@abrilpenaabreu
Hay una diferencia enorme entre el derecho a trabajar y el privilegio de representar a un país. Si mañana una organización de Grandes Ligas decide contratar a Wander Franco, esa será una decisión privada y cada empresa tiene el derecho de evaluar el riesgo, el talento y las consecuencias para su marca. Si consideran que merece una segunda oportunidad, es su decisión.
Pero una selección nacional no es una empresa cualquiera, representar a la República Dominicana es un honor, no un derecho, por eso resulta profundamente preocupante que siquiera se intentara abrir la puerta para que Wander Franco integrara el equipo dominicano de los Juegos Centroamericanos y del Caribe.
No interesa la razón por la que finalmente no ocurrió, lo que preocupa es que existiera la intención, que todavía tengamos que tener esta discusión, porque el mensaje importa.
Vivimos en un país que lleva décadas luchando contra el embarazo adolescente, las uniones tempranas y la violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes, también vivimos en un país donde los estudios muestran que una gran parte de estos delitos nunca llega a denunciarse y donde muy pocos de los casos que entran al sistema terminan en una sentencia firme.
Y precisamente por eso los símbolos importan, no es Wander Franco el verdadero problema, el problema es una sociedad que parece desesperada por rehabilitar su imagen antes de que la herida social siquiera haya cicatrizado.
Algunos dirán que ya la justicia habló, muy mal por cierto, no es que haya habido mucha que digamos pero ya la justicia cumplió su papel.
Por eso aquí la discusión aquí no es jurídica, el tema aquí es otro: ¿Qué mensaje envía un país cuando intenta devolverle el uniforme nacional a un hombre declarado culpable de mantener relaciones sexuales con una menor de edad?
Porque representar una bandera también implica representar valores y esos valores deberían importar tanto como el promedio de bateo, he escuchado decir que Wander Franco ha pagado un precio demasiado alto y es exactamente lo contrario, se está saliendo con la suya, no solamente por el dinero, también por la fama.
Pero, sobre todo, porque su caso desnuda una realidad incómoda: en República Dominicana seguimos normalizando este tipo de conductas más de lo que estamos dispuestos a admitir. Durante décadas hemos escuchado las mismas frases: “Ella sabía lo que hacía.” “Los padres la entregaron.” “Fue por dinero.” “Ella también quería.” Como si cualquiera de esas explicaciones eliminara la responsabilidad del adulto y ese es precisamente el problema.
Seguimos construyendo un relato donde la responsabilidad termina repartida entre la menor, la familia, la pobreza o las circunstancias, todo menos sobre quien tomó la decisión.
Pero la responsabilidad de mantener relaciones sexuales con una menor nunca recae sobre la menor. Nunca, ni sobre sus padres, ni sobre la pobreza, ni sobre el entorno.
Recae sobre el adulto que sabía perfectamente que estaba cruzando un límite que existe precisamente para proteger a niños, niñas y adolescentes y ninguna de las supuestas explicaciones obliga al
Victimario a cometer el hecho, por eso cuesta hablar de arrepentimiento.y arrepentimiento no se anuncia, se demuestra.
Y tampoco se puede hablar de resarcimiento porque desde que este caso salió a la luz, ¿qué hemos visto?: Más controversias, más escándalos, más titulares.
Y, paralelamente, una sucesión de intentos por devolverlo cuanto antes al lugar que ocupaba antes de todo esto. Como si el tiempo, el talento y el dinero bastaran para borrar el mensaje, eso dice mucho más de nosotros que de él. Porque el dinero compra muchas cosas. Compra abogados. Compra asesores. Compra campañas de imagen y sabrá Dios qué más.
Pero lo verdaderamente preocupante es cuando también compra indulgencia social. Cuando el talento pesa más que los principios.
Cuando los jonrones pesan más que el ejemplo. Cuando el éxito deportivo parece convertirse en una especie de salvoconducto moral.
Si este mismo caso hubiera involucrado a un hombre sin fama, sin millones y sin un contrato en el béisbol profesional, ¿estaríamos buscando la manera de convertirlo nuevamente en representante de la República Dominicana? La respuesta es evidente, habría podido salirse con la suya, después de todo los números hablan por sí solo.
Pero en este caso ha habido una doble moral evidente, y esa doble vara es precisamente la que debemos cuestionar. Porque mientras afirmamos que queremos proteger a nuestras niñas, seguimos enviando señales profundamente contradictorias.
Diseñamos campañas. Aprobamos políticas públicas. Pronunciamos discursos sobre la protección de la niñez. Pero cuando el agresor es famoso, talentoso o millonario, aparece una parte de la sociedad dispuesta a relativizar lo ocurrido, a repartir culpas y a acelerar su rehabilitación pública.
Ese es el verdadero peligro. Porque cada intento de limpiar su imagen transmite una idea devastadora: que el problema no fue el adulto que decidió mantener relaciones con una menor, sino la menor, sus padres o las circunstancias.
Y ese mensaje es exactamente el contrario al que deberíamos estar enviando. Si realmente queremos reducir el embarazo adolescente, combatir la explotación sexual y proteger a nuestras niñas, el primer paso es dejar de buscar excusas para los adultos.
Las leyes son importantes. Pero los símbolos también. Las sociedades educan tanto por lo que castigan como por lo que premian. No se trata de impedir que alguien vuelva a trabajar. Se trata de decidir quién merece representar la bandera dominicana.
Porque cuando el talento pesa más que nuestras niñas, el problema ya no es Wander Franco. .. el problema somos nosotros.



