@abrilpenaabreu
Hoy se cumplen 63 años del golpe de Estado que sacó del poder a Juan Bosch, el primer presidente democráticamente elegido después de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, duró apenas siete meses.
Siete meses que, sin embargo, dejaron una de las preguntas más incómodas de nuestra historia política:
¿Tenía Bosch que ceder para poder quedarse? Porque una cosa es tener razón y otra muy distinta es tener el poder suficiente para convertir esa razón en realidad.
Bosch llegó con un proyecto de transformación en un país que apenas comenzaba a aprender a vivir sin dictadura. Su Constitución de 1963 tocaba intereses económicos, militares, religiosos y políticos profundamente establecidos. Al mismo tiempo, el mundo estaba atrapado en la Guerra Fría y Washington observaba el Caribe bajo el trauma reciente de la Revolución cubana.
No hacía falta ser comunista para despertar sospechas. Bastaba, muchas veces, con parecer demasiado tolerante con la izquierda.
La historiografía documenta que sectores empresariales, militares y de la Iglesia se enfrentaron al proyecto boschista y que el temor al comunismo fue utilizado contra su gobierno. También sabemos que el respaldo estadounidense a su administración se había debilitado.
Y ahí aparece la pregunta que solo podemos hacer porque conocemos el final: ¿Qué habría ocurrido si Bosch negociaba más? Si hubiese moderado algunas reformas. Si hubiese tranquilizado a los militares. Si hubiese hecho concesiones a los sectores económicos. Si hubiese entendido que quizá su proyecto necesitaba diez años y no siete meses.
¿Habría traicionado sus principios? ¿O habría protegido la posibilidad de ejecutarlos gradualmente? No lo sabemos.
Y sería injusto juzgar desde 2026 las decisiones de un hombre que gobernaba en 1963, rodeado de presiones que nosotros conocemos hoy con documentos, archivos y seis décadas de distancia.
Pero la pregunta permanece porque trasciende a Bosch. ¿Para qué sirve tener el proyecto correcto si pierdes la capacidad de ejecutarlo?
La política también consiste en administrar tiempos, negociar correlaciones de fuerzas y saber hasta dónde avanzar sin provocar que todas las fuerzas contrarias se unan contra ti. Bosch escogió defender aquello en lo que creía, pagó un precio enorme.
Y República Dominicana también, quizás una de las grandes lecciones de aquel 25 de septiembre sea precisamente esa: los principios dicen hacia dónde quieres llevar un país; la política determina si consigues llegar.



