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Cada 5 de junio, el mundo se detiene a reflexionar sobre el estado del planeta. Se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente, una fecha que invita a mirar más allá de los discursos y evaluar el compromiso real de los países con la sostenibilidad. Pero, ¿dónde estamos parados en República Dominicana?
Somos un país bendecido con ríos, montañas, bosques, costas y biodiversidad. Pero esa riqueza natural no se traduce en respeto, ni mucho menos en protección. Por el contrario, la degradación ambiental avanza a la vista de todos, con una mezcla de permisividad, negligencia estatal y complicidad ciudadana.
Ríos desaparecidos, playas contaminadas y parques saqueados
En los últimos años, hemos sido testigos de la desaparición de ríos como el Bao y la degradación del Yuna, del Isabela y del Ozama. El plástico que asfixia nuestras costas llega desde los barrios sin recolección efectiva y desde empresas que jamás fueron fiscalizadas. El turismo ve playas, pero el país carga con vertederos costeros disfrazados de arena.
La deforestación en áreas protegidas ocurre a plena luz del día. Desde Valle Nuevo hasta Sierra de Bahoruco, los intereses agrícolas, mineros o urbanísticos han ido ganando terreno sobre los bosques sin que nadie rinda cuentas.
Legislación sin dientes y autoridades sin recursos
Sí, tenemos leyes. Tenemos el Ministerio de Medio Ambiente, la Ley 64-00 y un Código Penal que promete sancionar el ecocidio. Pero en la práctica, la impunidad ambiental reina.
Los vigilantes forestales ganan sueldos miserables. Las multas se quedan en el papel. Y cuando ocurre una tragedia —como el asesinato de Orlando Jorge Mera— se politiza el debate, pero no se transforma el sistema.
Un modelo de desarrollo que margina la sostenibilidad
Aquí, el medio ambiente sigue siendo visto como obstáculo, no como activo.
Construcciones ilegales en áreas protegidas, acueductos que dependen de ríos contaminados, industrias que operan sin control de emisiones, urbanismos sin planificación ecológica. Todo indica que seguimos apostando a lo inmediato, aunque el costo sea irreversible.
¿Y la ciudadanía?
La sociedad dominicana también tiene su cuota de responsabilidad. Toleramos, justificamos, ignoramos. Vemos la basura en la calle como normal. Celebramos construcciones sin permisos como símbolo de “progreso”.
En el fondo, trivializamos la crisis ambiental, como si fuera un tema de “ecologistas aburridos” y no un asunto de vida o muerte para nuestras futuras generaciones.
El cambio climático no es futuro: es presente
Sequías más largas, huracanes más intensos, plagas más frecuentes y pérdida de cultivos. No estamos ante advertencias: estamos en la factura.
¿Qué hacemos ahora?
Invertir de verdad en educación ambiental, desde las escuelas hasta los medios. Empoderar a las comunidades que protegen los ecosistemas. Transparentar los permisos ambientales y endurecer sanciones. Apostar por un modelo económico que vea en la naturaleza un capital, no un obstáculo.
Este Día Mundial del Medio Ambiente no basta con plantar árboles en fotos. Hace falta voluntad política, presión ciudadana y un cambio profundo de mentalidad. Porque si no cambiamos, lo natural será el colapso.



