Cada 22 de abril el mundo celebra el Día de la Tierra, una fecha que nació para recordarnos que este planeta, que nos sostiene, no es infinito. Que sus recursos se agotan, que sus bosques no son eternos, y que el agua que fluye hoy podría escasear mañana. Pero en países como República Dominicana, el Día de la Tierra es más una conmemoración simbólica que una verdadera oportunidad de reflexión colectiva.
¿Cómo celebrar la Tierra en una nación donde cada día se talan árboles en los parques nacionales, se rellenan humedales para construir plazas comerciales y se llena de cemento parte de las mejores tierras de vocación agrícola del país? ¿Cómo hablar de amor por la naturaleza cuando nuestras ciudades crecen sin planificación, devorando cerros, costas y cañadas?
En lugar de discursos reciclados, necesitamos políticas sostenidas. Porque si algo está claro es que el cambio climático no es una amenaza futura: ya está aquí. Lo sentimos en las lluvias extremas, en los largos periodos de sequía, en los picos de calor que rompen récords cada año. Lo vemos en los ríos de piedras que adornan nuestro país donde antes corría el agua, y en las inversiones millonarias que hay que hacer anualmente para mantener la integridad de nuestros arrecifes, costas y playas. Y ni hablar del basurero en que se han convertido muchos de nuestros ríos y cañadas.
Y son, como siempre, los más pobres quienes pagan el precio más alto: los que viven en zonas vulnerables, en viviendas precarias, cerca de ríos contaminados o sin acceso a agua potable. O tal vez no, si tomamos en cuenta las inundaciones citadinas de los últimos años que han dejado varados hasta a los más acomodados. Al final, la Tierra no distingue clase social cuando pasa factura.
La educación ambiental sigue siendo débil, casi inexistente. ¿Cuántas escuelas públicas enseñan a sus estudiantes a cuidar el entorno más allá de pintar una pancarta en abril? ¿Cuántas comunidades tienen acceso a reciclaje o a un sistema eficiente de manejo de residuos?
La responsabilidad de cuidar la Tierra es compartida, pero no equitativa. Las grandes industrias, los gobiernos locales y los ciudadanos deben actuar, sí, pero no al mismo nivel. Hay quienes tienen más poder, más recursos y más responsabilidad. Y eso no se puede maquillar con campañas verdes ni hashtags de moda.
El Día de la Tierra no debe ser solo una fecha bonita en el calendario. Debería ser un recordatorio incómodo de todo lo que aún no hacemos: de los árboles que dejamos caer, de los vertederos que siguen ardiendo, del mar que se calienta y de las especies que desaparecen mientras discutimos si el problema es real.
Hoy más que nunca, la Tierra no necesita que la celebremos. Necesita que la respetemos.



