La tiró caliente

Arribistas, cuotas y fuego amigo en el Gobierno

El Pregonero
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Desde la designación de Magín Díaz como ministro de Hacienda y Economía, el enfrentamiento con el exdirector de Impuestos Internos, Luis Valdez Veras, y con sectores del Partido Revolucionario Moderno (PRM) ha destapado una herida que muchos preferían maquillar, la eterna pelea entre la tecnocracia importada y la militancia que sudó la camiseta para llegar al poder.

El presidente de la Cámara de Diputados, Alfredo Pacheco, lo dijo sin anestesia. Defensor de los cambios del presidente Luis Abinader, sí; pero no a costa de desplazar a los cuadros del partido para abrirle espacio a “figuras externas” que pasan por todos los gobiernos como si fueran piezas de alquiler. Palabras mayores dentro de un oficialismo que presume de institucionalidad, pero que hoy se mira al espejo y no se reconoce del todo.

“Arribistas”, les llamó Pacheco. Y ahí se encendió el debate: ¿se gobierna con técnicos brillantes aunque no tengan militancia, o con dirigentes leales aunque no siempre sean los más capacitados? La respuesta fácil es “con ambos”. La respuesta real es que cuando uno de los dos se siente excluido, el Gobierno empieza a incendiarse desde adentro.

El caso de Magín no es aislado. Representa una tendencia: apostar por perfiles que generan confianza en organismos internacionales, mercados y sectores empresariales, pero que despiertan rechazo en las bases políticas que ven cómo se les cierran las puertas del poder. Para muchos en el PRM, no se trata de un debate técnico, sino de una cuestión de dignidad política: “¿para qué luchamos, si al final nos sustituyen por los de siempre?”.

Pero cuidado. Convertir esta discusión en una guerra de carnets también es peligroso. Gobernar no es repartir botellas ni premiar lealtades sin resultados. El país necesita funcionarios competentes. Sin embargo, ignorar el malestar interno, minimizarlo o tildarlo de pataleo, es dinamita para la gobernabilidad.

Lo que hoy parece un simple choque entre Magín Díaz y antiguos cuadros del partido es, en realidad, una señal de alarma. El oficialismo enfrenta una disyuntiva: o construye un equilibrio real entre técnica y política, o seguirá alimentando el “fuego amigo” que desgasta más que cualquier oposición.

Porque cuando un presidente de la Cámara se ve obligado a decir en voz alta lo que muchos murmuran en los pasillos, es porque la herida ya no se puede esconder con discursos de unidad.

Y en política, lo que se ignora… termina explotando.