Opinión

Alofoke: Tiempo para reivindicar la degeneración social

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Por: Aneudy De León M.

Los sucesos acaecidos en la Zona Colonial de Santo Domingo, RD, en la celebración de la fiesta gringa de Halloween, el pasado fin de semana, han generado una andanada de críticas sociales, en especial, al productor de música urbana y de canales de digitales, Esmelin Santiago Matías García, mejor conocido como Santiago Matías (a) Alofoke. Unas son razonables, otras irracionales, algunas merecidas, otras injustas o, mejor dicho, excesivas. Si bien, la estridencia y morbosidad que le caracteriza al proponer un premio económico pudo haber incitado a la juventud y generado el caos irrespetuoso a los símbolos patrios y bienes afectados –un acto despreciablemente bochornoso, dicho sea de paso–, no menos cierto es que el problema va más allá de sacrificar al citado “influencer” y la estructura sobre la cual monta su influencia mediática.

Estoy convencido que hay gente que ataca a Santiago Matías (a) Alofoke, porque envidia su sitial, y quisiera estar donde él está, pues siendo un adulto-joven de orígenes humildes, nacido y criado en el ensanche Capotillo, de nuestra ciudad capital, ha logrado escalar económica y mediáticamente de una manera indiscutible, así sea a costa de maledicencias, morbo y actuaciones carentes de moralidad. A esos les molesta su éxito, por un tema de «clases sociales», incluso, porque quisieran hacer lo mismo si tuvieran la oportunidad, no por compromiso ético y ciudadano. Lo que refleja una doble moral en la crítica despiadada.

Hay otros que criticamos el comportamiento desviado de Alofoke y la así llamada “generación” que representa como todo el sequito que le acompaña, por razones puramente ideológicas, éticas, morales y racionales, sin animadversión ni odio personales, como es el caso de quien suscribe, que, en algunos casos, ha llegado a defenderlo en limitadas oportunidades.

En nuestro país, debemos reconocer en Alofoke (Santiago Matías) que tiene un gran “talento emprendedor”, y eso les molesta a algunos de las élites, no por razones morales, sino económicas y de prejuicios sociales excluyentes.
El problema de otros que lo podemos criticar es que, entendemos y estamos convencidos de que su éxito lo ha logrado a un alto y sensible costo social, moral y ético que nos afecta a todos. Un daño casi irreversible, que no podemos dejar pasar por alto, y permitir que se haga regla futura de nuestra sociedad. No es como él, muchas veces de forma altiva, sugiere, que van hacia adelante y que sus detractores están equivocados, auto desvelándose como quien representa o encarna el futuro de la comunicación e influencia mediática en la República Dominicana y Latinoamérica. Está equivocado y su sesgo individual no lo deja entender la realidad. Se mantiene entrampado en su propio ego, y quizás esa sea otra razón de la crítica despiadada que recibe.

Mientras es reconocible el talento que tiene el así llamado Alofoke, carece de la visión para mantenerlo vigente en el tiempo. Es que no basta tener o exhibir talentos para ser acreedor de respeto en una sociedad. Los talentos se exponencian y manifiestan de diferentes formas. Hay gente que los usa para transformar para bien las sociedades y su entorno, sin buscar prebendas ni ‘redituación’ de beneficios económicos; lo cual siempre será plausible y es lo aconsejable, pero “hay de todo en la viña del Señor”. Otros usan sus talentos para deconstruir y no tienen reparo con lo que pueda pasarle al colectivo. Su misión y ambición es trascender en el tiempo y lograr ventajas económicas que lo sitúen en un ‘establishment’ favorable a sus intereses. Aunque luego busquen la forma de «reivindicarse» haciendo «cosas buenas», «obras sociales», o lo que de manera sofisticada le dicen: «Responsabilidad Social Corporativa».

A mi juicio, es lo que ha venido haciendo Santiago Matías últimamente, al mismo tiempo que ha usado esa impronta para ayudar y ganar talentos que son olvidados por otros, algo loable en él, porque demuestra la solidaridad social con ese sector excluido. Habría que ver si lo hace por vocación humana y de servicio social, o solo utiliza eso como instrumento para fortalecer su presencia social, mediática y ganar autoridad moral frente a la sociedad o dominio mental sobre ese núcleo que le apoya y se beneficia de su estructura. La dinámica me recuerda esos tipos de favores de los tiempos de la Cosa Nostra que se ambientaliza en la película “El Padrino”, cuando Amerigo Bonasera, queda en deuda con Don Vito Corleone, padre y jefe de una de las cinco familias italianas más poderosas de Nueva York, posterior a la Segunda Guerra Mundial.

¿Es incorrecta esta forma de actuar o socializar? Es la pregunta que muchos nos hacemos. Diría que eso depende de la escala de valores de cada uno, de su formación familiar, pero también de su acervo científico-social, incluso de su orientación ideológica. Si lo vemos desde el punto de vista moral y ético, estaría mal y a mi personal juicio, está mal: ¡yo jamás haría eso! Aunque, para hacer “lo malo” también hay que tener «talento», si lo vemos desde el punto de vista de la sociedad capitalista, perversa e inhumana de hoy, no estaría mal, puesto de lo que se trata es de una guerra por la supremacía social, eligiendo vivir de acuerdo con el “deber ser” o conforme a lo que hay que hacer para sobrevivir en el mundo salvaje de hoy, para conseguir lo material con poco sacrificio (doctrina del “easy-money”).

En mi caso, no me simpatizan estas formas dañinas de interacción social y de “superación personal”, pero tampoco crucifico implacablemente sus exponentes, porque ellos son simplemente la expresión de un “sistema de exclusión y antivalores” que ha reproducido perennemente pobreza económica y espiritual. La misma que, a su vez, genera rebeldía social, lamentablemente de la mala, de la que no conduce a cambios reales de la sociedad, sino la que justifica continuar en lo degenerativo, que permea gravemente los cimientos morales y existenciales de una sana sociedad moderna. Para muestra, un botón: el fenómeno de Tokischa, entre otros tantos, dentro y fuera de sector artístico.

Finalmente, ya usando los patrones éticos, espirituales e ideológicos del cristianismo que practico, que nos manda a no odiar, sino a perdonar y amar, a no a aborrecer, sino a tolerar, el consejo para Santiago Matías y todos los que como él se benefician de la ignominia y el establishment perverso que nos acecha, es que ya que el daño a la sociedad está hecho, utilicen esa impronta, plataforma, acumulación económica e influencia artística y mediática para enarbolar iniciativas reconstructivas en beneficio del desarrollo integral no solo de nuestros jóvenes, sino de los adultos también, coadyuvando para que este proceso sistemático de degradación sociocultural, moral, ética y existencial, no llegue a niveles irreversibles. De esta manera, podrán combatir a sus detractores, no con discursos o debates de moralidad, sino con resultados tangibles directamente beneficiosos para el colectivo social, que no solo les reivindicará históricamente frente a ese proceso de degeneración social, y les ganará respeto ciudadano, sino que también les proveerá paz espiritual y una mínima reconciliación con la sociedad actual y futura.

El autor es abogado, analista y formado en Ciencias Políticas.
Dirigente nacional y excandidato a la Secretaría General del PRM.