Editorial

¿De qué vive realmente la economía dominicana?

Compartir

@abrilpenaabreu

Por años, los dominicanos hemos repetido casi de memoria que el turismo es el motor de nuestra economía. Y sí, lo es. Pero hay una pregunta mucho más incómoda —y quizás más importante— que rara vez nos hacemos: ¿de qué vive realmente República Dominicana?

Porque una cosa es crecer. Y otra muy distinta es sobre qué estamos creciendo.

República Dominicana muestra cifras macroeconómicas que muchos países de América Latina envidiarían. Organismos internacionales destacan nuestro crecimiento, llegan inversiones, se construyen hoteles, torres, carreteras y los informes económicos suelen pintar un país dinámico y resiliente.

Pero cuando uno mira con detenimiento las fuentes que realmente sostienen el ingreso de dólares al país —esas divisas que permiten importar alimentos, combustibles, medicinas, vehículos y mantener estable el peso dominicano— aparece una realidad que merece una conversación más profunda.

Sí, el turismo sigue siendo una de nuestras principales fuentes de divisas. Millones de visitantes llegan cada año y generan miles de millones de dólares. Eso es positivo. Genera empleos, dinamiza economías locales y proyecta la imagen del país.

Pero junto al turismo hay otro gigante silencioso: las remesas.

Miles de familias dominicanas sobreviven gracias al dinero que envían hijos, padres y hermanos desde Estados Unidos, España, Italia y otros países. En muchos hogares, ese dinero paga alquiler, comida, medicamentos, colegios y hasta pequeños negocios.

Y aquí surge una pregunta incómoda: ¿qué nos dice como país que una parte tan importante de nuestra economía dependa del sacrificio de dominicanos que tuvieron que irse?

Porque detrás de cada remesa hay una historia, hoy madres que crían hijos a distancia. Padres que envejecen lejos de su familia. Jóvenes que abandonaron el país buscando oportunidades que aquí no encontraron. Las remesas son una bendición para muchas familias. Pero también son, en cierta medida, un reflejo de una deuda estructural pendiente.

Y luego está otro tema: nuestras exportaciones, aunque República Dominicana exporta oro, productos agrícolas, manufactura y zonas francas, todavía seguimos dependiendo demasiado de actividades de bajo valor agregado o de sectores muy vulnerables a choques externos.

Y es aquí donde el contexto internacional actual debería hacernos reflexionar. El mundo atraviesa un momento de alta incertidumbre: guerras que alteran cadenas de suministro, tensiones entre grandes potencias, inflación persistente en varias economías, amenazas de recesión en algunos mercados y una economía global mucho más volátil que hace apenas unos años.

¿Qué pasa si Estados Unidos se desacelera aún más? Se afecta el turismo. ¿Qué pasa si cambia la política migratoria estadounidense o se enfría su mercado laboral? Se afectan las remesas. ¿Qué pasa si una crisis internacional reduce el consumo global o la inversión extranjera? Se enfría la economía dominicana.

Y no se trata de una hipótesis lejana, basta recordar lo ocurrido durante la pandemia: un shock externo fue suficiente para estremecer el turismo mundial y poner en evidencia qué tan dependientes somos de factores que no controlamos.

En otras palabras: somos más vulnerables de lo que a veces queremos admitir. No se trata de despreciar lo que hemos logrado. República Dominicana ha avanzado. Y sería injusto negar que la economía ha mostrado fortaleza frente a muchos países de la región.

Pero quizás llegó el momento de hacer una pregunta más ambiciosa:

¿Queremos seguir siendo un país que depende de lo que nos envían desde fuera o uno que produzca más riqueza desde dentro?

Un país que no solo reciba turistas, sino que exporte más tecnología, innovación, servicios especializados, ciencia, agroindustria avanzada y productos con mayor valor agregado.

Porque crecer importa, pero todavía más importante es preguntarnos: ¿sobre qué tan sólidas están construidas las bases de ese crecimiento?