Editorial

Cuando la muerte deja de sorprendernos

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@abrilpenaabreu

En el primer bimestre de este año los feminicidios en República Dominicana se han triplicado con respecto al mismo período del año anterior.

La cifra debería estremecer al país, debería provocar indignación colectiva, debates urgentes y una sensación general de alarma, pero lo más inquietante no es solo el número.

Lo más inquietante es que ya no nos sorprende, la muerte de una mujer a manos de su pareja o expareja se ha vuelto una noticia que circula por redes sociales durante unas horas, provoca algunos comentarios indignados y luego desaparece entre el ruido informativo del día siguiente. Nos hemos acostumbrado.

Y cuando una sociedad se acostumbra a la violencia, la violencia gana terreno. Sería injusto decir que el país no ha hecho nada.

En los últimos años se han creado casas de acogida para mujeres en riesgo, se han impulsado programas para fomentar su independencia económica y se han fortalecido las leyes contra la violencia de género.

Todo eso es necesario, todo eso era imprescindible. Pero la realidad demuestra que no es suficiente. Porque las leyes pueden castigar un crimen después de que ocurre, pero no cambian por sí solas la cultura que lo produce.

El problema es más profundo. Durante generaciones, en nuestra sociedad se ha tolerado —y en algunos casos normalizado— una visión del hombre como dueño de la mujer, una lógica de control, celos y dominación que termina convirtiendo las relaciones en territorios de poder.

Cuando esa mentalidad se mezcla con frustración, violencia aprendida y falta de herramientas emocionales, el resultado puede ser fatal. Por eso la verdadera batalla no se gana únicamente en los tribunales.

Se gana en las aulas. Se gana en la educación emocional desde la infancia. Se gana en los mensajes que transmiten los medios de comunicación. Se gana en lo que escuchan los niños en sus hogares y en lo que la sociedad decide tolerar o condenar.

Desmontar una cultura de violencia no ocurre de un día para otro. Toma décadas. Toma insistencia. Toma coherencia. Toma repetir el mensaje una y otra vez hasta que se vuelva parte del ADN social.

Necesitamos una educación que enseñe cultura de paz desde la infancia. Una educación que se escuche en las escuelas, que se vea en las campañas públicas, que esté presente en los medios, en las redes, en las calles.

Una educación que esté —literalmente— en todas partes. En las aulas. En la televisión. En las vallas. En los contenidos digitales.

Debemos hablar de respeto, de convivencia, de resolución pacífica de conflictos y de igualdad entre hombres y mujeres hasta que esas ideas dejen de ser discursos y se conviertan en hábitos culturales.

Solo así, con el paso de los años, las nuevas generaciones podrán sustituir una mentalidad que aún arrastra demasiados patrones de violencia.

Tal vez entonces —y solo entonces— dejaremos de ver cómo, año tras año, las mujeres siguen cayendo.

Y dejaremos de aceptar como normal lo que nunca debió serlo.