Economía Editorial

¿Desde cuándo beber agua se volvió un lujo en República Dominicana?

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@abrilpenabreu

Hubo un tiempo en que el lujo era comprar refrescos. Hoy, en muchos hogares dominicanos, el lujo empieza a parecerse más a algo mucho más básico: tener agua limpia para beber.

Uno entra a un colmado cualquiera y encuentra botellones rondando o superando los 120 pesos, y en algunos sectores hasta más. Para muchas familias, especialmente las numerosas, eso significa gastar miles de pesos al mes simplemente para garantizar algo tan elemental como hidratarse.

Y ahí es donde debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿en qué momento beber agua dejó de sentirse como un derecho y empezó a sentirse como un gasto premium?

Porque estamos hablando del recurso más indispensable para la vida, no de un producto opcional, no de un lujo, no de una comodidad, estamos hablando de un recurso indispensable para la vida y hasta hace, tan libre como el mismo aire… el agua

El problema se vuelve todavía más contradictorio cuando recordamos algo que las propias autoridades han dicho en reiteradas ocasiones: el agua que sale de muchos sistemas de acueductos, en teoría, es potable. Es decir, que el problema muchas veces no estaría únicamente en la fuente, sino en el camino: tuberías deterioradas, almacenamiento deficiente, contaminación secundaria, falta de mantenimiento y, sobre todo, una profunda desconfianza ciudadana y esa desconfianza cuesta dinero y mucho.

Porque cuando una familia no confía en el agua que llega por la llave, no tiene alternativa real, compra botellones, compra filtros, compra galones….Compra seguridad.

Y cuando esa seguridad se encarece, el golpe no lo siente la clase alta, lo siente la madre de barrio, el envejeciente, la familia trabajadora que ya hace malabares entre comida, transporte, electricidad y medicamentos.

Es verdad que las empresas argumentan aumento en materias primas, químicos, combustibles y costos operativos, nadie niega que producir y distribuir agua tiene un precio, pero también es verdad que un país no puede normalizar que el acceso a agua segura se convierta en una carga económica creciente para los sectores populares.

Porque aquí hay una discusión de fondo que casi nadie quiere tener, si estamos gastando miles de millones en infraestructura, turismo, crecimiento económico y modernización, ¿cómo es posible que todavía tanta gente sienta que no puede confiar en el agua de su propia llave?

República Dominicana todavía no es un país sin agua, aunque si seguimos como vamos… Haití está ahí de siames para vernos en ese espejo, pero lo cierto es que aún contamos con importantes cuencas y recursos hídricos. Pero sí estamos viendo señales preocupantes: ríos degradados, contaminación creciente, deforestación en zonas altas y una cultura ambiental históricamente negligente.

Y mientras el país discute megaproyectos, una pregunta sencilla sigue sin respuesta: ¿Por qué una familia dominicana tiene que gastar una parte cada vez mayor de su salario simplemente para acceder con tranquilidad a algo tan básico como un vaso de agua?

Porque si el agua se vuelve un lujo, estamos hablando de algo mucho más grave que inflación, estamos hablando de dignidad.