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Folclore dominicano: una riqueza viva que no debe morir en los libros

Folclore no es solo lo que se baila. Es lo que somos.

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Por Abril Peña

Cada 22 de agosto se celebra el Día Mundial del Folclore, una fecha que invita a reconocer, valorar y preservar las tradiciones, expresiones y saberes que construyen la identidad de los pueblos. En República Dominicana, el folclore no solo vive en el perico ripiao, los palos o el gagá. También respira en las creencias del campo, en los cuentos del cuco, en las curas con hojas, en el sancocho compartido y en los rezos a la Virgen de la Altagracia.

¿Qué tanto lo cuidamos?

A pesar de esta riqueza, nuestro folclore está siendo arrinconado por la modernidad sin mediaciones. En las escuelas se enseña de forma superficial. En los medios se usa como relleno para efemérides. Y muchas de sus expresiones han sido estigmatizadas o folklorizadas al punto de la caricatura. La música típica ha cedido terreno a ritmos globales, y muchos jóvenes urbanos desconocen incluso los instrumentos tradicionales.

El propio Museo del Hombre Dominicano, guardián institucional del folclore, ha sufrido abandono por años. Los grupos folclóricos estatales reciben escaso financiamiento y en muchos pueblos, las comparsas, bailes y celebraciones populares sobreviven solo por el esfuerzo de personas mayores que resisten el olvido.

Manifestaciones poco visibilizadas del folclore dominicano

El folclore dominicano es profundamente diverso, regional y multisensorial. No se limita a lo que se canta o se baila, también incluye saberes, símbolos, objetos y formas de hacer que muchas veces pasan desapercibidas. Algunas de sus manifestaciones poco visibilizadas son:

Los congos del Espíritu Santo de Villa Mella, patrimonio oral e intangible reconocido por la UNESCO.

El baile de los guloyas en San Pedro de Macorís, herencia afroantillana con fuerte carácter escénico.

Las salves y rezos del sur profundo, mezclas de religiosidad popular, espiritismo y resistencia ancestral.

Los cuentos orales del campo, como el cuco, la ciguapa, el bacá o el galipote, que funcionan como pedagogía comunitaria.

La medicina folclórica, que combina herbolaria, espiritualidad y transmisión oral de saberes.

Las máscaras de carnaval hechas a mano, donde cada región tiene su estética y mensaje, como los lechones de Santiago o los diablos cojuelos de La Vega.

La cerámica artesanal y la imaginería popular, especialmente la que sobrevive en comunidades como Higüerito, Moca, o en algunas zonas de Barahona. Muchas piezas reflejan cosmovisiones ancestrales, sin que se les reconozca ese valor simbólico.

Los instrumentos musicales tradicionales hechos a mano, como el tambor de palo, la güira artesanal o las maracas de higüero.

El bordado, el tejido y la confección textil popular, muchas veces relegado al plano decorativo, pero lleno de historia e identidad.

Estas expresiones no solo son arte o tradición. Son lenguajes simbólicos que nos cuentan quiénes fuimos, quiénes somos y —si sabemos escucharlas— quiénes podríamos ser.

¿Folclore o espectáculo?

El riesgo actual es que muchas de estas expresiones sean reducidas a show turístico o puro entretenimiento. Bailar palos en un resort no es lo mismo que vivir un velorio de cruz. Repetir una décima no implica comprender el contexto que la vio nacer. Cuando el folclore se despoja de su profundidad, pierde su alma y se convierte en utilería.

Lo que podemos hacer

Incluir el folclore de forma transversal en el currículo educativo, no solo como contenido cultural, sino como forma de pensamiento.

Apoyar a los portadores vivos del folclore, con incentivos, formación, documentación y visibilidad.

Registrar y digitalizar las expresiones orales, antes de que mueran con sus portadores.

Respetar el valor simbólico de las tradiciones, sin ridiculizarlas ni explotarlas comercialmente.

Promover el folclore en las plataformas digitales, sin diluir su esencia.

Un país que pierde su folclore pierde el alma.

La globalización puede enriquecer, pero también borrar. En este Día Mundial del Folclore, vale preguntarnos si estamos cuidando lo que nos hace únicos o si estamos vendiendo, sin saberlo, los últimos retazos de una identidad que costó siglos construir.