Editorial

Cuando los valores se derrumban, la sociedad empieza a perder el rumbo

Compartir

@abrilpenaabreu

La falta de valores no siempre empieza con un gran crimen. Empieza cuando alguien tira una funda de basura a la calle porque entiende que eso no es problema suyo. Continúa cuando otro la saca en medio de un aguacero, sabiendo que tapará un filtrante y causará inundaciones. Se nota cuando alguien se cree con derecho a lo ajeno, cuando se pierde el respeto por las normas más básicas de convivencia o cuando la violencia se vuelve la primera respuesta ante cualquier conflicto.

Poco a poco, esa suma de pequeñas degradaciones termina produciendo monstruos mucho más grandes.

Vivimos en un país donde vemos hombres asesinando mujeres por no aceptar una separación, adultos abusando sexualmente de niñas, personas matándose por un parqueo, ciudadanos golpeándose en el tránsito por un roce, familias enteras destruidas por conflictos que antes eran impensables.

La pregunta ya no es qué está pasando. Es en qué momento dejamos de sorprendernos. El video que se hizo viral esta semana vuelve a poner el tema sobre la mesa. Un hombre adulto insultando a su padre porque este le exige que abandone la casa familiar. Pero lo más insólito no fueron los gritos, sino escuchar cómo exigía dinero para mudarse, como si sus padres tuvieran la obligación de seguir manteniéndolo.

Eso no es un problema económico. Es un problema de valores.

Porque una cosa es que un padre decida ayudar. Y otra muy distinta es que un hijo crea que esa ayuda es un derecho adquirido.

Los padres tienen la responsabilidad de criar, educar y preparar para la vida, no de mantener indefinidamente. Tampoco están obligados a descapitalizarse ni a hipotecar su tranquilidad para sostener a adultos capaces de valerse por sí mismos.

Se ha perdido algo esencial: la gratitud. Muchos crecieron oyendo que los padres deben sacrificarse por ellos. Pero algunos nunca aprendieron que también les toca aliviar las cargas de sus padres, respetarlos y dejarlos vivir en paz la etapa que se ganaron con esfuerzo.

El patrimonio de un padre no existe para que un hijo lo reclame en vida. Existe porque alguien trabajó durante décadas para construirlo. Y esa persona tiene todo el derecho a disfrutarlo, vender su casa, mudarse, viajar, ahorrar o simplemente vivir tranquilo.

Heredar nunca ha sido una obligación de los padres. Es una decisión de ellos.

Lo alarmante es que no es un caso aislado. Cada vez conocemos más historias de hijos que golpean a sus padres, nietos que hieren a sus abuelos, ancianos despojados de sus viviendas o abandonados cuando más necesitan apoyo.

Cada uno de estos hechos habla de algo más profundo que un conflicto familiar. Habla de una sociedad donde el respeto, la responsabilidad y la empatía pierden terreno frente al egoísmo, la inmediatez y la cultura del “yo primero”.

Y cuando eso pasa, las consecuencias no se quedan dentro de cuatro paredes. Se ven en las calles sucias porque nadie se siente responsable. En la agresividad del tránsito, en la violencia cotidiana, en la corrupción grande y pequeña, en la incapacidad de convivir con el otro.

Porque los valores no desaparecen de golpe. Se erosionan poco a poco, hasta que un día descubrimos que se volvió normal lo que jamás debimos aceptar.

Y entonces entendemos que el problema nunca fue solo un video viral. El problema es que empezamos a normalizar lo que nunca debimos permitir.

Porque cuando una sociedad pierde el respeto por sus padres, por sus mayores, por las normas y por el esfuerzo ajeno no solo está perdiendo valores. Está perdiendo el rumbo.