Editorial

Cuando pedir ayuda no sirve: la República Dominicana ante el colapso de la autoridad

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@abrilpenaabreu

La escena es brutal, pero sobre todo reveladora, un joven, chofer de un camión recolector de basura en Santiago, intenta salvar su vida, huye, busca refugio, avanza como puede, se dirige al Palacio de Justicia, en el camino, pide auxilio, hay videos, se le ve desesperado, se le ve tocando puertas invisibles en plena vía pública.

Lo que recibe no es protección, es indiferencia, es gente grabando.

Y finalmente, es alcanzado por una turba.

Desde el Gobierno, la ministra de Interior y Policía ha afirmado que no hay evidencia de que el joven haya acudido a un destacamento policial, pero lo que sí está documentado —y resulta igual de grave— es que llegó hasta el entorno del Palacio de Justicia buscando refugio… sin encontrarlo.

Ese momento no es solo un crimen, es un síntoma, porque la pregunta ya no es qué pasó ese día, la pregunta es más incómoda: ¿dónde se supone que uno está a salvo en República Dominicana?

Hace apenas días, otro episodio encendía la misma alarma: el vehículo de una joven fue vandalizado a pocos metros de instalaciones de las Fuerzas Armadas, en un entorno que debería representar control, orden, disuasión.

Y no es un caso aislado, hay denuncias constantes de robos en las inmediaciones de destacamentos policiales, del entorno del Palacio Nacional, de zonas que, en teoría, están más vigiladas que el resto del país.

Pero la percepción —y cada vez más la realidad— es otra: ni siquiera ahí hay garantías y cuando esa percepción se instala, el daño es profundo.

Porque entonces el ciudadano deja de confiar en la autoridad… y empieza a pensar en sustituirla.

Este caso no solo muestra violencia, muestra algo más peligroso: la normalización de la mentalidad de manada, un grupo que actúa sin control, sin freno, sin miedo a consecuencias, eso no ocurre en el vacío, ocurre cuando la autoridad no llega, cuando no disuade, cuando no responde.

Y ahí entra otra pregunta que el país merece que se responda: ¿Qué ocurrió en el trayecto donde este joven, visiblemente en peligro, pidió ayuda sin recibir intervención efectiva? ¿Por qué no apareció una unidad de la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre? ¿Por qué en las inmediaciones del Palacio de Justicia no hubo una respuesta capaz de evitar el desenlace? ¿Por qué un ciudadano puede recorrer varios puntos críticos pidiendo ayuda… sin encontrarla?

Hay otro elemento igual de preocupante: la acumulación de casos donde el ciudadano no solo teme al delincuente… sino también a quien debe protegerlo.

Desde denuncias de abusos hasta actuaciones cuestionadas en destacamentos, el problema ya no es únicamente la criminalidad, es la erosión de la confianza en el sistema de seguridad y justicia.

Y cuando eso ocurre, el país entra en una zona peligrosa: la gente empieza a pensar que está sola y cuando la gente se siente sola, empieza a armarse, empieza a reaccionar, empieza a tomar decisiones fuera de la ley, no por maldad, por miedo.

Un país no colapsa de golpe… se va vaciando de autoridad, decir que “esto es tierra de nadie” puede sonar exagerado, pero ignorar las señales es peor.

Porque los países no pierden el control de un día para otro, lo pierden cuando: la autoridad deja de ser visible, la respuesta deja de ser oportuna y la ciudadanía deja de creer y hoy, todos esos elementos están presentes.

Aquí se está jugando con fuego, porque si el ciudadano llega a la conclusión de que no hay quién lo proteja, el siguiente paso es predecible: buscará protegerse por su cuenta.

Y eso no fortalece al Estado, lo sustituye, la República Dominicana todavía está a tiempo de corregir, pero eso exige algo más que operativos y declaraciones.

Exige presencia real, respuesta inmediata y, sobre todo, recuperar el control antes de que la calle lo haga por su cuenta.