Opinión

Crisis de la Globalización: ¿Fin del turismo de bajo costo?

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Por Juan González

 

La clase media aspira a seguir viajando, pero si las aerolíneas que ofrecían tarifas más económicas desaparecen o recortan rutas, el boleto aéreo se encarecerá y viajar terminará convirtiéndose en un privilegio para unos pocos.

 

 

El turismo de bajo costo, motor de la democratización del viaje internacional durante las últimas tres décadas, muestra hoy señales de agotamiento estructural. No se trata de su desaparición súbita, sino del quiebre de las condiciones históricas que lo hicieron posible: globalización, estabilidad geopolítica y un creciente poder adquisitivo de la clase media global.

 

 

Tras la caída del Muro de Berlín en 1989, el mundo adoptó una arquitectura internacional orientada a facilitar la movilidad de tres factores clave de la globalización: capital, mercancía y mano de obra. Ese orden produjo la expansión de las cadenas globales de suministro, la liberalización del transporte aéreo y la incorporación masiva de amplios sectores sociales al consumo turístico internacional.

 

 

Sin embargo, las tensiones geopolíticas y el endurecimiento de las políticas migratorias en América y Europa, está convirtiendo la movilidad internacional en un asunto cada vez más selectivo. El turista de bajo presupuesto, el trabajador migrante y el estudiante internacional se desplazan hoy en un mundo más vigilado y más regulado.

 

 

La primera presión es la crisis de la globalización. Su fragmentación, expresada en guerras, sanciones, rivalidades entre potencias, inflación y proteccionismo, altera profundamente las decisiones de viaje. En turismo, la percepción no es un elemento secundario, sino un factor fundamental, el turista necesita control y previsibilidad. En ese contexto, las políticas migratorias y de visado cada vez más restrictivas en Estados Unidos y Europa afectan la movilidad de las personas alrededor del mundo.

 

 

La segunda gran presión es energética. El conflicto entre Estados Unidos e Irán generó una de las mayores disrupciones recientes en el mercado internacional de combustibles, con efectos directos sobre la aviación comercial global. Los resultados son ya visibles: Spirit Airlines, ya debilitada por su deuda acumulada y la fusión frustrada con JetBlue, encontró en el alza del combustible el factor terminal de su colapso; Joy Air en China y Magnicharters en México registraron crisis de operación similares. La clase media aspira a seguir viajando, pero si las aerolíneas que ofrecían tarifas más económicas desaparecen o recortan rutas, el boleto aéreo se encarecerá y viajar terminará convirtiéndose en un privilegio para unos pocos.

 

La tercera presión es la erosión del poder adquisitivo. La convergencia de crisis sistémicas durante la última década, las tensiones comerciales de la administración Trump, el conflicto con Irán, la pandemia de COVID-19 y la guerra entre Rusia y Ucrania, ha desatado una espiral inflacionaria a escala global que ha reducido el gasto discrecional de amplias franjas socioeconómicas, generando un efecto contractivo sobre el turismo internacional de precio accesible.

 

 

Para la República Dominicana, este escenario no es abstracto. El turismo es el principal generador de divisas del país y una columna central de su modelo económico. En 2025, el país recibió alrededor de 11.7 millones de visitantes, consolidándose como uno de los destinos más importantes de América Latina y el Caribe, superado en la región solo por México con cerca de 50 millones.

 

 

Aproximadamente el 40% de los turistas que visitan el país llega a través de aerolíneas de bajo costo, lo que revela una dependencia estructural que merece atención estratégica. La decisión de JetBlue de suspender sus vuelos directos entre Newark y los destinos de Santo Domingo y Punta Cana no constituye un incidente aislado, sino una señal temprana de una reconfiguración más amplia de la oferta aérea hacia el Caribe. Ante ello, resulta imperativo que el Estado dominicano desarrolle una política de conectividad aérea que diversifique los operadores, incentive la permanencia de las aerolíneas de bajo costo y mitigue la exposición del sector turístico a decisiones unilaterales del mercado.

 

 

La vulnerabilidad del turismo es una advertencia sobre la fragilidad de un sector expuesto a factores externos, geopolíticos, energéticos y tecnológicos, que escapan al control nacional. Por ello, en un contexto marcado por la fragmentación de la globalización y la rivalidad entre China y Estados Unidos, el país debe identificar sectores de alto valor agregado que amplíen su base productiva. La relocalización de cadenas de suministro bajo esquemas como el friendshoring y el nearshoring abre ventanas de oportunidad concretas.

 

 

Un primer sector estratégico son los dispositivos médicos avanzados: la experiencia acumulada en zonas francas puede servir de plataforma para evolucionar desde el ensamblaje básico hacia manufactura médica de mayor valor.

 

 

Un segundo sector es la electrónica y los semiconductores, cuyo peso en la economía digital, la inteligencia artificial y la transición energética es hoy indiscutible. La oportunidad no reside en competir de inmediato en los segmentos más avanzados de fabricación de chips, sino en insertarse gradualmente en eslabones específicos de la cadena de valor como circuitos impresos, sensores, ensamblaje, prueba y servicios tecnológicos.

 

 

Un tercer sector estratégico es la logística multimodal. La infraestructura existente, los puertos de Caucedo, Haina y Monte Cristi, los aeropuertos internacionales y la red de zonas francas, constituye una base sólida para proyectar al país como plataforma de distribución regional. La República Dominicana reúne las condiciones geográficas y operativas para consolidarse como el principal hub logístico del Caribe, siempre que se adopten políticas públicas orientadas a ese fin. En esa dirección, resulta importante estudiar modelo de Singapur, una pequeña nación que, mediante una planificación estratégica sostenida y una apuesta decidida por la conectividad, logró transformarse en el centro neurálgico de distribución del Sudeste Asiático y en uno de los nodos comerciales más relevantes del mundo.

 

 

Recientemente, Frank Rainieri, el principal empresario turístico del país, durante el Almuerzo Empresarial del Centro de Capacitación y Proyectos de Zona Franca (CAPEX), exhortó a los empresarios Santiago a pasar del ensamblaje a la industrialización, al considerar que el país necesita avanzar hacia la creación de productos y marcas propias para mantener la competitividad estratégica.

 

 

En ese sentido, resulta oportuno señalar que el país no puede esperar a que sean las disrupciones externas las que redefinan su modelo productivo, como ocurrió en el siglo XIX, cuando el país tuvo que aguardar a que estallaran las luchas independentistas en Cuba y Puerto Rico para que llegaran desde esos países el capital y la mano de obra que impulsaron el desarrollo de la industria azucarera moderna en nuestro territorio. Por tanto, hoy la República Dominicana debe anticiparse, diversificar e innovar para consolidar un modelo productivo que le permita dar el salto hacia el desarrollo.