Opinión Política

Alofoke no es el problema: es la consecuencia

Elvin Castillo
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Por Elvin Castillo


Durante años, buena parte de la clase política, empresarial e intelectual dominicana observó desde lejos un fenómeno que avanzaba en otras sociedades: figuras ajenas a las estructuras tradicionales que, apoyadas en las redes sociales, el desencanto ciudadano y un discurso antisistema, comenzaban a disputar espacios antes reservados para los políticos profesionales.

Lo vimos ocurrir en otros países y quizás pensamos que aquí no podía pasar. Pues ya está pasando.

El anuncio de Santiago Matías, Alofoke, de construir una organización política y eventualmente disputar el poder no debe ser tomado como una ocurrencia ni como otro espectáculo de las redes sociales. Mucho menos debemos pensar que desaparecerá simplemente porque una parte de las élites dominicanas decida ridiculizarlo.

Hacerlo sería un grave error. Alofoke debe ser tomado en serio.

No necesariamente porque tenga hoy las condiciones para convertirse en presidente de la República, sino porque representa algo mucho más importante que su propia persona: el agotamiento de una parte de la sociedad con el sistema tradicional y la aparición de una nueva forma de construir poder político.

Los números ayudan a comprenderlo. Según Latinobarómetro 2024, apenas 45% de los dominicanos decía estar satisfecho con el funcionamiento de la democracia. Y en las elecciones presidenciales de mayo de 2024 estaban inscritos 8,145,548 electores y votaron 4,429,079. Es decir, aproximadamente 45.6% del padrón no acudió a las urnas. Casi uno de cada dos ciudadanos habilitados para votar no acudió a las urnas.

Es verdad que la abstención en nuestro país responde a una suma de factores, desde dificultades logísticas hasta el desinterés coyuntural o la dispersión del padrón en el exterior. Sin embargo, no afirmo que todos esos ciudadanos sean antisistema ni mucho menos que apoyarían a Santiago Matías. Pero sería irresponsable no preguntarnos qué porcentaje de esa abstención refleja un desenganche profundo con el sistema político tradicional. Ahí existe un terreno fértil para cualquiera que consiga convencerlos de que representa algo distinto.

El poder ya no se construye solamente en los partidos
Durante décadas, para convertirse en una figura nacional había que recorrer una estructura partidaria, dirigir organismos, construir relaciones territoriales, participar durante años en actividades políticas y finalmente obtener el respaldo de una organización. Las redes sociales alteraron ese modelo.

República Dominicana tenía, al cierre de 2025, alrededor de 10.5 millones de usuarios de internet, equivalentes a aproximadamente el 91% de la población, y cerca de 7.9 millones de identidades activas en redes sociales, según DataReportal. YouTube, plataforma fundamental en el ecosistema comunicacional de Alofoke, tenía un alcance publicitario estimado de 7.5 millones de personas en el país. TikTok reportaba un alcance potencial cercano a 7.9 millones de adultos e Instagram rondaba los 5.1 millones de usuarios.
La discusión política ya no ocurre exclusivamente en un comité de base, una casa nacional, un mitin, una emisora o un canal de televisión. El nuevo comité político cabe en la palma de la mano. Está dentro de un teléfono celular. Y desde allí alguien puede hablar directamente con millones de personas todos los días sin necesitar intermediarios.

Santiago Matías entendió eso antes que muchos. Construyó una formidable maquinaria de comunicación digital y desarrolló algo que en política tiene un valor extraordinario: una comunidad que lo escucha, lo sigue, discute sobre él y, sobre todo, siente que lo conoce. Eso es capital político.
Quienes continúen midiendo su influencia únicamente con los instrumentos de la política del siglo XX probablemente no entenderán lo que está ocurriendo en pleno siglo XXI. Pero reconocer el fenómeno no significa compartir lo que representa.

Tengo profundas diferencias con lo que representa
Debo decirlo claramente. Una figura con las características de Santiago Matías no representa el modelo de liderazgo que quisiera para la Presidencia de la República.

Tengo diferencias profundas con una parte importante de los contenidos y comportamientos que durante años han formado parte del ecosistema que ha construido: la promoción de conflictos y confrontaciones, la cosificación de la mujer, la exaltación excesiva del dinero y la vida material, la forma de irrespetar e insultar a todo el mundo, desde autoridades hasta colaboradores, y de violentar lo establecido únicamente porque genera views y likes, así como determinados comportamientos que, desde mi concepción de la sociedad, transmiten valores equivocados a una juventud que consume masivamente esos contenidos y monetizan el odio.

Creo que la Presidencia de la República exige mucho más que popularidad, estridencias y vulgaridades. Exige equilibrio emocional, formación, prudencia, autocontrol, capacidad para escuchar, conocimiento del Estado, comprensión de la economía, respeto institucional y conciencia de que las decisiones de un presidente pueden transformar, para bien o para mal, la vida de millones de seres humanos.

Sin embargo, mis diferencias con Santiago Matías no eliminan una realidad elemental: vivimos en democracia. Y si cumple las condiciones establecidas por la Constitución y las leyes dominicanas, tiene exactamente el mismo derecho que cualquier otro ciudadano a organizarse políticamente, construir un partido y aspirar a la Presidencia.

Incluso considero más saludable que decida hacerlo construyendo una organización política desde cero y sometiéndose a las reglas democráticas, en lugar de utilizar su popularidad para apropiarse de una estructura política existente. Que no me guste su candidatura y su persona no significa que pueda negarle su derecho a presentarla. Eso también es democracia.

El error sería culpar a Alofoke

Aquí comienza para mí la discusión verdaderamente importante. Santiago Matías no creó el desencanto con los partidos. No creó la desigualdad. No creó la falta de oportunidades. No creó la percepción de impunidad. No creó la frustración de miles de jóvenes que estudiaron y sienten que no encuentran oportunidades. No creó la distancia existente entre una parte de la sociedad y quienes la representan.

Alofoke encontró todo eso hecho. Y lo está capitalizando.
Por eso atacarlo personalmente, burlarse de su nivel académico, menospreciar a quienes lo siguen o creer que el fenómeno desaparecerá desacreditándolo sería no haber entendido absolutamente nada. El problema no es Alofoke. El problema es todo aquello que hizo posible a Alofoke como fenómeno político.

Si casi 3.7 millones de ciudadanos inscritos no participaron en las elecciones presidenciales de 2024, el sistema político no debería preguntarse solamente por quién votaron quienes acudieron a las urnas. También debería preguntarse por qué tantos decidieron no votar.

Esos ciudadanos no constituyen un bloque homogéneo, pero representan un enorme espacio político que los partidos tradicionales no consiguieron movilizar. Y cualquiera que logre conectar emocionalmente con una fracción importante de ellos puede alterar el tablero electoral dominicano.

Cuando una parte de la sociedad deja de creer que las instituciones pueden cambiarle la vida, comienza a buscar a alguien que prometa romperlas. Cuando pierde confianza en los políticos tradicionales, comienza a valorar precisamente al que dice no parecerse a ellos. Cuando siente que nadie la escucha, termina siguiendo a quien le habla directamente todos los días desde la pantalla de un teléfono. Y cuando la esperanza desaparece, el enojo se convierte en una poderosa herramienta electoral.

La peligrosa seducción del vengador

Ahí aparece uno de los elementos más poderosos del fenómeno: la construcción del vengador. El hombre que supuestamente llegará a enfrentarse a los ricos, empresarios, políticos, élites y todos aquellos a quienes una parte de la población responsabiliza de sus dificultades.
Es una narrativa extraordinariamente poderosa porque transforma problemas complejos en explicaciones sencillas. Si eres pobre, alguien tiene la culpa. Si no progresaste, alguien te lo impidió. Si las instituciones no funcionan, basta con colocar a una persona fuerte al frente para resolverlas.

Pero gobernar una nación no funciona así. Un país no se administra mediante transmisiones en vivo, tendencias, controversias ni millones de reproducciones. La economía no responde a la cantidad de seguidores. Los mercados no reaccionan a los “likes”. La seguridad jurídica no se construye con popularidad.

Un presidente debe generar confianza dentro y fuera del país, administrar miles de millones de pesos, conducir las relaciones internacionales, garantizar la estabilidad económica, dirigir la política de seguridad nacional y tomar decisiones que muchas veces serán impopulares pero necesarias.

Por eso el populismo resulta tan seductor desde fuera del poder y puede resultar tan peligroso cuando llega a ejercerlo. Prometer es infinitamente más sencillo que gobernar.

Cuando prepararse parece haberse convertido en un defecto
He escuchado personas argumentar que precisamente porque Santiago Matías no proviene de una formación profesional tradicional y ha conseguido construir un enorme éxito empresarial y comunicacional, representa mejor al ciudadano común que quienes dedicaron años a estudiar y prepararse.
Reconozcamos su mérito empresarial y comunicacional. Lo tiene. Construir desde abajo una plataforma con la influencia que hoy posee requiere visión, disciplina, olfato comercial y una extraordinaria capacidad para interpretar determinados segmentos de la sociedad. Negarlo sería mezquino.

Pero de ahí a concluir que el éxito en la comunicación digital convierte automáticamente a alguien en la persona adecuada para gobernar una nación existe una distancia gigantesca.

No podemos construir una sociedad donde prepararse sea motivo de sospecha, estudiar sea presentado como una desventaja, tener formación sea sinónimo de pertenecer a una élite desconectada, la prudencia resulte aburrida y la estridencia sea confundida con liderazgo. Una sociedad que comienza a despreciar el conocimiento termina pagando muy caro ese error.

El verdadero desafío debe ser exactamente el contrario: conseguir que la educación vuelva a representar movilidad social, que el esfuerzo tenga recompensa y que una persona preparada no tenga que pedir disculpas por haberse preparado.

Esa tampoco es la República Dominicana que conozco
Me niego a creer que la sociedad dominicana esté representada mayoritariamente por el ruido, la vulgaridad, la confrontación o la superficialidad que muchas veces dominan las redes sociales. Las redes tienen una característica peligrosa: hacen parecer mayoritario lo que simplemente es más ruidoso.

La República Dominicana que conozco es mucho más grande. Es la madre que se levanta de madrugada para preparar a sus hijos para la escuela. El padre que trabaja doce horas para que sus hijos puedan estudiar. El joven de un barrio que quiere convertirse en médico, ingeniero, abogado, comunicador o empresario. El pequeño comerciante que abre su negocio cada mañana.

Es el dominicano que cree en Dios, honra a sus padres, protege a su familia y quiere vivir de su trabajo. Es el muchacho del campo que sueña con ser profesional, la mujer que estudia de noche después de trabajar durante todo el día y el emprendedor que comienza sin nada y poco a poco construye algo.

Esa República Dominicana quizás hace menos ruido en las redes. Pero existe. Por eso rechazo la falsa disyuntiva de que para representar al pueblo haya que despreciar la preparación. Venir de abajo y prepararse no son conceptos opuestos. Son precisamente la esencia de la movilidad social que debemos defender.

Alofoke es un espejo

Quizás esta sea la parte que más incomode a la clase política dominicana. Antes de preguntarse cómo detener a Alofoke, debería preguntarse por qué Alofoke resulta atractivo políticamente para una parte de la población.

¿Por qué un joven confía más en un influencer que en un dirigente político? ¿Por qué alguien que nunca ha administrado el Estado puede transmitir a determinados ciudadanos mayor esperanza que personas que llevan treinta años haciendo política? ¿Por qué una transmisión digital conecta emocionalmente con personas a las que los partidos no consiguen movilizar? ¿Por qué tantos ciudadanos sienten que quienes gobiernan, legislan o dirigen organizaciones políticas viven en un mundo distinto al suyo?

Esas preguntas son mucho más importantes que Santiago Matías. Porque mañana podría desaparecer Alofoke de la política y surgir otro. Y quizás alguien todavía más radical.
Los antisistema no desaparecen destruyendo al mensajero. Desaparecen cuando el sistema corrige las razones que hicieron atractivo su mensaje.

La respuesta debe ser ofrecer algo mejor

Frente al desencanto, República Dominicana no necesita más estridencia. Necesita esperanza. Frente a la confrontación, capacidad para construir consensos. Frente a la improvisación, preparación. Frente a la vulgaridad, decencia. Frente al populismo, propuestas. Frente al culto a la personalidad, instituciones. Frente a la ira, liderazgo. Y frente a la incertidumbre, confianza.
Por eso creo que la respuesta al fenómeno que hoy representa Santiago Matías no debe ser perseguirlo, censurarlo ni intentar impedirle participar. Debe ser ofrecer algo mejor. Y ofrecer algo mejor exige mirar hacia dónde puede conducirse el inevitable relevo generacional.

Si Alofoke representa la ruptura sin contenido, el sistema necesita encarnar una renovación con propósito. Es en este contraste donde cobra sentido analizar la nueva camada de liderazgos que conviven en las distintas parcelas políticas del país:

David Collado: Representa la eficacia gerencial combinada con un carisma cercano y una altísima valoración popular. Ha demostrado que se puede conectar masivamente con la gente manteniendo la sobriedad, enfocándose en resultados concretos de gestión y proyectando una imagen de modernidad ejecutiva que genera confianza tanto en los sectores populares como en el empresariado.

Carolina Mejía: Encarna un liderazgo caracterizado por el trato humano, la empatía y la capacidad de concertación. Su perfil combina una preparación técnica sólida con una empatía natural para conectar con la gente en el territorio, demostrando que la firmeza institucional no está reñida con la decencia, el diálogo constructivo y el respeto por las formas.

Omar Fernández: Reúne una combinación estratégica de juventud con formación, renovación con experiencia legislativa, firmeza sin estridencia y ambición acompañada de autocontrol. Transmite tranquilidad en un panorama político saturado de egos e insultos, demostrando capacidad para escuchar posiciones distintas y conservar el equilibrio.

Wellington Arnaud: Aporta un perfil de trabajo incansable, capacidad de ejecución y gerencia pública de alto impacto. Ha sabido construir un puente efectivo entre la eficiencia técnica desde las instituciones y un contacto territorial directo y constante con las comunidades, encarnando una política de cercanía y solución de problemas.

Juan Ariel Jiménez: Representa el rigor técnico, la excelencia académica y la profundidad conceptual. Su perfil proyecta el valor del conocimiento y la preparación aplicados al servicio público, demostrando que la juventud puede ser sinónimo de madurez económica, visión de Estado y formulación de políticas públicas serias.

Jhonny Pujols: Aporta una visión orgánica de estructuración partidaria y renovación ideológica. Combina la formación académica con la disciplina organizativa, representando a una generación que entiende la necesidad de modernizar los partidos desde adentro y articular causas sociales con estrategia política.

Franklin Rodríguez: Proyecta la combinación del liderazgo de base con la experiencia en la administración pública y el trabajo legislativo. Representa el esfuerzo de quienes han recorrido el camino político desde la juventud partidaria, manteniendo una conexión constante con los sectores sociales y las provincias.

Todos estos perfiles —con sus diferencias partidarias, conceptuales y de estilo— demuestran que la política dominicana cuenta con figuras capacitadas, preparadas y con trayectoria para asumir el relevo de manera responsable.

Estos liderazgos no pueden ser simplemente candidatos del sistema

Aquí hago una advertencia indispensable. Si estas figuras pretenden representar una alternativa real frente a la ola del desencanto, no pueden convertirse simplemente en las opciones que el establishment utilice para protegerse de una figura antisistema. Ese sería otro error.

Porque una parte de la sociedad no está reclamando simplemente caras nuevas. Está reclamando conductas nuevas.

Cualquiera de ellos debe representar cambios reales. Hablarle al joven que siente que no tiene oportunidades. Enfrentarse a los privilegios injustificados. Cuestionar lo que funciona mal aunque afecte intereses poderosos. Defender al empresario que genera empleos, pero también al trabajador que siente que su salario no alcanza.

Deben defender la inversión privada y exigir

simultáneamente un Estado eficiente. Combatir la corrupción sin importar quién la cometa. Modernizar las instituciones. Y, sobre todo, demostrar que se puede cambiar profundamente un país sin destruirlo.

La última advertencia

Alofoke puede llegar lejos o puede no llegar. Puede conseguir reconocimiento electoral para su partido o fracasar en el intento. Puede convertirse en candidato presidencial o abandonar eventualmente esa aspiración.

Eso es secundario. Porque el fenómeno ya ocurrió. Una figura nacida fuera del sistema político tradicional descubrió que su capital digital podía transformarse en capital político y decidió intentar convertir seguidores en ciudadanos organizados. Y esto sucede en un país donde aproximadamente 91 de cada 100 habitantes utilizan internet y donde en las últimas elecciones presidenciales casi 46 de cada 100 electores inscritos no acudieron a votar.

Ese es el dato que debería quitarle el sueño al sistema político dominicano. No cuántos seguidores tiene hoy Santiago Matías. Sino cuántos ciudadanos desencantados están disponibles para escuchar mañana a cualquiera que consiga convencerlos de que todo lo que existe debe ser destruido.
Vendrán otros. Por eso quienes crean que esta discusión consiste simplemente en estar a favor o en contra de Santiago Matías todavía no han entendido el tamaño del desafío.

Alofoke no es el problema. Es el espejo donde el sistema político dominicano está comenzando a ver reflejados sus propios errores. Y los espejos pueden romperse. Pero romper el espejo nunca elimina lo que estaba reflejando.

La democracia dominicana necesita renovarse antes de que el desencanto decida renovarla por la fuerza de los extremos. Necesitamos mejores partidos, mejores instituciones, mejores oportunidades y, sobre todo, mejores liderazgos.

Figuras como David Collado, Carolina Mejía, Omar Fernández, Wellington Arnaud, Juan Ariel Jiménez, Jhonny Pujols o Franklin Rodríguez tienen en sus manos la oportunidad de encarnar esa alternativa desde sus respectivos espacios. Pero corresponderá a cada uno de ellos demostrarlo con acciones.

Y corresponderá al sistema entender algo todavía más importante: si no cambia, tarde o temprano llegará alguien que prometerá cambiarlo todo.

Y para cuando comprendamos el riesgo, quizás ya sea demasiado tarde.