Por: Lic. Luis Ma. Ruiz
Durante el tiempo que trabajé como visitador médico, me vi en la necesidad de estudiar nociones de medicina interna y farmacología. Estas lecturas eran, en términos generales, obligatorias: debíamos comprender cómo funcionaba y se eliminaba en el cuerpo—ya fuera por vía oral o inyectada—el fármaco que promocionábamos ante los médicos.
Este conocimiento técnico nos permitía orientar con mayor precisión el uso terapéutico del medicamento, según la especialidad médica a la que nos dirigímos: ginecología, pediatría, dermatología, entre otras. Por ello, era indispensable tener al menos una comprensión básica del tipo de fármaco adecuado para cada especialidad.
Mis principales visitas a los médicos se concentraban en las áreas de ginecología, urología y gerontología, ya que el laboratorio que representaba tenía como línea principal las hormonas, los esteroides y otros fármacos especializados. En muchos casos, los médicos desconocían el funcionamiento detallado de estos productos; era el visitador médico quien asumía la responsabilidad de orientarlos para lograr un resultado terapéutico eficaz.
En mi trajín como visitador médico, tuve la oportunidad de presenciar consultas en la especialidad de gerontología. Allí observé de cerca los cambios físicos, mentales y sociales que acompañan el envejecimiento, así como los aspectos biológicos, psicológicos y culturales que configuran la vejez en su dimensión integral. Fue en ese cruce entre especialidades donde la gerontología me reveló algo más profundo que la farmacología: el cuerpo como archivo de tiempo. Esa experiencia fue el detonante que me llevó a escribir estas líneas.
Con los años, el escroto se descuelga como una bandera sin viento, y el pene se repliega como si el cuerpo quisiera guardar sus secretos. No es una imagen cómoda, pero sí reveladora. El envejecimiento genital masculino, ese tema que rara vez se aborda sin burla o vergüenza, es más que un dato médico: es una metáfora política.
La cultura ha construido la virilidad como sinónimo de potencia, firmeza, control. Pero ¿qué ocurre cuando el cuerpo comienza a narrar otra historia? Cuando la piel pierde elasticidad, la testosterona se retira y el músculo se convierte en memoria. ¿Por qué incomoda tanto el cuerpo masculino envejecido?
Históricamente, la masculinidad ha sido representada como una fuerza inquebrantable. Desde los héroes clásicos hasta los ejecutivos modernos, el hombre potente es el hombre válido. En ese marco, el envejecimiento genital no solo es invisibilizado: es censurado. Como si aceptar la caída del escroto o la reducción del pene fuera una traición al mito fundacional del poder masculino.
Pero quizás sea hora de leer ese cuerpo como archivo. Como testigo de lo que el poder no puede evitar: el tiempo. Porque en esa piel que cuelga y ese músculo que se retrae hay una denuncia silenciosa contra la fantasía de invulnerabilidad. El cuerpo envejecido no miente. No negocia. No se maquilla. Y en esa honestidad radical hay una forma de resistencia.
Aceptar estos cambios no es rendirse. Es reconocer que el cuerpo también habla. Que la biología puede ser ética. Que la fragilidad no es derrota, sino revelación. Y que quizás, en lugar de ocultar el envejecimiento masculino, deberíamos escucharlo. Porque allí, en ese descenso íntimo, hay una oportunidad para repensar el poder, la masculinidad y la dignidad.



