@abrilpenaabreu
La adjudicación de la Autopista del Ámbar representa una buena noticia para la República Dominicana. Si el proyecto se ejecuta como fue concebido, no solo reducirá significativamente el tiempo de viaje entre Santiago y Puerto Plata, sino que reforzará la competitividad del Cibao, impulsará el turismo, facilitará el comercio y mejorará la logística nacional. Pero esta obra también debe servir para recordarnos una verdad más amplia: ningún país alcanza su máximo potencial si sus regiones permanecen desconectadas.
Las carreteras son mucho más que kilómetros de asfalto. Son arterias económicas. Cada nueva conexión acerca productores a consumidores, abarata el transporte de mercancías, reduce pérdidas en productos perecederos, hace más atractiva la inversión y permite que el desarrollo deje de concentrarse únicamente en unos pocos polos urbanos. Una buena infraestructura vial significa que un agricultor puede colocar su cosecha más rápido, que una empresa reduce costos logísticos y que una familia accede con mayor facilidad a oportunidades de empleo.
Pero también son una herramienta para el turismo. La experiencia internacional demuestra que los destinos con accesos rápidos, seguros y modernos reciben más visitantes, prolongan la estadía promedio y generan un mayor impacto económico en las comunidades cercanas. Puerto Plata, uno de los principales polos turísticos del país, podría beneficiarse enormemente de una conexión más eficiente con Santiago y todo el Cibao.
Existe además un aspecto del que se habla poco: la seguridad. Carreteras modernas, bien iluminadas, con diseños adecuados y tiempos de desplazamiento más cortos reducen la exposición a accidentes, facilitan la respuesta de ambulancias, bomberos y organismos de emergencia, y permiten una movilidad más eficiente de las fuerzas del orden cuando se presentan situaciones críticas. La infraestructura también salva vidas.
Sin embargo, la visión no puede detenerse en una sola obra. La República Dominicana necesita pensar en grande y diseñar una verdadera red vial nacional que conecte de forma eficiente todas las regiones: Norte, Sur, Este y la frontera. Durante décadas hemos construido proyectos importantes, pero muchas veces de forma aislada, respondiendo a necesidades puntuales y no a una estrategia integral de conectividad.
Un país pequeño en territorio no puede permitirse grandes distancias económicas. Cuando una provincia permanece mal comunicada, termina pagando un impuesto invisible: menos inversión, menos empleo, menor competitividad y menos oportunidades para sus habitantes.
Por supuesto, la construcción también exige vigilancia. La adjudicación no representa el final del camino, sino apenas el inicio. La ciudadanía tiene derecho a exigir transparencia, cumplimiento de los plazos, supervisión técnica independiente y un manejo responsable de los recursos públicos. Las grandes obras no deben medirse por la magnitud de la inversión anunciada, sino por la calidad con la que se entregan y el beneficio que generan durante décadas.
La Autopista del Ámbar puede convertirse en un símbolo de una nueva etapa para la infraestructura nacional. Ojalá no sea una excepción, sino el comienzo de un proyecto mucho más ambicioso: una República Dominicana verdaderamente conectada, donde las carreteras unan mercados, familias, oportunidades y regiones. Porque al final, un país que conecta sus caminos también conecta su desarrollo.



