@abrilpenaabreu
La detención de Santiago Hazim y su grupo no tomó a nadie por sorpresa. Hacía tiempo que el caso sonaba por lo bajo y que sectores importantes conocían que algo se movía. Lo que sí sorprendió fue la actitud del Ministerio Público: un manejo mesurado, respetuoso, garantista, casi quirúrgico… muy distinto al que hemos visto en otros procesos recientes.
De hecho, fue el propio Hazim quien reveló que él mismo presentó la denuncia el año pasado. Eso significa que la investigación, en teoría, lleva cerca de un año con los imputados en libertad, como manda la ley y como debería ocurrir SIEMPRE en todos los casos. Y es justo ahí donde aparece el verdadero problema.
No criticamos la actuación del Ministerio Público ahora. Al contrario: esto es exactamente lo que debe hacerse. Respeto al debido proceso, presunción de inocencia, cero shows, cero linchamientos mediáticos y un trato digno independientemente del estrato político o social del imputado.
El dilema está en que no siempre ha sido así.
A partir de este caso, y suponiendo que el manejo se mantenga, el país queda frente a una gran interrogante:
¿Estamos ante un cambio real en la Procuraduría General de la República o estamos simplemente frente a un trato diferenciado según quién sea el acusado?
Porque si este manejo marca un cambio institucional, bienvenida sea la nueva línea. Pero si esta conducta es sólo para algunos —los que tienen acceso, apellido, conexiones o estatus político— entonces el Ministerio Público vuelve a mostrar el refajo: la justicia selectiva disfrazada de rigor técnico.
La Procuradora General de la República, convertida ahora también, en una suerte de “supra diputada” por el poder y la influencia que concentra, tiene la oportunidad de demostrar que este estilo respetuoso no es la excepción, sino la nueva regla. Que lo visto con Hazim no es un privilegio, sino el estándar que merecen todos los ciudadanos, vengan de donde vengan, voten por quien voten y pertenezcan al partido que pertenezcan.
El país observará con atención. Porque la justicia —toda la justicia— solo tiene sentido si es igual para todos. Si no es así, no es justicia: es estrategia.



