhóspitas que la suya.  Un irse obsesivo como plan de vida generalizado es una innegable derrota de la madre patria.  Peor aún, anima en demasía los siniestros planes de la traición de siempre.

Y no resulta nimio que el propio pueblo tenga previsto en su inmemorial explicación de porqué se va el individuo de un lugar a otro cuando dice para explicar esa penosa renunciación: “Cualquiera por su mejoría hasta su casa dejaría”.  Lógica pura la de este fatal aserto.

Y es que todo ésto no es un fenómeno propio, sino de escala mundial y está en las bases de una asombrosa circulación de poblaciones desesperadamente empobrecidas que buscan su supervivencia huyéndoles a sus guerras y a sus adversidades tremendas.  Se puede decir, obrando bajo el impulso supremo del instinto de conservación que sabe regir la condición humana.

El mundo, pues, está confrontando esa conflictividad de características bíblicas.  Nosotros los dominicanos, al considerar nuestro drama incurriríamos en un error enorme si solo atendemos a las conmovedoras razones humanitarias que se invocan a fin de que las naciones de alto desarrollo cedan, aún más, y terminen por abrir los brazos plenamente a quienes les están llegando hundidos en la tragedia de ser inmigrantes oriundos de sus países devastados.

Esa inmigración típica es moralmente sostenible, dado que los parias llegan convencidos de que no les pertenece la nación que los acoge; al contrario, traen su morral lleno de necesidades, pero respetan al Estado de su aciago destino.  Sueñan con progresar y con cuidado ensayan todo el respeto debido para la nación acogedora.

Desde luego, no indica ésto que no surjan tensiones y desajustes por razones culturales y sociales que son absolutamente controlables por los ordenamientos jurídicos de los países de alto desarrollo.

Tal no es nuestro caso, pues se trata de una isla ocupada por dos naciones diferentes, cuya historia fue marcada por un proceso cruento de luchas reflejadas en una ocupación opresiva, una liberación de independencia heroica, guerras sucesivas para el mantenimiento de esta y una prueba insólita de nuestra determinación de ser libres, que se manifestara quince años después en una guerra gloriosa de restauración de esa independencia, ya frente a la España que aunque venía vencida por los pueblos de Centro y Suramérica, conservaba su épica fortaleza colonialista en el Caribe sobre sus tres Antillas Mayores.

Todo lo anterior lo expongo muy ligeramente con el propósito de dar a grandes rasgos una panorámica de las circunstancias delicadísimas del presente que ofrece unos días verdaderamente inescrutables.  Como nunca antes.

No me voy a internar, de consiguiente, en explicaciones propias de relato histórico y sólo señalaré cuán ondulantes han sabido ser las traumáticas relaciones entre ambas naciones, cosa ésta que ha generado mucha incertidumbre y unos horizontes sombríos para la paz de la isla.

Por ejemplo, en los principios de la década del año ’30 del pasado siglo, un gobernante de hierro de nuestro país estableció unas relaciones tan estupendas con la autoridad política de máximo nivel de aquel otro Estado, al grado de que, no sólo llevaba su nombre la principal avenida de su capital, sino que su propio Congreso aprobó una resolución proponiéndole para optar por el Premio Nóbel de la Paz, cosa ésta que se llegara a introducir en Suecia al consejo preparatorio de ese premio emblemático.

Desde luego, también hay que citar cómo en el año ‘’37 se produjo un deterioro sanguinario y ese mismo gobernante que había tenido tanta acogida en principio pasó a ser su implacable verdugo en una experiencia de carácter genocida, focalizada esencialmente en la parte norte de la frontera.

Preciso es retener, además, que a partir de ahí se fueron produciendo episodios de crispaciones durante décadas y los gobernantes no volvieron a socializar en la forma en que lo supiera hacer el autor de la barbarie del ’37, el Premio Nobel de la Paz sugerido por el Estado cuyo pueblo resultara luego masacrado.

Ese año ’37, muy nefasto, sirvió para estigmatizar al gentilicio dominicano injustamente y muchos de los ataques que a nivel mundial se le han venido haciendo al pueblo nuestro, desde entonces, relacionados a la crítica cuestión de Haití, se han nutrido para darle un plano de favor en la opinión mundial a los otros y hundirnos en el oprobio de una supuesta intemperancia genocida, muy distante de la generosa índole del pueblo nuestro

Vale decir, los dominicanos no hemos podido en el seno de la Comunidad Internacional hacer valer una verdad profunda y dolorosa como lo es el hecho de que el mismo hombre que determinara la matanza fue el que gobernó en forma aplastante y dura al pueblo dominicano durante cerca de un tercio de siglo.

Ha habido, no obstante, voces responsables que sostuvieron que la propia determinación de exterminio del ’37, entre otras cosas, le servía al dictador para comprometer y responsabilizar a una gran parte de las armas de la República, al tiempo de infundir un terror difuso y penetrante en la misma población dominicana, al tratarse de hechos tan duros que servían para amedrentar al dominicano en una medida parecida a la que le venía ocurriendo a la población haitiana, necesariamente estremecida por la atrocidad del año ’37.

El hecho fue que el Presidente Roosevelt, así como el Presidente de México Lázaro Cárdenas y el Presidente de Cuba Federico Laredo Bru, fueron los que patrocinaron un Tratado vital que pareció destinarse a organizar la paz en forma definitiva mediante la atribución de responsabilidades respectivas a ambos Estados de controlar en forma estricta la circulación migratoria ilegal de un Estado a otro.

Claro está, el Tratado fue paulatinamente desconocido, aunque preciso es apuntar que los trabajadores del corte de la caña de los ingenios azucareros nuestros fueron organizados de tal modo que su permanencia era esencialmente temporal durante las épocas de zafra, con un regreso rigurosamente organizado de esa mano de obra singular para esas tareas muy peculiares.

En todo caso, siguieron abriéndose grietas y se produjeron infiltraciones y derrames de la emigración ilegal haitiana en forma sostenida y muy prolongada, en tiempos en que los gobernantes nacionales mantenían, ya en el orden democrático, sensibles actitudes de preocupación y control de ese fenómeno a fin de que no se desbordara el mismo, pasando a constituir un trastorno de mucho mayor envergadura para la región.

Hubo etapas, incluso, muy dramáticas; quizás la más importante fue en tiempo del gobierno del Presidente Clinton de los Estados Unidos, cuando se pretendiera abrir diecinueve campamentos de veinte mil habitantes cada uno, para alojar a cerca de medio millón de haitianos que se alegaba estaban siendo sometidos a riesgos y peligros con motivo de los fenómenos políticos desconcertantes que venían ocurriendo en ocasión del ascenso y descenso al poder de un ex sacerdote muy radical que lograra movilizar instancias y enclaves en el seno del poder norteamericano con tanta intensidad que hasta logró que se le trajera de regreso al poder en una flota formal norteamericana.  Fue ese tiempo en que se consideró contra viento y marea la necesidad de disolver el ejército tradicional de aquel Estado en una clara manifestación primaria de desintegración general.

Las desgracias de aquel pueblo han sido infinitas.   Su clase política ha tenido un comportamiento vergonzoso y las mafias del mundo desde el tiempo mismo en que gobernaba un médico dictador tan duro y opresivo como lo fuera el nuestro, se hicieron cargo de gran parte de su economía y, muy especialmente, de todo lo que podía significar los ámbitos del turismo, casinos de juego, hoteles, etc. etc.

Lo cierto es que un gobernante nuestro en esa década del ’90 en que se produjera la propuesta de ”los 19 campos de refugiados”, pese a su ancianidad y no videncia, se plantó en la negativa a consentir el establecimiento de los mismos y ofreció como apoyo de su rehusamiento el hecho de que se trataría de un asilo territorial inmotivado, injustificable, por lo que recomendaba a los poderes de la tierra que hicieran esos esfuerzos del otro lado de la línea fronteriza.

La crisis política no se hizo esperar en el año ’94 y eso conllevó a la experiencia dolorosa de un estupro constitucional mediante el cual se recortó su período presidencial a dos años, en el entendido de que, una vez sobreviniera el proceso electoral adelantado para el año ’96, el poder extranjero podría contar con la aceptación eventual para llevar a cabo sus claros planes de Geopolítica conducentes al establecimiento de sólo un Estado artificiosamente articulado como Binacional.

No ocurrió así y dos grandes líderes nacionales, muy ancianos ambos, decidieron confluir en el propósito de impulsar una moción de poder diferente, que fue cuanto ocurrió cuando advino al poder entre nosotros un joven Presidente que vendría blindado por el apoyo conjunto ofrecido por los dos ancianos líderes nacionales cuyo patriotismo, lejos de extinguirse, les acompañó hasta la hora de la muerte.

Llegó el Siglo XXI y se abrieron nuevos capítulos de altísimo riesgo para la Soberanía, la Nacionalidad, el Territorio y nuestra propia Independencia.

En el mundo, fue obvio, el trastorno migratorio de que hablo al principio se recreció con fuerzas inimaginables y el proceso de globalización y las corrientes neoliberales determinaron la necesidad de ir borrando las fronteras y hacer de los Estados-Naciones verdaderas antiguallas ya rebasadas como consecuencia del progreso universal.

Ha sido una tormenta multiforme que todavía permanece con los mayores ímpetus de sus vientos.  Europa, asediada desde África y Estados Unidos, desde el sur, permaneciendo nosotros en el Caribe siendo objeto de una cacería brutal de nuestra historia, tratando de liquidar sus valores y hacer prevalecer la opinión de muchos que en posiciones de gran autoridad internacional llegaron a manifestar en nuestra propia tierra que resultaba inconcebible ese adefesio de “dos Estados en una misma isla”.  No consideraron la muy sensitiva dimensión de que se trata de dos naciones.

La experiencia aquella fue brutal hace algunos años y la Comunidad Internacional pareció muy dispuesta a ofrecer todos los mecanismos de presión de los organismos multilaterales para ver de qué modo empujaban ese proyecto de fusión en un solo Estado Binacional en la Isla de Santo Domingo.  Esa corriente contó con el entusiasmo mayor del poder demócrata y de los grupos liberales de Washington asociados con enclaves muy sensitivos y poderosos como el Caucus Negro, la Nación del Islam y naturalmente Canadá y Europa como un sobre contexto de apoyo a aquella ignominia contra la nación nuestra.

La situación a partir del año ’12 se agravó en una forma pavorosa.  La inundación demográfica insidiosa de cerca de dos millones de emigrantes ilegales haitianos ha sido la peor agresión de nuestra historia contra todos esos valores fundamentales de las esencias de nuestra condición de Estado miembro de la Comunidad Internacional durante 168 años.

Hemos visto un Tribunal Constitucional que trazó una línea luminosa de organización jurídicamente impecable, moralmente válida, y cómo esta iniciativa fue abatida por una serie de trapacerías legislativas de leyes y resoluciones que llamo sin temor a dudas vagabundas y el asunto se ha ido perfilando en forma muy peligrosas para producir lo que parece ser la desgracia final de nuestros sueños en un futuro no muy lejano.

El Fondo Monetario Internacional, al hacer más que su diagnóstico, su réquiem, dice “No hay hada qué hacer.  Se está presentando un colapso sin precedentes y es previsible que haya estallidos sociales y políticos inauditos”.

La propia autoridad multilateral que se mantuvo cerca de veinte años inútilmente allí para asegurar supuestamente la “paz” habla de “avalanchas previsibles”.  Ya se están estableciendo las ficciones de un observatorio que vele y monitoree por los derechos humanos de sus emigrantes ilegales como un acto preparatorio de la peor clase para que, una vez inducida y producida la avalancha con su violencia inherente, poder crucificar nuevamente al pueblo nuestro como “El Apartheid del Caribe”, como una muestra odiosa de un pueblo genocida.

El asunto está cabalgando en una forma tan veloz que ya aparecen admisiones del propio gobierno nuestro de que es previsible “una estampida”, por lo que supuestamente se están estableciendo puntos nuevos de controles, todo muy cínico, insincero, pernicioso.

Hay un aspecto que debe ocupar la parte final de esta entrega de La Pregunta. Consiste en ésto:  Durante los gobiernos demócratas del Presidente Obama que confesara en su último discurso en Lima, Perú, la reiteración de su apoyo a la causa haitiana, el gobierno dominicano hacía uso de una excusa maliciosa en cuanto a que tenía que ceder como una forma de permanecer y que se trataba de una imposición de fuerza mayor.

Ahora bien, cambiaron los vientos en Norteamérica y llegó una presidencia que tiene convicciones que coinciden exactamente con nuestras necesidades.  Y es por ello que la responsabilidad del gobierno nacional resulta más grave, porque quedó desnudado el pretexto de exigencias insoportables de los grupos liberales y del poder demócrata de Estados Unidos y al no atreverse ni interesarse en aprovechar ese buen viento de cola que recibía la causa nacional de nuestra independencia, se hace más visible su traición.

Dije al principio que éstas son, a grandes rasgos, algunas de las vertientes de esta gravísima conflictividad que nos viene azotando que cada día se ve más claramente se corresponde con una planificación aleve, de reconocimiento tardío, que tiene como objetivo final la desaparición de nuestro Estado y la demolición perversa de nuestra nación.

El gobierno actual no tiene perdón y el Tribunal de la Historia evidentemente tendrá la sentencia más rigurosa y dura al calificar su existencia casi como un detonante de nuestra desaparición.

Es ese mi parecer y, como siempre, me someto a la espera del tiempo para que sea éste el que finalmente decida si mis angustias, presentimientos y advertencias son válidos y si es cierto que nuestros días son tan inescrutables; al buen juicio de mis lectores dejo esto como tarea.  Que así sea.