Por Liza María Martínez
Hay algo profundamente roto en una sociedad donde las mujeres están muriendo con tanta frecuencia que ya la noticia apenas dura unas horas en la conversación pública.
Un país donde los feminicidios se cuentan tan rápido que pareciera que la tragedia perdió capacidad de asombro. Una muerte hoy. Otra mañana. Otra el fin de semana. Y mientras las familias entierran hijas, madres, hermanas y amigas, una parte de la sociedad sigue empeñada en buscar explicaciones que terminen responsabilizando a quien ya no puede defenderse.
Y entonces aparecen las frases.
“Seguro le fue infiel”.
“¿Y por qué no lo dejó antes?”
“Debió denunciar”.
“Había casas de acogida”.
“Eso pasa porque las dominicanas…”
Frases disfrazadas de opinión, pero cargadas de violencia.
Porque sí, las palabras también matan.
Cada vez que se intenta justificar el comportamiento de un agresor revisando la conducta de la víctima, se está enviando un mensaje peligroso: que la mujer tenía alguna responsabilidad en su propia muerte, como si el hombre hubiera sido provocado, como si perder el control fuera una reacción entendible, como si existir siendo mujer implicara tener que comportarse “correctamente” para no terminar asesinada.
Y no. Nada justifica un feminicidio.
Ni una infidelidad.
Ni una separación.
Ni una discusión.
Ni un rechazo.
Ni una denuncia.
Ni la ausencia de una denuncia.
Nada.
La violencia no empieza con un disparo. Empieza con el control. Con los gritos. Con el aislamiento. Con el “si no eres mía, no eres de nadie”. Empieza cuando un hombre cree que tiene derecho sobre la vida de una mujer.
Pero también empieza cuando una sociedad educa hombres incapaces de aceptar un rechazo sin sentirse humillados, cuando se romantizan los celos enfermizos, cuando se aplaude la posesividad masculina llamándola “amor intenso”. Cuando se burlan de las mujeres que denuncian y luego se les culpa por no haber hablado antes.
Y mientras todo eso ocurre, seguimos discutiendo la conducta de la víctima más que la mente del agresor.
Eso también es violencia.
Hay comunicadores, figuras públicas e incluso personas desde espacios institucionales que deberían tener cuidado con cada palabra que pronuncian, porque cuando alguien con alcance mediático dice “algo debió hacer ella”, no está opinando: está reforzando una cultura donde el agresor encuentra justificaciones sociales para sentirse menos culpable.
La pregunta nunca debería ser qué hizo la mujer.
La pregunta es: ¿por qué tantos hombres creen que tienen derecho a destruir una vida cuando pierden el control sobre ella?
Las mujeres no deberían vivir calculando rutas de escape, compartiendo ubicaciones en tiempo real, fingiendo tranquilidad para no provocar enojo o pensando cuidadosamente cómo terminar una relación para no morir en el intento.
Y, aun así, lo hacen.
Viven con miedo en una sociedad que todavía les pregunta qué hicieron para provocar a quien decidió violentarlas.
Ya basta.
Basta de convertir a las víctimas en sospechosas.
Basta de buscar errores en mujeres asesinadas mientras se minimiza la responsabilidad del asesino.
Basta de una cultura que juzga más severamente a una mujer por ser infiel que a un hombre por matar.



