Por Abril Peña
Durante años se ha intentado explicar el ascenso de Luis Abinader como el resultado de una sucesión de oportunidades favorables.
Tuvo la suerte de enfrentar a un PLD dividido, de convertirse en la principal opción de una oposición en crecimiento y de llegar al poder cuando una parte importante de la sociedad dominicana reclamaba un cambio. Ahora, sus críticos podrían agregar que también tuvo la fortuna de encontrar un PRM dispuesto a entregarle su presidencia sin una competencia traumática.
Pero atribuirlo todo a la suerte sería una manera demasiado cómoda —y superficial— de interpretar su trayectoria. La suerte existe. Es un elemento imponderable con categoría histórica. Puede alterar elecciones, crear liderazgos y abrir puertas que parecían cerradas. Sin embargo, muchas personas han tenido oportunidades extraordinarias y no han sabido reconocerlas, aprovecharlas ni convertirlas en poder duradero.
La oportunidad puede aparecer por azar. Transformarla en una carrera política exitosa exige sagacidad, disciplina y capacidad para leer el momento, Luis Abinader ha sabido hacerlo.
El PRM no surgió jurídicamente de la nada ni fue creado exclusivamente por los dirigentes que abandonaron el PRD. La plataforma legal ya existía: era la Alianza Social Dominicana, fundada por José Rafael Abinader y preservada durante años como una organización aliada del PRD. Luis Abinader no recibió esa estructura como una herencia política pasiva. Formaba parte activa desde mucho antes del proyecto político familiar y ya había desarrollado su propia trayectoria dentro del espacio perredeísta.
En 2005 fue elegido vicepresidente del PRD. Posteriormente recorrió el país, construyó relaciones con su dirigencia y se convirtió en candidato a la Vicepresidencia de la República en 2012, acompañando a Hipólito Mejía
Cuando la crisis interna del PRD desembocó en una ruptura, Abinader no llegó con las manos vacías. Disponía, junto con el entorno político de su familia, de una organización reconocida que podía servir como plataforma para levantar una alternativa.
La Alianza Social Dominicana cambió su nombre, sus símbolos y sus estatutos para convertirse en el Partido Revolucionario Moderno. A esa estructura se incorporó una parte importante de los dirigentes que abandonaron el PRD, aportando militancia, experiencia electoral, liderazgos territoriales y representación institucional.
El PRM fue, por tanto, el resultado de una convergencia: una plataforma política previamente existente y activamente vinculada a los Abinader, junto con una poderosa corriente procedente del PRD.
La sagacidad de Luis estuvo en comprender el valor de esa combinación.
No recibió un partido terminado ni comenzó desde cero. Participó en la transformación de una organización minoritaria, ligada a su propia trayectoria política, en la casa común de una corriente con vocación mayoritaria.
En poco más de una década, aquella plataforma se convirtió en el principal partido del sistema político dominicano. Durante ese mismo período, Abinader pasó de ser uno de sus aspirantes a convertirse en candidato presidencial, presidente de la República, mandatario reelecto y, finalmente, presidente de la organización.
Eso tampoco puede explicarse únicamente por la suerte. La oportunidad apareció con la división del PRD, pero convertir aquella ruptura en una nueva mayoría electoral requirió visión, organización, paciencia y capacidad para conciliar liderazgos que no nacieron subordinados a él.
El acuerdo que mantuvo a todos en paz La nueva dirección del PRM fue presentada como una demostración de consenso y madurez. Luis Abinader asumió la presidencia; Deligne Ascención, la primera vicepresidencia; Juan Garrigó, la Secretaría General, y Gloria Reyes, la Secretaría de Organización.
Los distintos sectores recibieron espacios y las principales aspiraciones presidenciales evitaron una confrontación abierta.
La ausencia de protestas puede interpretarse como disciplina partidaria, pero también como el resultado de una negociación cuidadosamente diseñada. Nadie obtuvo todo, pero tampoco se dejó a los principales actores completamente fuera del reparto.
Abinader reconoció fuerzas, distribuyó responsabilidades y contuvo las inconformidades. Sin embargo, al mismo tiempo se reservó la presidencia del partido y mantuvo cerca de su liderazgo varios de los instrumentos necesarios para administrar la competencia que se aproxima.
Ese parece ser el verdadero alcance del acuerdo. No se trataba solamente de elegir autoridades. Se trataba de organizar el poder antes de que la lucha sucesoral terminara organizándolo por su cuenta.
El control que no se ve a primera vista La atención pública se concentró en los cargos más visibles: la Presidencia, la Secretaría General y las secretarías de Organización y Electoral. Pero una de las claves políticas se encuentra en la Comisión Nacional de Elecciones Internas, la CNEI.
Este organismo desempeña un papel central en la organización de los procesos internos del partido. Interviene en la preparación de las convenciones, el calendario, el registro de candidaturas, el padrón, las votaciones, las reclamaciones y la proclamación de resultados.
La CNEI no decide por sí sola quién será el próximo candidato presidencial del PRM ni se encuentra jurídicamente por encima de todos los organismos partidarios. Pero administra una parte esencial del terreno sobre el cual competirán los aspirantes.
Su conducción continuará vinculada a Deligne Ascención, dirigente cercano al liderazgo de Abinader y ahora primer vicepresidente del partido. Las reformas internas permiten, además, que el presidente delegue funciones ejecutivas en ese primer vicepresidente.
La combinación no es menor.
Abinader ocupa la principal posición política, mientras un hombre de su confianza conserva influencia sobre el engranaje electoral interno y puede asumir responsabilidades operativas delegadas.
Los aspirantes mantienen sus espacios y su derecho a competir, pero saben que el árbitro, el calendario y la maquinaria partidaria no quedaron a la deriva ni bajo el control exclusivo de alguna de las corrientes sucesorales.
Abinader cedió representación sin entregar el tablero. Esa puede ser una de las razones por las cuales todos respaldaron el acuerdo sin provocar una crisis. La paz no siempre significa que hayan desaparecido las contradicciones. A veces significa que todos comprendieron dónde quedó ubicado el poder y qué podrían perder si rompen el equilibrio.
El primer desafío de Abinader continúa siendo gobernar bien.
Ninguna ingeniería partidaria podrá garantizar otro gobierno del PRM si la población llega a 2028 cansada, decepcionada o golpeada por problemas que no encontraron respuesta. La continuidad dependerá de la economía, los servicios públicos, la seguridad, la institucionalidad y la capacidad del Gobierno para concluir obras y reformas.
El mejor candidato oficialista necesitará una gestión que pueda defender. Pero gobernar bien no será suficiente. Abinader también deberá impedir que las aspiraciones presidenciales conviertan su último tramo en una competencia permanente por cargos, presupuestos, apoyos territoriales y visibilidad.
Cada precandidato intentará construir su propio centro de poder. Cada funcionario comenzará a calcular quién podría ganar. Cada dirigente territorial buscará colocarse a tiempo en el bando correcto.
El peligro consiste en que el Gobierno deje de responder a una dirección común y termine fragmentado entre proyectos personales.
Presidir el PRM le permite a Abinader contener esas apetencias, fijar límites y recordar que la sucesión todavía tiene un árbitro. El acuerdo alcanzado le concede cierto control en el corto plazo, pero ese control deberá ejercerse con equilibrio.
Si utiliza la estructura para cerrar artificialmente la competencia o favorecer de manera evidente a una figura, la unidad podría convertirse en rebelión. Si se distancia por completo, los aspirantes podrían terminar capturando el partido antes de que concluya su mandato. Su tarea será controlar sin asfixiar y arbitrar sin imponer.
Gobierno y partido no pueden convertirse en lo mismo
La tercera obligación será separar la gestión pública de la competencia interna. Abinader es, simultáneamente, presidente de la República y presidente del PRM, pero esas dos responsabilidades no pueden confundirse. Los recursos del Estado, los nombramientos, la publicidad pública y las instituciones no deben ponerse al servicio de una candidatura determinada.
Precisamente porque ahora posee mayor control partidario, también carga con una responsabilidad mayor frente a la sociedad.
El presidente deberá garantizar que el Gobierno continúe gobernando mientras el partido organiza su sucesión. Si mezcla ambas estructuras, dañará su legado institucional y entregará argumentos a quienes sostienen que el cambio prometido terminó reproduciendo prácticas anteriores.
La autoridad partidaria puede ayudarlo a preservar el orden. No debe utilizarse para colonizar el Estado. La soledad del poder comienza antes de abandonarlo Existe, además, un desafío más humano y posiblemente más difícil: conservar vigencia después de dejar la Presidencia.
La soledad del poder no es una metáfora. La gente suele nuclearse alrededor de quien firma los decretos, distribuye posiciones, aprueba presupuestos y puede abrir o cerrar oportunidades. En política, los agradecimientos duran poco cuando desaparece la capacidad de nombrar.
Abinader lo sabe. También debe saber que después de 2028 muchos de quienes hoy proclaman lealtad comenzarán a construir cercanía con el nuevo liderazgo. Si otro dirigente alcanza la Presidencia, aparecerán nuevos funcionarios, nuevos grupos económicos, nuevos intermediarios y nuevos centros de decisión.
Nadie es tan ingenuo como para construir durante más de una década una fuerza política, conducirla al poder durante ocho años y luego entregarla completamente solo porque ya no puede encabezar una boleta presidencial.
Asumir la presidencia del PRM y conservar influencia sobre su estructura electoral constituye una forma de prepararse para esa nueva realidad. El acuerdo le permitirá mantener cierto control y vigencia en el corto plazo, acompañar la selección de su sucesor y evitar que el partido olvide demasiado rápido quién lo condujo al poder.
Pero ningún estatuto garantiza la influencia para siempre.
Si el PRM gana en 2028, el próximo presidente necesitará construir autoridad propia. Si pierde, los sectores derrotados buscarán responsables y podrían cuestionar al liderazgo que administró la sucesión. En ambos escenarios, Abinader enfrentará fuerzas interesadas en reducir su peso político.
La permanencia después del poder dependerá menos de los cargos que conserve y más de tres elementos: su legado de gobierno, la legitimidad del proceso sucesoral y su capacidad para mantener un partido institucionalmente unido.
La gran pregunta es si Abinader podrá seguir siendo el pegamento del PRM cuando deje de ser presidente de la República. Hasta ahora, su liderazgo ha mantenido juntas corrientes que compiten por el mismo espacio. Pero la verdadera prueba llegará cuando deba escoger entre aspirantes cercanos, contener a quienes se consideren perjudicados y aceptar que otra persona ocupará el centro del escenario.
El éxito no consistirá únicamente en colocar un candidato competitivo. Deberá conseguir que los derrotados acepten el resultado, que el ganador no destruya los equilibrios internos y que el partido no se fragmente después de la elección. Ahí se medirá la profundidad de su sagacidad.
Luis Abinader ha tenido suerte, como la han tenido muchos dirigentes a lo largo de la historia. La diferencia es que ha sabido convertir las oportunidades en acumulación política.
Primero construyó una candidatura, después participó en la transformación de una plataforma minoritaria en un partido mayoritario. Más tarde conquistó el Gobierno, aseguró su reelección y ahora asumió la organización mientras preserva influencia sobre el mecanismo que administrará su sucesión. No parece el recorrido de un hombre que simplemente estaba en el lugar correcto.
Parece el de un político que entendió que el poder comienza a perderse mucho antes de abandonar el Palacio Nacional y que, para sobrevivirle, no basta con dejar una obra de gobierno: también hay que conservar una estructura, organizar la sucesión y prepararse para el día en que los teléfonos comiencen a sonar menos.
La suerte pudo abrirle algunas puertas. La inteligencia política ha sido saber cuáles cruzar, cuáles mantener abiertas y cuáles no entregar todavía.



