Por Roberto Amaury Reyna Liberato
Durante meses se repitió dentro del Partido Revolucionario Moderno una objeción contra David Collado: podía tener buena valoración pública, podía encabezar las encuestas, pero no conocía suficientemente el partido ni disponía de la estructura necesaria para ganar una competencia interna. Era, en esencia, la tesis de que su fortaleza estaba afuera y su debilidad adentro.
Ese argumento empieza a envejecer.
A finales de junio, el equipo político de Collado hizo pública una nómina de colaboradores encabezada por Kelvin Cruz como jefe de campaña e integrada, entre otros, por Aníbal Díaz, Alfredo Pacheco, Amado Díaz, Jean Luis Rodríguez, Víctor D’Aza y Junior Peralta. No estamos hablando de una estructura levantada al margen del PRM, sino de dirigentes con historia partidaria, responsabilidades públicas, relaciones territoriales y experiencia electoral.
A esa construcción se incorpora ahora Eduardo “Yayo” Sanz Lovatón. Y con Yayo llega bastante más que un respaldo personal. Llega una red política que durante casi dos años recorrió el país, articuló legisladores, alcaldes y dirigentes territoriales y construyó su propia posibilidad presidencial antes de decidir colocar ese capital alrededor del proyecto de Collado.
Gloria Reyes completa una parte relevante de esa ecuación. Su elección como secretaria nacional de Organización del PRM, tras el entendimiento político entre los sectores de Yayo y David, coloca a una dirigente vinculada a esa convergencia en uno de los espacios más sensibles de cualquier partido: la organización territorial. La prensa dominicana ya ha comenzado a identificar la alianza David-Yayo, fortalecida con Gloria, como una tercera fuerza dentro del PRM.
La expresión podrá discutirse. Lo que resulta más difícil discutir es que el mapa interno cambió.
David dejó de ser solamente el dirigente que mide bien. Comienza a convertirse en el dirigente alrededor del cual se organiza poder.
La diferencia es sustancial. Gallup-Diario Libre lo colocó en mayo con 61.8 % de preferencia entre los simpatizantes perremeístas consultados sobre la candidatura presidencial. Dos meses después, ACD Media volvió a situarlo al frente, con 54.2 % dentro del oficialismo. En esa última medición también encabezó las preferencias presidenciales individuales a escala nacional, y, en ese punto, hay que aclarar que, ciertamente, los números construyen viabilidad, pero no construyen por sí solos una candidatura.
Max Weber comprendió hace más de un siglo esa diferencia cuando estudió el funcionamiento de los partidos modernos. Alrededor del liderazgo aparece necesariamente una organización de políticos profesionales capaz de convertir voluntad en acción. El líder puede movilizar adhesiones; la organización transforma esa adhesión en capacidad política efectiva.
Una campaña presidencial necesita ambas cosas.
Aristóteles llegó desde otro camino a una idea todavía útil. Para él, la política no era una actividad solitaria, sino una asociación orientada hacia propósitos comunes. En la Ética a Nicómaco relacionó la concordia con la amistad política: no supone que todos piensen igual, sino que sean capaces de ponerse de acuerdo sobre asuntos compartidos y actuar conjuntamente.
Esa sigue siendo una buena definición de lo que ocurre cuando distintos liderazgos dejan de competir separadamente y comienzan a construir una causa común.
La historia electoral ofrece ejemplos ilustrativos. William McKinley tenía condiciones presidenciales en Estados Unidos a finales del siglo XIX, pero fue Mark Hanna quien convirtió aquella posibilidad en una organización nacional. Hanna sistematizó apoyos, financiamiento, dirigentes estatales y estrategia, hasta desarrollar en 1896 una de las primeras campañas presidenciales modernas.
Hanna no creó el liderazgo de McKinley. Organizó políticamente las condiciones que ya lo hacían competitivo.
Las épocas, sistemas y personajes son distintos. La lección permanece: muchas candidaturas exitosas han necesitado, junto al candidato, figuras capaces de ordenar fuerzas que difícilmente se coordinarían por sí solas.
Si volvemos la mirada hacia el 2019, el PRM conoce una experiencia más cercana, cuando Hipólito Mejía compitió por la candidatura presidencial, reconoció la victoria de Luis Abinader inmediatamente después de las primarias y ofreció su apoyo. Aquel entendimiento no explica por sí solo el triunfo electoral de 2020, pero permitió que una competencia interna importante no terminara convirtiéndose en una ruptura y contribuyó a concentrar alrededor de Abinader las fuerzas necesarias para llegar unidos a las elecciones.
Ese aprendizaje tiene valor hacia 2028.
Lo que ocurre alrededor de David presenta una particularidad: la articulación comienza antes del momento decisivo. Yayo no esperó a que la competencia estuviera resuelta. Tomó posición cuando hacerlo todavía supone riesgos y cuando los demás actores continúan leyendo la correlación de fuerzas.
En política, esa clase de definición funciona como una señal.
Un dirigente nacional nunca se mueve completamente solo. A su alrededor existen relaciones, equipos, legisladores, alcaldes, funcionarios, autoridades locales, cuadros medios y militantes. Cuando varias de esas redes comienzan a converger, un proyecto deja de crecer solamente en números y empieza a crecer en capacidad política.
Ahí adquieren verdadero peso la incorporación de Yayo y el posicionamiento de Gloria.
David ya tenía electorado potencial. Kelvin Cruz y el equipo que desde hace tiempo trabaja alrededor suyo demostraban que tampoco estaba huérfano de partido. La nueva convergencia agrega conocimiento organizativo, estructuras previamente construidas, vínculos territoriales y capacidad de negociación interna.
La vieja crítica de que David no tenía estructura pudo responder a una fotografía válida en determinado momento. El problema de las fotografías políticas es que envejecen con extraordinaria rapidez.
El momento ahora es otro. Ya no se trata de determinar si David tiene dirigentes capaces de acompañarlo o si puede penetrar las estructuras del PRM. El debate comienza a desplazarse hacia la capacidad de esa estructura para seguir creciendo, incorporar otros sectores y terminar convirtiéndose en mayoría.
Ganar una competencia interna nunca será suficiente para alcanzar la Presidencia. Pero tampoco se llega al Palacio Nacional sin resolver primero las condiciones políticas necesarias para competir por ella.
Y algunas de esas condiciones comienzan a alinearse: liderazgo sostenido en las mediciones, un equipo formado por dirigentes reconocidos, expansión de la estructura partidaria, articulación territorial y una coalición interna que acaba de adquirir nuevo peso dentro del PRM.
Hace más de un siglo, Mark Hanna entendió que el momento de McKinley necesitaba organización. Yayo parece haber llegado a una conclusión semejante sobre David.
Faltan dos años para 2028 y en política ese tiempo basta para alterar cualquier pronóstico. Sería imprudente presentar como concluido un proceso que apenas comienza a ordenarse. Pero sería igualmente equivocado ignorar lo que ya está ocurriendo: David no solo encabeza las preferencias; empieza también a rodearse de dirigentes, estructuras y alianzas capaces de responder precisamente a la debilidad que durante años le atribuyeron sus críticos.
Ahí está el cambio.
Las encuestas pueden indicar quién tiene un buen momento. La política determina quién consigue convertir ese momento en organización, mayoría y capacidad real para disputar el poder. Con un equipo de dirigentes experimentados, la incorporación de Yayo y el peso organizativo que agrega Gloria, el proyecto de David comienza a transitar de la fortaleza electoral hacia una construcción política mucho más completa.
El 2028 todavía no está escrito. Pero las candidaturas presidenciales suelen comenzar a reconocerse antes de que llegue la hora de proclamarlas: cuando alrededor del liderazgo empiezan a alinearse las estructuras, los dirigentes y las voluntades necesarias para ganar.
David ya tenía el momento, ahora comienza a tener la arquitectura política para convertirlo en destino.



