Por Abril Peña
Cada 19 de noviembre se celebra el Día Internacional del Hombre, una fecha que suele pasar de largo, a veces ignorada y otras confundida con una reacción a las luchas feministas. Sin embargo, su origen y su razón de ser apuntan a un conjunto de temas que rara vez ocupan un espacio serio en la conversación pública: salud masculina, bienestar emocional, paternidad responsable, prevención de la violencia y modelos de masculinidad que no dañen ni a ellos ni a su entorno.
En un país como República Dominicana, hablar del Día del Hombre es casi un acto subversivo. Porque aquí solemos reducir la discusión a dos extremos: o se invisibiliza la vulnerabilidad masculina o se utiliza la fecha como excusa para trivializar el debate de género. Pero lo cierto es que las cifras hablan solas, si queremos escucharlas.
La esperanza de vida de los hombres es menor. Los índices de suicidios son más altos. La tasa de accidentes mortales los golpea más. Los homicidios, las adicciones, la falta de atención médica oportuna y los silencios emocionales son cargas que se llevan en la sombra, muchas veces porque seguimos enseñándoles que ser hombre es “aguantar” y que pedir ayuda es debilidad.
Esos silencios también matan.
Paradójicamente, la conversación sobre el rol masculino suele centrarse en lo peor —la violencia, los abusos, la irresponsabilidad— y aunque esos temas deben ser denunciados sin titubeos, también es cierto que limitar la narrativa solo a eso deja fuera a millones de hombres que sí están intentando vivir una masculinidad más sana, más presente y más consciente. Hombres que quieren ser mejores padres, mejores parejas, mejores ciudadanos, pero que no encuentran espacios para hablar de sus retos sin ser señalados.
Y ahí está el punto clave: el Día del Hombre no compite con el Día de la Mujer. No lo sustituye. No lo niega. Lo complementa. Porque para construir una sociedad más igualitaria se necesitan transformaciones profundas en ambos lados de la ecuación. Ignorar la salud mental masculina, los duelos emocionales, el impacto de la pobreza en su comportamiento, la formación de la paternidad o la presión social por “no fallar” nos impide avanzar.
Hay un factor adicional que pesa: el abandono institucional. En República Dominicana no existe una política pública integral de salud masculina. No existe una estrategia nacional para la prevención del suicidio enfocada en el riesgo diferencial que enfrentan los hombres. No hay programas permanentes que trabajen la figura del padre más allá de campañas aisladas. Tampoco se discute la educación emocional desde temprana edad como herramienta para romper los ciclos de violencia que dañan a todos.
El Día del Hombre debería servir para eso: para exigir evidencia, datos, políticas, acompañamiento. Para que dejemos de burlarnos de un tema que tiene consecuencias reales en la vida de miles de familias.
Y también para reconocer a los hombres que sí están haciendo la diferencia: los que son soporte emocional para sus hijos, los que construyen relaciones sanas, los que se permiten llorar, los que rompen patrones, los que renuncian al machismo aprendido para criar desde el respeto. Los que entienden que la masculinidad no es un performance, sino una humanidad compartida.
Este 19 de noviembre, en vez de memes o frases vacías, el país se debe una conversación seria. Una conversación que incluya a los hombres como aliados, como actores responsables, pero también como seres humanos con necesidades, miedos, cargas y posibilidades de transformación.
Un país que ignora la salud emocional masculina, ignora a la mitad de su población. Y lo paga caro.



