Por Abril Peña
Cada 20 de noviembre el mundo conmemora el Día Internacional de las Infancias, una fecha que recuerda la aprobación de la Declaración de los Derechos del Niño (1959) y la Convención sobre los Derechos del Niño (1989), el tratado de derechos humanos más ratificado del planeta. Más que una efeméride, la fecha es un espejo. Y en República Dominicana, ese espejo devuelve una imagen incómoda.
Porque hablar de las infancias no es hablar de ternura ni de fotografías escolares; es hablar de políticas públicas, de prioridades nacionales y, sobre todo, de resultados. Y cuando observamos los nuestros, la conclusión es clara: el país sigue fallando en garantizar derechos básicos que no deberían ser tema de debate en el siglo XXI.
¿Qué celebramos realmente? ¿La esperanza, o la deuda?
Las cifras son elocuentes. Persisten las brechas educativas, el abandono escolar, los ciclos de violencia intrafamiliar que se heredan como si fueran apellido, el trabajo infantil normalizado en barrios y campos, y la ausencia de infraestructura digna para miles de niños que estudian en escuelas con filtraciones, calor extremo o hacinamiento. A esto se suma otro drama del que se habla poco: la pobreza que condiciona el futuro antes de que ese futuro comience.
Las infancias dominicanas viven entre dos mundos. Uno, el que aparece en campañas institucionales. El otro, el real: el de familias que hacen malabares para alimentar, educar y proteger a sus hijos en medio de un país donde los servicios públicos llegan tarde, incompletos o no llegan.
No es falta de leyes; es falta de voluntad.
Tenemos normas, tratados y declaraciones. Lo que falta es convertirlas en políticas persistentes que sobrevivan a la rotación partidaria y a la improvisación institucional.
El Día Internacional de las Infancias es, entonces, una invitación a incomodarnos. A preguntarnos por qué un niño puede pasar seis horas bajo un techo caliente intentando aprender. Por qué seguimos naturalizando que la violencia sea un legado familiar. Por qué tantos niños dependen de la suerte —y no del Estado— para tener acceso a seguridad, salud, atención temprana o una alimentación adecuada.
Si un país quiere saber en qué punto de su desarrollo está, solo tiene que mirar cómo trata a sus niños. Y ese examen, para República Dominicana, sigue en rojo.
Hoy no toca celebrar. Toca exigir. Toca reconocer que las infancias merecen algo más grande que discursos y efemérides: merecen un país que las priorice de verdad.



